viernes, 10 de junio de 2016

Siete Palabras (Completo)

"Siete Palabras" la historia de Romualdo Miño Rincón, milonguero de ley intentando olvidar un mal amor…
 Primera tanda….

Siete palabras (Tango)
 Música: Juan Maglio
Letra: Alfredo Bigeschi


¿No ves qué dolor,
qué pesar le quedó
a mi fiel y angustiado corazón?
Desde aquel día
que vos te fuiste,
mi vida paso
fulero y triste...
Qué mal te portaste
con el que te supo querer
sin falsía y con amor.
Y vos echaste todo al olvido,
lo que yo he sido para vos...
Yo jamás iba a pensar
pagaras vos tan mal
todo aquel bien
que con amor te supe hacer.
De la calle te saqué
pa’ no verte padecer.
Y aquí en mi pobre bulín
calmaste tu sufrir,
tu padecer y hallaste en mí
a un hombre fiel
que supo darte calor de nido,
abrigo y un puchero pa’ comer.
Te faltó la valentía
pa’ decirme: ¡Chau me voy...
me voy con otro de más hombría,
que ya estoy harta de vos!
Sólo hallé, sobre la mesa,
escritas en un papel,
siete palabras que componían
tu despedida cruel.

“Siete Palabras” era el tango preferido de Romualdo Miño Rincón.
Si bien su historia no era exactamente tal cual refiere la letra, era bastante parecida.
Había conocido a Rosario cuando ella se hacía llamar Charo y paraba en la calle Almirante Brown, entre Olavarría y Suarez, frente al cine Olavarría en La Boca. Tenía poco más de veinte años y hacia casi dos que era una de las muchachas más buscadas por los hombres de la zona. Era prostituta, pero prefería definirse como “fulana”. Había visto por la tele una película americana en blanco y negro y en la traducción así nombraban a las chicas como ella.
Romualdo caminaba por Almirante Brown rumbo a la milonga una noche cualquiera y quedó fascinado con la hermosa sonrisa que ella le dedicó. A partir de ese día, él pasaba por allí todas las noches solo para verla.   Recién dos meses después se acercó a hablarle.  
Con el tiempo comenzaron una relación difícil en la que él no lograba sentirse totalmente cómodo. Se amaban, eso parecía estar claro. En realidad él la amaba profundamente. Quería formar una familia, que ella fuera la madre de sus hijos, sacarla de la calle, ser su único hombre.
 Ella solo se dejaba amar. Era cariñosa y le decía cada tanto que lo quería. Tal vez era cierto, pero no lo amaba. No tenía intenciones de cambiar de vida y mucho menos formar una familia.  Estaba cómoda viviendo en casa de Romualdo que trabajaba casi todo el día y ella se sentía  a sus anchas. Hacía y deshacía a su antojo. Le decía que si a todo, que sería solo suya, que nada la haría más feliz que ser la madre de sus hijos, que…
Hasta que un día, pasado un año largo, el hombre descubrió la gran mentira.
Por casualidad, como suceden casi todas las cosas que afectan nuestras vidas…














Segunda tanda…

Una vez
Tango 1946 Música: Osvaldo Pugliese
                    Letra: Cátulo Castillo.



Una vez fue su amor que llamó
y después sobre el abismo rodó,
la que amé más que a mí mismo fue.
luz de su mirada, siempre, siempre helada.
Sabor de sinsabor, mi amor,
amor que no era nada.
Pequeñez de su burla mordaz,
una vez, solo en la vida, una vez.

Pudo llamarse Renée
o acaso fuera Manón,
ya no me importa quien fue,
Manón o Renée, si la olvidé...
Muchas llegaron a mí,
pero pasaron igual,
un mal querer me hizo así,
gané en el perder, ya no creí.

Luz lejana y mansa
que ya no me alcanza.
Mi voz gritó ayer,
hoy, amor, sin esperanza.
Una vez, fue su espina tenaz
una vez, sólo en la vida, una vez…

Era el tercer tango de la tanda, Romualdo bailaba con Dolly.
Era común que en algún momento de la noche bailara con ella.
Dolly era una mujer sencilla para el baile. Se movía con gracia. Rubia y alta. Tras los breteles del vestido casi siempre negro se podía ver parte de su espalda llena de lunares. Y eso a Romualdo parecía fascinarle. Tal vez alguna señal de su niñez, quién sabe.
 Como siempre que bailaba este tango, debía esforzarse por concentrarse en los pasos y no escuchar la letra. Sobre todo los versos:

” Muchas llegaron a mí
pero pasaron igual
un mal amor me hizo así
gané en el perder, ya no creí”

Apenas una presión un poco más marcada, pero casi imperceptible en el abrazo era el único detalle que hubiera podido sentir su compañera.
Romualdo casi nunca bailaba más de una tanda con cada dama. Era muy codiciado en las milongas y varias eran las miradas que se dirigían a él tratando de atraer su atención.
Era un maestro, tenía mucho estilo, parecía deslizarse por la pista y guiaba a mujer con una suavidad natural que ellas adoraban.
Solo en algunas contadas ocasiones si una mujer lo había impactado mucho, la invitaba a bailar otra tanda. En esos casos, terminaban la noche indefectiblemente en su departamento en San Telmo.
El mismo del que había echado a Charo el día que conoció la mentira imperdonable de la mujer.
Romualdo era perito forense y esa tarde había participado en el allanamiento de un consultorio clandestino donde se practicaban abortos, levantando evidencias, verificando rastros y buscando huellas junto con su equipo. Un colega se le acercó con un papel en la mano que decía: “Charo (Gilberto) 3m. dos mil”, entre otros nombres y otras cifras. Al lado de los nombres siempre figuraba entre paréntesis el tal Gilberto.
Era la jerga que se utilizaba generalmente en esos sitios: Primero el nombre de la chica, luego  entre paréntesis, el nombre del cafiolo. Finalmente los meses de embarazo y el precio. A pesar de ser una actividad ilícita, se llevaba un estricto control, porque el cafiolo cobraba una generosa coima por llevar sus chicas ahí. Si no lograba un buen acuerdo, buscaba otro consultorio y listo.
La cuestión era que decía Charo y decía Gilberto.
Y su Charo, esa que le decía que quería  ser la madre de los hijos que él soñaba, tenía como chulo a Gilberto. Era ella, no tenía dudas. ¡Tres meses de embarazo y no se lo había dicho! ¡Había abortado a su hijo!
Esa noche, antes que ella partiera para el Cine Olavarria en la calle Almirante Brown, en La Boca, donde seguramente la esperaban Gilberto y las otras chicas, Romualdo la enfrentó y ante su sorpresa y decepción, Charo le dijo que era verdad, que Gilberto la había obligado porque perdería mucho dinero si ella se decidía a tenerlo.
Romualdo le preguntó entonces si sabía si era su hijo.
-Tal vez sí- le contestó con una frialdad que al hombre le heló la sangre. Y entonces  la tomo del brazo y con lo puesto, la ubicó de patitas en la calle…

































Tercera tanda

BARRO
Tango
Música: Osvaldo Pugliese
Letra: Horacio Sanguinetti


Para qué continuar
si vivir es llorar.
Mi corazón se encuentra mancillado
porque el barro
lo ha salpicado.

Es mi afán, olvidar,
nada más que olvidar
que Dios me dio por nombre
flores mustias, sólo angustia
y soledad.

Que soporté miserias y dolor
en esta lucha cruel del hombre,
si ayer nomás con lava una mujer
burlándose manchó mi nombre.

Y al buscar amistad,
encontré falsedad,
que solo hallé
en cien bocas pintadas,
carcajadas del carnaval.

Solamente un milagro de amor
me haría resucitar,
si a mi alma que sus puertas cerró
pudiera un alma llamar.

Si a la nieve de mis penas
dos manos buenas
la borraran de mi.
Sino será
mejor morir.

Mi juventud la empapo con alcohol
quedando mi dolor en calma.
Quién pensará que traigo al tambalear
sereno el corazón y el alma.

Para qué recordar,
es mejor olvidar
que siempre fue mi vida
toda fango
como un tango
del arrabal.


Apenas terminada la tanda de Rock comenzaron a sonar los primeros acordes de “Barro”. La inconfundible versión de Pugliese con la voz de Alberto Morán.
Los hombres miran a los ojos a las mujeres y les hacen el típico gesto del cabeceo. Algunos se acercan a las mesas e invitan a las damas tendiendo la mano hacia ellas o simplemente diciendo- ¿Bailás?-
Siempre hay más mujeres que hombres en las milongas. Por eso algunas damas pasan más tiempo esperando a que las saquen que bailando, así que generalmente aceptan de inmediato. Pronto la pista se llena de parejas imbuidas por la música.
Cuando suena este tango, Romualdo no baila. Siente la mirada de las mujeres que no conocen ese dato pero no responde a esas miradas. Se queda sentado saboreando su brandy. Es lo único que toma durante toda la noche. Ese es su momento.
Aunque no puede evitar mover su pie derecho marcando el compás. Se permite cantar para sí mismo en voz muy baja y con los ojos cerrados la estrofa que dice:

“ Que soporté miserias y dolor
en esta lucha cruel del hombre,
si ayer nomás con lava una mujer
burlándose manchó mi nombre.”

Diciéndose cada vez que Sanguinetti la había escrito para él.
Al terminar “Barro” y como una ironía del destino sonaba “Patético” y ese era el momento en el que levantaba su mirada para encontrar la de una dama dispuesta al convite. No tardaba más que un minuto en elegir entre ellas.
Si la dama estaba cerca, cabeceaba. Si estaba lejos se acercaba a la mesa provocando que varias se inquietaran.
Es alto, viste generalmente un traje de alpaca de color gris topo, con camisa negra. Hace mucho que dejó de usar corbata. Huele a incienso y madera, combinación atractiva y varonil, al igual que su rostro en el que destacan sus ojos oscuros, la boca carnosa y un hoyuelo en el mentón que lo asemeja a Kirk Douglas.
El cabello oscuro abundante y entrecano siempre prolijamente peinado. No es de sonrisa fácil, por eso cuando saca a bailar a una dama dibuja con su boca una mueca que la asemeja, levantando apenas una comisura. Eso sí, tiene una mirada penetrante a la que las mujeres generalmente no se resisten.
Esa noche baila “Patético” con Irma. La eligió entre muchas porque sabía que ella se dejaría llevar con gracia y donaire y que juntos harían que el título del tango fuera solo una anécdota.
Irma era una habitué de esa milonga, bailaba muy bien y no le gustaba hablar mucho, así que entre tango y tango intercambiaban solo algunas palabras de compromiso, y eso lo hacía sentir cómodo.
También era atractiva Irma. Olía muy rico. Sus perfumes se mezclaban al compás del baile y eso a Romualdo le gustaba. Mucho. Demasiado…
El brazo de Irma sobre su hombro y cuello le provocaba una sensación que no sentía con ninguna otra.
Con el sonar de “La Yumba” terminaba la tanda que él hubiera querido prolongar. Lástima que sintiera tanto miedo…
Lástima que no se le animara…
Lástima …”Que soporté miserias y dolor
                    en esta lucha cruel del hombre,
                    si ayer nomás con lava una mujer
                    burlándose manchó mi nombre.”

Lástima!





"Siete Palabras" la historia de Romualdo Miño Rincón, milonguero de ley intentando olvidar un mal amor…
Cuarta Tanda…
POEMA
Tango
Música: Eduardo Bianco/Mario Melfi
Letra: Mario Melfi/Eduardo Bianco
Fue un ensueño de dulce amor, horas de dicha y de querer. Fue el poema de ayer, que yo soñé de dorado color. Vanas quimeras que el corazón no logrará descifrar jamás. ¡Nido tan fugaz, fue un sueño de amor, de adoración!... Cuando las flores de tu rosal vuelvan más bellas a florecer, recordarás mi querer y has de saber todo mi intenso mal... De aquel poema embriagador ya nada queda entre los dos. ¡Con mi triste adiós sentirás la emoción de mi dolor!...
El taxi recorría las calles de Buenos Aires lentamente en esa noche estrellada. Romualdo lo tomó en Carlos Calvo y Perú, la esquina de su departamento.
- Suarez y Necochea- dijo después del saludo de rigor.
-¿Va a la milonga? Se pone linda los viernes-
Sonrió levemente como única repuesta a la pregunta del taxista.
Era hombre de pocas palabras y era raro que entablara conversaciones casuales.
Además en la radio del auto sonaba la orquesta de Canaro. Sería un sacrilegio mancharla con una charla intrascendente. Así que viajó callado disfrutando de la música y del vientito fresco que entraba por la ventanilla. Era una belleza esa noche de verano.
Por esas cosas que pasan, casualmente entró a la milonga justo en la tanda de Canaro. Sonaba “Poema” en la voz de Roberto Maira…
“Nido tan fugaz
Fue un sueño de amor
De adoración…”
Vino a su mente la triste historia de ese tango. Historia de engaño y muerte. El autor violinista de la orquesta descubrió la infidelidad de su mujer con el pianista y desesperado lo mató de un tiro.
Mientras saludaba a la gente conocida con un beso corto en la mejilla a las mujeres y un apretón de manos a los hombres, pensó en Charo. En su engaño. Una punzada de rencor atenazó por un instante su alma.
Decidió tomar su brandy buscando recuperarse.
Poco más tarde, sonó “Brisa” e invitó a bailar cabeceo mediante a Elba, que desde que entró no había dejado de mirarlo.
Elba era una habitué buena moza y simpática que bailaba hacía muy poco, cuando decidió dejar el luto por la muerte de su esposo. Le costaba la mirada con los hombres, pero con Romualdo era distinto porque lo miraban todas. Él cada tanto la sacaba y era una de las pocas a las que les sonreía. Le transmitía ternura esta mujer mayor que aunque tímidamente, se atrevía a la alegría.
Al terminar la tanda, la acompañó hasta la mesa y besó su mano. A Elba le duró toda la noche la sonrisa.
Por los parlantes se escucha una voz que anuncia la tanda en que las mujeres invitan a bailar a los hombres.
Romualdo es un caballero y bailaría con la primera que lo invite.
Era incapaz de un desaire y estaba preparado para cumplir el rito.
Y entonces ,a su espalda escucha una voz conocida:
-¿Bailás? Le pregunta Irma.
Él se da vuelta. Dice:-Claro-
Y se deja envolver en su perfume…





















"Siete Palabras" la historia de Romualdo Miño Rincón, milonguero de ley intentando olvidar un mal amor…
Quinta tanda.

El último café
Tango
Música: Héctor Stamponi
Letra: Cátulo Castillo

Llega tu recuerdo en torbellino,
vuelve en el otoño a atardecer
miro la garúa, y mientras miro,
gira la cuchara de café.

Del último café
que tus labios con frío,
pidieron esa vez
con la voz de un suspiro.

Recuerdo tu desdén,
te evoco sin razón,
te escucho sin que estés.
"Lo nuestro terminó",
dijiste en un adiós
de azúcar y de hiel...

¡Lo mismo que el café,
que el amor, que el olvido!
Que el vértigo final
de un rencor sin porqué...

Y allí, con tu impiedad,
me vi morir de pie,
medí tu vanidad
y entonces comprendí mi soledad
sin para qué...

Llovía y te ofrecí, ¡el último café!


Suena la orquesta de Juan  D'Arienzo, las parejas se mueven al ritmo que impone el “Rey del compás”. La voz de Jorge Valdez acompaña el vaivén de cuerpos enlazados. El último café cierra la tanda de  D'Arienzo, muy apreciada por algunos y no tanto por otros, pero siempre bien recibida.
Romualdo baila con Esther, una joven alta y delgada que es primeriza en esa milonga. Había llegado acompañando a una amiga a la que le tocó “planchar” toda la noche.
 Ni bien llegaron, Esther aceptó el guiño de un caballero mayor, mucho más bajo que ella al que los habitúes del lugar solían llamar “el tetero” ya que sacaba a bailar a las mujeres más altas y su cabeza quedaba a la altura de los pechos de la dama.
Hacia el final de la tanda el caballero en cuestión le estaba resultando un pesado porque como al descuido y cada vez que podía le apoyaba la cara en medio de los pechos.
Al terminar el tango comenzó a sonar un rock, se saludaron. Esther volvió a su lugar y cambio silla con su amiga, para no cruzar nuevamente miradas con “el tetero” aunque dos tandas después el señor volvió a la carga y casi estaba llegando cerca de la mujer que no lo miraba para invitarla, cuando apareció Romualdo y le tendió la mano sin decir palabra. Esther sonrió y se tomó de la mano salvadora sin enterarse de nada.
Esther bailaba lindo, se dejaba llevar con soltura. El único problema era que hablaba mucho, no mientras bailaban, claro. Pero en cuanto la música hacia un alto…
Y Romualdo casi no la escuchaba, la miraba y ensayaba su sonrisa- mueca. Pensaba en Charo.

Llega tu recuerdo en torbellino,”

 Ella también hablaba mucho. Decía palabras de amor que no sentía, lo envolvía en sus mentiras. Pintaba con colores falsos los sueños de los hombres. Sobre todo los suyos…

Recuerdo tu desdén,
te evoco sin razón,
te escucho sin que estés…”

Con la mente en Charo, Romualdo  llevaba a Esther  por la pista con maestría, sabiendo que no volvería a bailar con ella. Ni con nadie que le recordara a la mujer que lo había engañado.

Y allí, con tu impiedad,
me vi morir de pie,
medí tu vanidad
y entonces comprendí mi soledad
sin para qué
llovía y te ofrecí…”


Acompaño a Esther a la mesa, la saludó con un beso en la mano y se dirigió a la barra.
El recuerdo de Charo le había empañado la noche y mientras tomaba el brandy sin apuro pensó que tal vez lo mejor era volver a casa.
No había visto en esa milonga una mujer que lo impactara tanto como para correr el riesgo de volver a pifiarla. Seguro que había varias, solo que esa noche no era su noche ¡y encima esa cumbia que le taladra la cabeza!
Apura el trago y dispuesto a irse enfila para la salida justo en el momento en que Irma aparece por la puerta con dos amigas.
Romualdo no pudo evitar que en su rostro taciturno se instalara una sonrisa…

Sexta tanda

UNO
Tango (1943)
Música: Mariano Mores
Letra: Enrique Santos Discépolo



Uno, busca lleno de esperanzas
el camino que los sueños
prometieron a sus ansias...
Sabe que la lucha es cruel
y es mucha, pero lucha y se desangra
por la fe que lo empecina...
Uno va arrastrándose entre espinas
y en su afán de dar su amor,
sufre y se destroza hasta entender:
que uno se ha quedao sin corazón...
Precio de castigo que uno entrega
por un beso que no llega
a un amor que lo engañó...
¡Vacío ya de amar y de llorar
tanta traición!

Si yo tuviera el corazón...
(¡El corazón que di!...)
Si yo pudiera como ayer
querer sin presentir...
Es posible que a tus ojos
que me gritan tu cariño
los cerrara con mis besos...
Sin pensar que eran como esos
otros ojos, los perversos,
los que hundieron mi vivir.
Si yo tuviera el corazón...
(¡El mismo que perdí!...)
Si olvidara a la que ayer
lo destrozó y... pudiera amarte..
me abrazaría a tu ilusión
para llorar tu amor...

Pero, Dios, te trajo a mi destino
sin pensar que ya es muy tarde
y no sabré cómo quererte...
Déjame que llore
como aquel que sufre en vida
la tortura de llorar su propia muerte...
Pura como sos, habrías salvado
mi esperanza con tu amor...
Uno está tan solo en su dolor...
Uno está tan ciego en su penar....
Pero un frío cruel
que es peor que el odio
-punto muerto de las almas-
tumba horrenda de mi amor,
¡maldijo para siempre y me robó...
toda ilusión!…


La inconfundible voz de Alberto Marino resuena en la pista repleta de parejas que se mueven al compás de la orquesta de “ Pichuco”. No hay edades, no hay distinciones más allá de los diversos estilos que cada pareja impone.
Heterogéneas asociaciones  momentáneas que duran los doce o trece minutos de la tanda y luego cambian. Algunas parejas  bailan solamente entre ellos y en ocasiones se puede deducir que son parejas también en la vida.
Entre ellos destacan Martha y Jorge. Ambos ya mayores. Ella le lleva una cabeza, usa zapatos con taco muy bajo, él es menudito. Pero bailan con sencillez y gracia y al verlos da la impresión de un perfecto ensamble.
Martha se inclina un poco sobre Jorge para poder acomodar su frente en la de él. Así, bailan casi toda la noche.
En general, en la corta pausa entre tango y tango, no pronuncian ni una palabra. Solo esperan.

Romualdo hacía un rato que estaba parado cerca de la barra mirando a Irma que se había acomodado con sus amigas bien cerca de la pista en la mesa de Graciela y Elba quienes,  a esta altura las recibían de buen grado. No como el primer día.
Irma y una de sus amigas llegaron por primera vez a esa milonga y el organizador y profesor de tango las acompañó a la mesa que para entonces estaba vacía, ellas se acomodaron en las sillas que daban a la pista, una de cada lado. Dos minutos después llegó Graciela y corrió a la amiga de Irma, diciéndole que ese era su lugar.
Y luego se acercó a Irma y le dijo con tono de pocas pulgas que allí se sentaba Elba.
Irma ni se inmutó y contestó en tono firme y decidido que ahora estaba ella. Graciela tomó una silla y pretendía ponerla enfrente, tapándola. Irma le dedicó una mirada del tipo: ¡NI te atrevas! Y entonces Graciela se sentó enojada y sin decir palabra. Una vez que llegó Elba y comenzaron a charlar un poco, la tensión se fue aflojando y al final de la noche compartieron una botella de champagne y santas pascuas.

Romualdo la miraba de lejos. Irma sonreía mientras charlaba con sus amigas. No lo había visto. Lo buscó de soslayo por la pista y al no encontrarlo se sintió un poco decepcionada. Jugaba con su cabello renegrido, lo recogía, lo soltaba, lo volvía a recoger mientras seguía con la charla.
Romualdo solo la miraba…


“Si yo tuviera el corazón...
(¡El corazón que di!...)
Si yo pudiera como ayer
querer sin presentir...”

De pronto Irma lo descubre parado cerca de la barra y le dedica su mirada.
Romualdo solo la mira incapaz de ningún gesto

“ Es posible que a tus ojos
que me gritan tu cariño
los cerrara con mis besos...
Sin pensar que eran como esos
otros ojos, los perversos,
los que hundieron mi vivir...”

Irma de pronto se para y comienza a ir hacia él, lentamente, abriéndose paso entre las mesas.

“Si yo tuviera el corazón...
(¡El mismo que perdí!...)
Si olvidara a la que ayer
lo destrozó y... pudiera amarte…”

Dos metros los separan, Irma le sonríe y a él solo le sale una mueca
“Uno está tan solo en su dolor...
Uno está tan ciego en su penar....”


Irma tiende su mano y aunque no era esa la tanda de las chicas, mirándolo a los ojos le pregunta :-¿ Bailás?





























SEPTIMA TANDA

CORAZON NO LE HAGAS CASO
Tango  (1943)
Música: Armando Pontier
Letra : Carlos Bahr


Corazón..., no le hagas caso... 
no te amargues por su ausencia 
que no vale ni la pena, 
vamos...vamos... 
Para qué vas a tomarlo así 
si no se lo merece. 
¡Corazón no le hagas caso, 
que aún se puede ser feliz! 

Qué importa 
si al fin de cuentas su desvío 
nos mostró que no tenía, 
ni franqueza, ni cariño. 
Acaso, 
es mejor que así haya sido. 
Por eso, 
aunque duele ser golpeado...corazón..., 
qué nos importa... 
si todavía en nuestra vida 
la esperanza en una amiga 
que nos presta su ilusión... 

Corazón no le hagas caso... 
que a la vuelta de una esquina 
otros sueños nos convidan, 
vamos..., vamos... 
No te amargues porque al fin su amor 
fue sólo flor de un día. 
¡Corazón...no le hagas caso... 
que es inútil tu dolor!


La noche de La Boca era estrellada y cálida. Romualdo decidió bajar del taxi unas diez cuadras antes de la milonga. Le gustaba caminar.
Su profesión de forense le tomaba muchas horas del día. A veces, todas. Era inevitable que ante casos muy complejos le robara tiempo al sueño para poder cumplir. Por eso le gustaba caminar despacio, sobre todo por la noche. Sabía que a veces era peligroso, sobre todo por esa zona, pero lo relajaba del vértigo del día.
Hacia un tiempo había dejado su otra pasión: la taxidermia.
Siendo un joven estudiante y en una de las prácticas de Anatomía participó activamente en embalsamar un gato. Quedó fascinado con el trabajo de su profesor, al que asistió junto con otros compañeros.
 Fue un trabajo de varios días y bastante complejo al final de cual emergió la figura casi vívida del pobre gato que antes era solo despojos.
 Quedó tan conmocionado que leyó todo el material que llegó a sus manos sobre el tema y no había pasado mucho hasta que el living de la casa paterna se vio invadicda de perros, gatos aves y hasta una iguana que le acercaban amigos y vecinos cuando morían sus mascotas.
Pero claro, una vez instalado en su departamento de soltero ya no encontró lugar para la complejidad de ese trabajo y si bien cada tanto volvía a la casa paterna a despuntar el vicio, poco a poco lo fue dejando.
Justo para esa época ya lo había atrapado el Tango. Y ese bichito una vez que se mete en el cuerpo ya no hay modo de sacarlo…
Detuvo bruscamente su paso para evitar toparse con un auto que salía del estacionamiento del lujoso hotel de la calle Necochea.
Una cara conocida se vislumbraba por la ventanilla. De pronto se encontró mirando los ojos hermosos y fríos de Charo.
El corazón le dio un vuelco. Ella le sonreía tras el vidrio como si nada hubiera pasado.
Romualdo paso por detrás del auto y apuró el paso, sintiendo que la mirada helada de Charo le traspasaba la espalda.

“Corazón..., no le hagas caso... 
no te amargues por su ausencia 
que no vale ni la pena, 
vamos...vamos... 
Para qué vas a tomarlo así 
si no se lo merece…”

Media cuadra faltaba para llegar a la milonga.
-Ojalá este Irma- pensó al llegar, mientras subía los diez escalones para llegar al salón donde sonaba la Orquesta típica de Miguel Caló y  la voz de Raúl Berón cantaba:

.Qué importa 
si al fin de cuentas su desvío 
nos mostró que no tenía, 
ni franqueza, ni cariño… “

Las parejas se deslizan por la pista ajena a los pensamientos de Romualdo, ajena a su miedo.

“Acaso, 
es mejor que así haya sido. 
Por eso, 
aunque duele ser golpeado...corazón..., 
qué nos importa... “

Algunos émulos del Cachafaz intentan destacarse con sus cortes y quebradas mientras Romualdo busca con la mirada a Irma.
La encuentra en la pista, bailando con un joven al que no conoce.
En un giro Irma lo distingue junto a la barra y en otro, le sonríe. Fue un segundo.
Romualdo entonces pidió su brandy dispuesto a esperar con calma la próxima tanda.

“Que nos importa…”

Bailaría con Irma, la del cabello renegrido y los ojos almendrados.
La que le dejaba el calor del brazo en el hombro y que cada tanto como al descuido, le acariciaba la nuca.
Y sobre todo la que lograba que sus perfumes fueran uno. Y los envolviera, como un lazo…

“Corazón no le hagas caso... 
que a la vuelta de una esquina 
otros sueños nos convidan, 
vamos..., vamos... 
 ¡Corazón no le hagas caso, 
que aún se puede ser feliz…!

























OCTAVA TANDA…

ENTRE TU AMOR Y MI AMOR
Tango

Música: Juan Pomati
Letra: Leopoldo Díaz Vélez

¿Por qué mirás así
y no confiás a mí
tus hondos pensamientos?
Si vós sabés que yo
te supe comprender
en todos los momentos.
No quiero que ocultés
ni dudas, ni rencor,
que puedan deshacer
nuestro amor.
¿Por qué mirás así,
haciéndome sufrir,
y castigas mi alma?

Entre tu amor y mi amor
debe existir la verdad,
ya no podemos jugar
con nuestras almas los dos.
Entre tu amor y mi amor
hay cosas para pensar,
y una promesa ante Dios
que es imposible olvidar.
Y vos podés curarme,
curarme tanta herida,
salvándome la vida
con sólo amarme más.

La vida me enseñó
a ser como soy yo,
sufrido y comprensivo.
Por eso sé que al fin
nos vamos a entender,
si sos como te pido.
Vení juntito a mí
y hablá como sabés
de cosas que ocultarme querés.
¿Por qué mirás así,
haciéndome sufrir,
y castigas mi alma?


Terminada la tanda de Miguel Caló, Romualdo seguía en la barra aferrado a su copa de brandy. Comenzaba a sonar la música pop que separaba una de otra tanda.
Tenía ganas de encender su pipa, pero hubiera tenido que salir y desistió.
Miró a la pista tratando de encontrar a Irma. Necesitaba hablarle, decirle que esa noche solo bailaría con ella, preguntarle si estaría dispuesta…
La encontró. Seguía bailando con el muchachito que él no conocía. Se quedó absorto viéndola.  Se movía de manera tan naturalmente sensual que no pudo evitar excitarse.
 Una punzada de celos atravesó su corazón y hubiera querido correr hasta ella, separarla del muchacho, llevársela lejos. Donde solamente él pudiera verla moverse de esa manera…
Entonces sí sacó su pipa y comenzó a prepararla mientras bajaba los diez escalones que lo separaban de la entrada. Colocó tres pellizcos de tabaco en la cazoleta y cuando la encendió, ya estaba afuera.
Se recostó contra la pared, aspirando suavemente tratando de recomponerse. El humo daba vueltas en su boca varias veces antes de salir convertido en volutas redondeadas.
Cada tanto se permitía inhalarlo y disfrutar  un pequeño mareo provocado por la nicotina.
El fumar en pipa fue una decisión que había tomado hacia largo tiempo, tratando de alejarse algo del tabaco, pero sin dejarlo del todo.
La ceremonia que implicaba armar, encender, cuidar que no se apague, aspirar suavemente y luego dejar que se enfríe antes de descartar la ceniza le llevaba unos veinte minutos. Y eso, le daba tiempo a pensar e impedía que fumara de manera continua.
Luego de buscar mucho había elegido el tabaco de marca BORKUM RIFF BOURBON WHISKY. Le gustaba sentir al abrir la bolsa el sutil aroma a licor que luego al encender la pipa se volvía imperceptible. El aroma es suave, no pica y sobre todo, se apaga poco.
No pudo evitar el recuerdo del disgusto que le provocaba a Charo que encendiera su pipa.

-¿Te vas?-
La dulce voz de Irma lo liberó de sus pensamientos.
¡Estaba tan linda!
Los ojos almendrados lo miraban interrogándolo. El cabello azabache caía sobre sus hombros desnudos brillantes de sudor.
-Te busqué, pensé que te habías ido-
-Te vi muy entretenida- contestó Romualdo, arrepintiéndose inmediatamente. ¿Qué derecho tenía a recriminarle nada?
-¿Me das fuego? Así te acompaño. No sabía que fumabas en pipa.-
-Ya estoy terminando- Su voz era seca. No podía disimular sus celos.
-Bueno, pero me podés esperar un ratito hasta que termine mi cigarrillo. Mientras podríamos charlar, ¿querés?-
-Si claro, ¿pero no te estará esperando el jovencito con el que bailabas?-
-¡Estás celoso!-
Él la miró fijamente sin decir nada.

 “ ¿Por qué mirás así
y no confiás a mí
tus hondos pensamientos?”

Desde la pista se escucha la voz de Juan Carlos Godoy cantando “ Entre tu amor y mi amor” con la orquesta de Alfredo De Angelis…

-No. Pero…-
-Tonto, si te estaba esperando.-
-Pero bailabas con él, y te movías de un modo…-Pensó.
 Tenía razón Irma ¡Era un tonto! Se estaba comportando como un crio. Él que era un hombre hecho y derecho, curtido.
Pero ella le gustaba mucho. Soñaba con su abrazo apretado, con su perfume.
Sin decir una palabra la tomó de la mano y la llevó escalones arriba, hasta la pista.
La abrazó con fuerza y la guió en sensualmente en el final del tango

“Entre tu amor y mi amor
debe existir la verdad,
ya no podemos jugar
con nuestras almas los dos”

Ella se dejó guiar, apretándose a él sin pudores
“Y vos podés curarme,
curarme tanta herida,
salvándome la vida
con sólo amarme más.”

Luego vinieron dos tandas más…
Esa noche bailaron su último tango en un coqueto departamento de San Telmo.




























NOVENA TANDA

Esta noche de luna
Tango 1943

Música: José García/ Graciano Gómez
Letra: Héctor Marcó


Acércate a mí
y oirás mi corazón
contento latir
como un brujo reloj.
La noche es azul,
convida a soñar,
ya el cielo ha encendido
su faro mejor.
Si un beso te doy,
pecado no ha de ser;
culpable es la noche
que incita a querer.
Me tienta el amor,
acércate ya,
que el credo de un sueño
nos revivirá.

Corre, corre barcarola,
por mi río de ilusión.
Que en el canto de las olas
surgirá mi confesión.

Soy una estrella en el mar
que hoy detiene su andar
para hundirse en tus ojos.
Y en el embrujo
de tus labios muy rojos,
por llegar a tu alma
mi destino daré.
Soy una estrella en el mar
que hoy se pierde al azar
sin amor ni fortuna.
Y en los abismos
de esta noche de luna,
sólo quiero vivir,
de rodilla a tus pies,
para amarte y morir.


Irma estaba sentada a la mesa rodeada por sus amigas. Sus hermosos ojos almendrados se dirigían a la pista, luego a sus manos, jugaba con sus anillos. Volvían a la pista. Parpadeaba y cada tanto parecía querer secar una lágrima con el nudillo de un dedo. No paraba de hablar, no tan alto como sus amigas hubieran querido.
La música sonaba fuerte y no querían perderse detalle del relato emocionado de la muchacha. Habían visto la fogosidad con que el último viernes bailara dos tandas completas con Romualdo e intuyeron el final de la noche, no sin cierto grado de envidia en alguna de ellas.
Mientras tanto en la pista las parejas se movían al compás de la orquesta de Pugliese y su magnífica interpretación de “A los amigos”.
Irma comenzó brindándoles detalles del departamento, retardando así el verdadero motivo de la curiosidad de las amigas. Les habló de la absoluta pulcritud, de la iluminación tenue, de la comodidad de los sillones, de la amplitud del cuarto decorado en tonos ocre. Les contó del aroma varonil en el que destacaban el incienso y la madera del personalísimo perfume de Romualdo.
Habló de la fonola comprada en el Antiguo Mercado de San Telmo y restaurada que sonaba como nueva, en la que al llegar él puso un disco de pasta, que sacó de la colección que guardaba celosamente en sus coberturas originales en el único mueble que habitaba el estar, junto con dos sillones tapizados en cuero.
-“Este disco es una versión original del tango “Esta noche de luna” interpretado por la orquesta típica de Carlos Di Sarli con la voz de Roberto Rufino. Editado por RCA Víctor el 17 de diciembre de 1943”- Le dijo Romualdo mientras lo ponía tan suavemente como si acariciara a un bebé y con evidente orgullo.
Y entonces sí, les contó como la tomo de la cintura fuertemente y la guió por el poco espacio del estar con la misma maestría con que la llevaba en la pista. Pero con el abrazo mucho más estrecho

“Acércate a mí
y oirás mi corazón
contento latir
como un brujo reloj.”
Irma sentía su respiración acelerada y su excitación creciente lo que provocó también la propia

“Si un beso te doy,
pecado no ha de ser;
culpable es la noche
que incita a querer.
Me tienta el amor…”

El beso fue el umbral a la pasión. Entraron al cuarto pegados uno al otro. Sin dejar de mirarse se arrancaron la ropa

“Soy una estrella en el mar
que hoy detiene su andar
para hundirse en tus ojos.
Y en el embrujo
de tus labios muy rojos,
por llegar a tu alma
mi destino daré…”

Fueron uno largo rato.
Cuando recobraron la calma, abrazados, felices, del viejo tango hacía tiempo que no quedaba más que el ruido rítmico de la púa contra la etiqueta del disco.
Irma sentía en su boca el sabor de los besos de Romualdo con un dejo de tabaco y brandy.
Romualdo sentía el sabor del rouge carmín de Irma. Se levantó apenas un segundo para apagar la fonola y volvió junto a ella.
Acomodaron sus cuerpos desnudos y así, enlazados, se fueron quedando dormidos.
Irma se despertó con el primer rayo de sol que se coló por la ventana y se dedicó a mirarlo. Le fascinó el movimiento tenue y acompasado de su respiración tranquila.
Se inclinó hacia él y le besó suavemente los labios.
Romualdo aún con los ojos cerrados le sonrió somnoliento y le dijo:
-Hola Charo-
Un –Ohhhhhhhh. Apagado fue el único comentario de las amigas mientras Irma ya no pudo contener el llanto…



DECIMA TANDA

DESENCUENTRO
Tango 1962

Música: Anibal Troilo.
Letra: Cátulo Castillo.

Estás desorientado y no sabés
qué "trole" hay que tomar para seguir.
Y en este desencuentro con la fe
querés cruzar el mar y no podés.
La araña que salvaste te picó
-¡qué vas a hacer!-
y el hombre que ayudaste te hizo mal
-¡dale nomás!-
Y todo el carnaval
gritando pisoteó
la mano fraternal
que Dios te dio.

¡Qué desencuentro!
¡Si hasta Dios está lejano!
Llorás por dentro,
todo es cuento, todo es vil.

En el corso a contramano
un grupí trampeó a Jesús...
No te fíes ni de tu hermano,
se te cuelgan de la cruz...

Quisiste con ternura, y el amor
te devoró de atrás hasta el riñón.
Se rieron de tu abrazo y ahí nomás
te hundieron con rencor todo el arpón

Amargo desencuentro, porque ves
que es al revés...
Creiste en la honradez
y en la moral...
¡qué estupidez!

Por eso en tu total
fracaso de vivir,
ni el tiro del final
te va a salir.


Sentía la boca seca, pastosa. Un tambor redoblante se había apoderado de su cabeza y lo volvía loco. Al costado de la cama, la botella de JOHNNIE WALKER BLACK LABEL yacía vacía.
No le gustaba el whisky, pero cuando corrió hacia la puerta tratando de detener a una Irma dolida, furiosa y a medio vestir que se negó a escucharlo, fue lo primero que encontró.

“Estás desorientado y no sabés
qué "trole" hay que tomar para seguir.
Y en este desencuentro con la fe
querés cruzar el mar y no podés”

 Siempre tenía una botella por si  alguna de las chicas que lo acompañaban cada tanto lo preferían. Tenía también el brandy que gustaba tomar: “1885 Gran Reserva” y algún licor dulce.
Pero lo primero que encontró a su paso fue el whisky y decidió tomar un poco mientras se sentaba en uno de los sillones del estar, tratando de recomponerse.
Había pasado la mejor noche desde hacía mucho tiempo. Más allá de su belleza innegable Irma era todo lo que un hombre como él ansiaba.
Lo miraba directo a los ojos y le transmitía confianza, entrega, pasión, fuego. Pero también ternura y calma. Un combo ideal.
Habían hecho el amor con naturalidad, reconociéndose en cada caricia, gozándose sin censuras…
-¡Qué boludo!- Se gritó. Se dijo. Se susurró. Se volvió a gritar una y otra vez mientras se golpeaba la cabeza con el puño cerrado…
-¡Maldita Charo! ¡Me cagaste la vida! ¡Qué boludo!...

“Quisiste con ternura, y el amor
te devoró de atrás hasta el riñón.
Se rieron de tu abrazo y ahí nomás
te hundieron con rencor todo el arpón…”

Desnudo, sentado en el sillón de cuero no tenía reacción. Un rato largo y varios tragos después decidió esconderse en la cama, taparse hasta la cabeza, morirse…  

“¡Qué desencuentro!
¡Si hasta Dios está lejano!
Llorás por dentro…”

Pasó el resto del día embebido en el sopor del alcohol. Dormitando de a ratos y bajando el contenido de la botella de whisky hasta que no quedó una gota. Luego cayó en un sueño profundo del que acaba de despertar con la boca seca y pastosa y con un tambor redoblante en la cabeza que lo volvía loco.
-¡Qué boludo!- volvió a gritarse.
Había perdido a Irma. Se largó a llorar como un chico. La había perdido…
-Maldita Charo- dijo entre sollozos.

Por eso en tu total
fracaso de vivir,
ni el tiro del final
te va a salir…”











UNDECIMA TANDA.

NINGUNA
Tango (1942)

Música: Raúl Fernández Siro 
Letra: Homero Manzi 

Esta puerta se abrió para tu paso. 
Este piano tembló con tu canción. 
Esta mesa, este espejo y estos cuadros 
guardan ecos del eco de tu voz. 
Es tan triste vivir entre recuerdos... 
Cansa tanto escuchar ese rumor 
de la lluvia sutil que llora el tiempo 
sobre aquello que quiso el corazón. 

No habrá ninguna igual, no habrá ninguna, 
ninguna con tu piel ni con tu voz. 
Tu piel, magnolia que mojó la luna. 
Tu voz, murmullo que entibió el amor. 
No habrá ninguna igual, todas murieron 
en el momento que dijiste adiós. 

Cuando quiero alejarme del pasado, 
es inútil... me dice el corazón. 
Ese piano, esa mesa y esos cuadros 
guardan ecos del eco de tu voz. 
En un álbum azul están los versos 
que tu ausencia cubrió de soledad. 
 Es la triste ceniza del recuerdo 
nada más que ceniza, nada más... 


Tania era alta. Muy alta. Y delgada. Su cabello negro y abultado con un medio flequillo tapaba parte de su cara y le caía pesadamente en la espalda. Para la fiesta en “Blanco y negro” que proponía la milonga del oeste, eligió  un vestido largo, demasiado escotado que dejaba ver los prominentes huesos de las clavículas, el esternón algo hundido y  un vacío sospechoso en el corpiño. Los guantes blancos y largos hasta el antebrazo acentuaban su delgadez y destacaban en el negro rabioso del vestido.     
De edad indefinida, que seguramente fluctuaba entre los cincuenta y pico que esperaba demostrar y los sesenta generosamente largos que se dibujaban en su piel. Bailaba con desgarbada gracia, siempre con una sonrisa.
Romualdo la había cabeceado de lejos y la guiaba por la pista con su habitual maestría.
Hacía tiempo que no concurría a las milongas de La Boca, temeroso de encontrar a Irma. No sabía cómo enfrentarla. No sabía que decirle. Pero en realidad, a lo que más le temía era a un posible rechazo. Y a verla bailar en otros brazos. Eso sí no podría soportarlo.
La mañana de la que había sido su mejor noche en años precedió a muchas otras oscuras y tristes.
Con el golpe con que Irma cerró la puerta del departamento, Romualdo despertó del letargo que le impuso la traición de Charo.
Amaba a Irma. Sintió con ese golpe un rayo que lo partió al medio. Escuchó el galope de su corazón y se dio cuenta que a pesar de todo el dolor, estaba vivo. Desde el primer segundo comenzó a extrañarla…
                
“Esta puerta se abrió para tu paso…”

Se desesperó. Solo atinó a hundirse y regodearse en su pena

“No habrá ninguna igual, no habrá ninguna, 
ninguna con tu piel ni con tu voz. 
…”

Y ahí estaba, bailando con Tania en una milonga lejana. Pero con la mente en Irma.

Tu piel, magnolia que mojó la luna. 
Tu voz, murmullo que entibió el amor…

La orquesta de Aníbal Troilo resuena majestuosa en la pista y la voz inconfundible de Roberto Rufino brinda a los bailarines la mejor versión, a criterio de Romualdo, de “Ninguna”. Imposible no pensar en Irma.
Imposible.
Tania siente la agitación del hombre  y separa un poco su frente de la de él para mirarlo. Había aflojado un poco el abrazo y tenía una expresión indescifrable. Su cuerpo estaba allí y seguía bailando con maestría. Pero su esencia no estaba.
Era el último tema de la tanda de Aníbal Troilo y ella, que bailaba desde hace tantos años, conocía los síntomas que aquejaban a Romualdo aunque era la primera vez que lo veía.

No habrá ninguna igual, todas murieron 
en el momento que dijiste adiós…

-Buscala- Dijo Tania al terminar el tema, sorprendiéndolo.
-¿Qué?- Contestó un poco confundido.
-Andá a buscarla. No sé quién es, no sé qué pasó. Pero andá a buscarla.-
-¿Cómo sabés?-
Tocó su cara en una caricia enguantada y le sonrió.
-Es que yo, hace años fui ella. ¡Corré a buscarla!-






















DUODECIMA TANDA

VOLVIO UNA NOCHE
Tango (1935)
Música: Carlos Gardel
Letra: Alfredo Le Pera



Volvió una noche, no la esperaba,
había en su rostro tanta ansiedad
que tuve pena de recordarle
lo que he sufrido con su impiedad.
Me dijo humilde: "Si me perdonas,
el tiempo viejo otra vez vendrá.
La primavera es nuestra vida,
verás que todo nos sonreirá"

Mentira, mentira, yo quise decirle,
las horas que pasan ya no vuelven más.
Y así mi cariño al tuyo enlazado
es sólo una mueca del viejo pasado
que ya no se puede resucitar.
Callé mi amargura y tuve piedad.
Sus ojos azules, muy grandes se abrieron,
mi pena inaudita pronto comprendieron
y con una mueca de mujer vencida
me dijo: "Es la vida". Y no la vi más.

Volvió esa noche, nunca la olvido,
con la mirada triste y sin luz.
Y tuve miedo de aquel espectro
que fue locura en mi juventud.
Se fue en silencio, sin un reproche,
busqué un espejo y me quise mirar.
Había en mi frente tantos inviernos
que también ella tuvo piedad.


-Yo un día fui ella- le había dicho Tania y él por primera vez se detuvo en sus ojos. Deben haber sido hermosos hace años.
Un negro profundo pero brillantes. Un poco entrecerrados para fijar la vista sin la ayuda de los anteojos que coquetamente guardaba en la cartera.
Parecían traspasarlo, adentrarse en su alma. Leer sus miedos, conocer su angustia.
Lo desarmó esa mirada.
Necesitó hablar con esa mujer desconocida y ajeno a toda costumbre milonguera la invitó a sentarse y tomar algo. Tania aceptó, no sin antes pasar por la mesa donde estaban sus amigas de siempre y decirles unas palabras que él no logró oír.
-Yo un día fui ella- repitió una vez instalados en una mesa alejada, casi a la entrada de esa milonga nueva para Rolando y tan propia para ella.
-A mi también alguien me amó tanto como amás vos-
Romualdo la miraba en silencio. ¿Qué sabía? ¿Cómo sabía?
-Pero ese alguien no se jugó por mí y aquí estoy. ¿No me creés?
-Es que…no entiendo…-
-Mirá, vos sos un hombre enamorado. No sé qué te pasó. No sé si te dejó o la dejaste. No sé si te falló o le fallaste. Pero vos estás enamorado.
Hace mil años que bailo y si algo aprendí es a sentir la confusión de quien sufre por amor y se esfuerza en ocultarlo-

-No sé qué decirte, no creí que se me notara tanto- La voz ronca, apagada, casi inaudible.
Tania le toma la mano con la suya, todavía enguantada.
-¡Andá a buscarla, hablale, decile lo que sentís! Si la amás como yo siento no permitas que se convierta en mi.-
-¿Cómo en vos? No te entiendo…-
-Es que yo me quedé esperando toda una vida a alguien que prefirió esconderse en el rencor de un mal amor.-
Romualdo volvió a mirar esos ojos negrísimos que le leían el alma. ¿Quién era esa mujer que parecía saberlo todo de él?
-Pero… ¿cómo…?- Fue lo único que dijo.
Tania ya se había levantado y sonriéndole se acercó a darle un beso. Se alejó en busca de sus amigas y dos minutos después ya estaba bailando.
En silencio él enfiló para la puerta.
-Yo un día fui ella- esas palabras resonaban en su mente mientras volvía a San Telmo, en el tren desde el oeste, en el bondi…
Caminó ensimismado las tres cuadras desde la parada a su casa.
Las manos en los bolsillos.
La cabeza gacha.
Tropezó con Charo sin darse cuenta.
Estaba sentada en el escalón de la puerta hecha un ovillo.
-Hola Romualdo- Dijo con voz apagada.


“Volvió una noche, no la esperaba,
había en su rostro tanta ansiedad…”

-¿Puedo pasar? Me gustaría hablar con vos-
Eran las dos de la mañana. Romualdo miró hacia el boliche de enfrente, tal vez si hablaban allí…
Estaba cerrado. Ni un alma en la calle.
La miró.
-Vamos- le dijo mientras la ayudaba a levantarse.


“Volvió esa noche, nunca la olvido,
con la mirada triste y sin luz…”

La invitó a sentarse en uno de los sillones de cuero del estar.
-¿Te sirvo algo?-
-No, creo que ya tomé bastante-
Se había sacado el tapado dejando a la vista de Romualdo sus bellos hombros en uno de los cuales se notaba, aun con la luz mortecina, lo que parecía ser la marca de un golpe.
-¿Qué…?- Se acercó a ella y entonces vio su cara. No era más que una mueca. Los lindos ojos azules que él tanto amó parecían vacíos. Y los seguía sintiendo fríos, helados como el día que descubrió su traición.
-Querías hablarme- El tono era seco y distante.

“había en su rostro tanta ansiedad
que tuve pena de recordarle
lo que he sufrido con su impiedad…”

-Quiero volver- Dijo ella.- Seré aquella de la que te enamoraste, tendré los hijos que soñaste-

 "Si me perdonas,
el tiempo viejo otra vez vendrá.
La primavera es nuestra vida,
verás que todo nos sonreirá"

Romualdo la miró incrédulo. Ella solo era la sombra de lo que fue. Y lo que fue era irreal.
 -No Charo, nunca hubo primavera. Era solo mi sueño, no el nuestro-

“Mentira, mentira, yo quise decirle,
las horas que pasan ya no vuelven más.
Y así mi cariño al tuyo enlazado
es sólo una mueca del viejo pasado
que ya no se puede resucitar...”

-Pero puede ser el mío si vos querés, yo estoy dispuesta a cambiar…-
-¡No!- El grito salió de sus entrañas.
 –No- repitió más calmado.
-No puedo ni quiero. Hace mucho que ha dejado de ser mi sueño Charo. Entendelo. Ya no-
 Firmeza y súplica mezcladas en esas palabras. Intuía que la presencia en su casa de esa mujer a la que alguna vez había amado era solo motivada por la desesperación. Ella nunca sintió amor, ni antes ni ahora. Él bien lo sabía.
Le dolía verla así, pero entendió ya no podía hacer nada por ella.
- Disculpame Charo, pero ya es muy tarde…-

“Callé mi amargura y tuve piedad.
Sus ojos azules, muy grandes se abrieron,
mi pena inaudita pronto comprendieron…”

Charo volvió a envolverse en su tapado, se acercó  y lo besó suavemente en los labios.
-A pesar de todo, sos un gran tipo.- dijo amargamente antes de cerrar la puerta tras de sí.
 
“y con una mueca de mujer vencida
me dijo: "Es la vida". Y no la vi más…”

































DECIMOTERCERA TANDA

INVIERNO
Tango  (1937)

Música: Horacio Petrosi
Letra: Enrique Cadícamo


Volvió...
El invierno con su blanco ajuar,
Ya la escarcha comenzó a brillar
En mi vida sin amor.

Profundo padecer
Que me hace comprender,
Que hallarse solo, es un horror.

Y al ver...
Cómo soplan en mi corazón,
Vientos fríos de desolación
Quiero llorar.

Porque mi alma lleva
Brumas de un invierno,
Que hoy no puedo disipar...


La orquesta típica de Francisco Canaro invade la pista e invita a las parejas a recorrerla. Una vez más se pone en marcha el juego del cabeceo y el cruce de miradas.
La milonga de La Boca está repleta. Elba y Graciela reciben gustosas en su mesa a las ya para entonces, nuevas amigas.
Irma acepta la invitación de un señor mayor bien plantado al que ya conoce de noches anteriores. Graciela y Elba sonríen y cuchichean . Les causa gracia el sobrenombre que ellas mismas le han impuesto al caballero: -“Peluca, porque cada noche de milonga tiene un color distinto en el pelo”-.
Ajena a eso, Irma se deja llevar por el hombre que baila con seguridad y buen ritmo.
Era la primera vez que bailaba después de su noche de amor con Romualdo. Esa que comenzó tan bien y culminó tan mal.
Charo le había dicho él…¡Mierda!
Ella lo amaba y esa noche sintió que Romualdo le correspondía.
Lo sintió en el cuerpo y en el alma, en cada caricia.
Lo sintió cuando él la miraba a los ojos mientras hacían el amor.
Lo sintió cuando ya exhaustos encontraron el ensamble perfecto de sus cuerpos antes de rendirse al sueño…
-¡Mierda!- pensó cuando él dijo – Hola Charo- respondiendo al beso que quiso ser de bienvenida al nuevo día.
-¡Mierda!- Pensó. Y solo supo irse, sin escuchar a Romualdo que la corría intentando detenerla.
¿Para decirle qué? Si ella pensaba que aquella era la más linda noche desde hacía mucho tiempo en su vida y él le había dicho Charo…-¡Mierda, mierda, mierda!-
Cerró la puerta de un golpe y se perdió en un taxi. Lloró todo el viaje.
Lloró todo el día, toda la semana.
Lloró hasta que ya no tuvo lágrimas.
Y hoy volvió a la milonga después de aquella noche en que les contó a sus amigas su frustrada historia de amor.
Volvió solo porque una de ellas la llamó diciéndole que saliera de su casa, que volviera a lo que a ella tanto le gustaba, que le haría bien, que la extrañaban. Y sobre todo, contándole que Romualdo ya no iba, que lo habían visto en otras milongas un poco más lejanas.
"Yo También Soñé" de Canaro y Amadori sonaba en la pista. Ella bailaba con “Peluca” tratando de concentrarse en la propuesta de los pasos del hombre pero con la mente en otro baile…en otro hombre.


Romualdo caminaba taciturno por las calles de San Telmo. Hacía frío. O al menos eso sentía. Levantó la solapa de su traje negro de alpaca y metió las manos en los bolsillos
“Volvió...
El invierno con su blanco ajuar
 ya la escarcha comenzó a brillar
en mi vida sin amor…”
De pronto entendió que el frío que sentía no era por el clima, la noche estrellada no tenía la culpa. La luna llena alumbraba su camino sin destino.
El encuentro final con Charo, su error imperdonable con Irma, las palabras de Tania volvieron su cabeza un torbellino. El frío le venía de adentro y para eso no había solapas ni bolsillos.
“Profundo padecer
que me hace comprender,
 que hallarse solo, es un horror…”
Charo ya era el pasado.
Irma era el presente y el futuro que anhelaba, pero la había perdido…
“Y al ver...
Cómo soplan en mi corazón,
vientos fríos de desolación
 quiero llorar…”
Las palabras de Tania le resonaban en la mente haciendo eco con el ruido de sus pisadas en las calles empedradas de San Telmo.
-Corré a buscarla- Le había dicho.
-Yo un día fui ella, corré a buscarla-
¿Pero cómo? ¿Qué podría decirle?
“Porque mi alma lleva
brumas de un invierno,
que hoy no puedo disipar...”

Envuelto en una nube de frío y confusión se sentó a la mesa de un bar, pidió un brandy y encendió su pipa. Saboreó despacio el trago y se entretuvo en las volutas de humo un largo rato.
-Corré a buscarla, no permitas que se convierta en mí-
-¡Corré a buscarla! ¡Corré a buscarla!
Apagó la pipa de un saque, pagó la cuenta y paró un taxi.
Se quedó un interminable segundo en silencio mientras el chofer lo miraba interrogante.
-La puta madre Romualdo-pensó- no te reconozco tan cobarde-
-A La Boca- dijo al fin, rogando que no sea tarde…
DECIMOCUARTA TANDA

LEJOS DE TI
Tango (1955)
Letra y música: Julio Erazo.

Hoy que la lluvia
entristeciendo esta la noche,
y las nubes en derroche
tristemente veo pasar,

Viene a mi mente
la que lejos de mi lado,
El cruel destino ha posado
solo por verme llorar.

Y a veces pienso
que es tal vez mi desventura,
La causa de esta amargura
que no puedo soportar,

Quiero estar al lado de ella
para decirle que es bella,
Para decirle que nunca
podre dejarla de amar.

Pero estoy lejos de ti
sin saber cómo estarás,
Si estarás pensando en mi
o no me recordarás.

Solo sé que yo te quiero
con una inmensa pasión
Y que mi más grande anhelo
es que no olvides mi corazón.


La radio del taxi sonaba a muy bajo volumen, igualmente el chofer le preguntó si le molestaba. Romualdo no contestó. Estaba absorto en sus pensamientos que solo estaban invadidos por Irma.
-¿Se siente bien?- el taxista lo miraba por el espejo- ¡Oiga! ¿Se siente bien?-
-¿Qué? Contestó de mala gana.
-Si está bien le digo, hace un rato que está hablando solo. ¿A dónde tiene miedo de llegar tarde?-
No contestó. Escondió su vergüenza en una cara de pocos amigos y mirando casi sin ver por la ventanilla.
-Ma sí- murmuró el taxista ofuscado y subió el volumen de la radio.
“Hoy que la lluvia
entristeciendo esta la noche,
y las nubes en derroche
tristemente veo pasar…”
Inmediatamente reconoció la voz de Raúl Garcés cantando “Lejos de ti”. Sonrió para sus adentros. Le hizo gracia que justo sonara el tango que un colombiano había escrito para su amada cuando estaban separados.
Así se sentía él
“Viene a mi mente
la que lejos de mi lado,
el cruel destino ha posado
solo por verme llorar…”
En silencio siguió escuchando
“Quiero estar al lado de ella
para decirle que es bella,
Para decirle que nunca
podre dejarla de amar…”
Quería llegar, encontrarla. Todavía no sabía qué iba a decirle. Pero quería encontrarla, mirarla, sentir su reacción al verlo.
Por un segundo se le cruzó la idea de que no estuviera. Que no hubiera ido, tratando de escapar del encuentro. ¿Acaso no lo había hecho él mismo, acobardado?
“Pero estoy lejos de ti
sin saber cómo estarás.
Si estarás pensando en mi
o no me recordarás…”
Luchó contra esa idea. Si no estaba, la buscaría por todas las milongas de La Boca, por todas las milongas del centro, por todas las milongas…
El taxista había dejado de mirarlo, pero notaba el nerviosismo del hombre.
Romualdo se movía inquieto. Pasaba su mano por el pelo.
-¡Voy a encontrarla!- dijo de pronto más fuerte de lo que hubiera deseado.

“Solo sé que yo te quiero
con una inmensa pasión
Y que mi más grande anhelo
es que no olvides mi corazón…”
Al llegar, pagó el viaje casi sin mirar al chofer.
-Suerte con la piba, ojala la encuentre- Lo tomó desprevenido el comentario. Se sintió raro, vulnerable. Pero lo miró de frente.
 –Gracias viejo, así lo espero-
Subió los diez escalones demostrando una seguridad que no tenía. Saludó a varios habitués que encontró a su paso hacia la barra. Necesitaba afirmarse a una copa de brandy antes de buscarla.
En la pista sonaba La Cumparsita en versión de Juan D'Arienzo y las parejas ensayaban sus mejores pasos.
Vio a Graciela bailando con el “tetero”. Miró para la mesa que habitualmente ocupaba con Elba y las nuevas amigas. Irma no estaba.
Miró entonces con atención a las parejas que se deslizaban por la pista. No estaba.
Sentía las manos sudadas. Apuró el trago y sin hacer caso de las miradas de las mujeres que esperaban que las invitara, comenzó a caminar hacia la puerta.
La vio de espaldas. Tenía el cabello recogido y los hombros brillaban.
Estaba sentada a otra mesa, un joven hombre frente a ella le hablaba sonriente.
Se fue acercando despacio. Un nudo en el estómago le dijo que no iba a ser fácil abordarla.
Al llegar, se dirige al joven
-¿Me permite que invite a bailar a la dama?-
Al oír su voz, Irma dio un respingo de sorpresa. Lo miró directo a los ojos y no pudo evitar que se le escapara una lágrima.
-Creo que la dama no quiere- la voz del joven era firme y seca. Cortante.
Un silencio espeso se instaló entre los tres por un largo instante.
-Se lo ruego- Romualdo casi no reconoció su propia voz.
-Creo que la dama no quiere- repitió el joven.
Pero Irma le tomó la mano y dijo:
- Todo estaba bien, no te preocupes-
Se levantó y caminó hacia la pista seguida por Romualdo. El abrazo distante le contó al hombre del dolor de Irma. De su decepción. ¿La había perdido?
Bailaron tensos. Bien, a la vista de todos, pero tensos.
-Tengo tanto que decirte-  Pensaba él.
-¿Qué hace aquí? ¿Por qué vino a buscarme?- Pensaba ella.
- Si supieras todo lo que te extrañé- Pensaba él.
- Si supieras cuanto te  lloré- Pensaba ella.
En la pista sonaba una tanda de rock, muchas de las parejas que habían brillado con el tango ahora lo hacían con Bill Haley y sus cometas. Ellos estaban parados quietos en medio de los bailarines.
-Por favor, hablemos- dijo por fin Romualdo.
Irma lo miró con una expresión que él no supo leer.
-Hablemos Irma- Repitió.
-Necesito que me escuches. Por favor, hablemos-
-¿Querés que hablemos o necesitas que te escuche? No es lo mismo.
-Las dos cosas, necesito que me escuches, tengo mucho por decirte. Y me gustaría que hablemos, que me digas que sentís-
-Muy bien, te escucho, aunque no entiendo que podrás decirme que me saque este dolor-
 La voz de Irma era tan triste… ¿La había perdido…?
“Quiero estar al lado de ella
para decirle que es bella,
Para decirle que nunca
podre dejarla de amar…”























DECIMOQUINTA TANDA

DESCORAZONADO
Tango (1949)
Música: Oscar Herrero
Letra: Elizardo Martínez Vila (Marvil)

Cuántas veces en la vida nos sentimos amargados,
sin más fuerzas que el aliento que te ayuda a no morir.
Cuando todo se nos niega y hasta el ser que más amamos
se nos va con el consuelo de tener con quien sufrir.
Una noche de mi vida cuanto más había soñado
me gritó que había muerto su cariño para mí.
Golpeé con rabia su puerta, la llamé desesperado,
porque allí quedaba toda mi razón para vivir.

Descorazonado...
Vi rodar el mundo deshecho a mis pies.
Y en esa angustia de desesperado,
¿quién piensa en la dicha de otro querer?
Descorazonado...
Rodé por las calles pensando morir.
Y ahora que todo el mal rato ha pasado,
te digo que vale la pena vivir.

Cuando ya, ni de la gente ni del mundo me confiaba,
cuando todo era tan triste, tan oscuro para mí.
Cuando este dolor tan mío como garra se clavaba,
otro amor llegó a mi vida, hoy he vuelto a sonreír.
Es por eso, si algún día te sentís desengañado,
y al pensar que estás deshecho, el dolor te hace reír;
no te olvides que una noche yo también desesperado
no encontraba más consuelo que un rincón para morir.


-Pugliese, Pugliese- Dijo por lo bajo Romualdo mientras caminaba detrás de Irma hacia una mesa apartada.
Ella lo miró curiosa y él le dedicó una semi sonrisa. Estaba muy nervioso y se encomendó al Maestro.
-La Yumba- Le dijo. –La Yumba, por la orquesta de Pugliese-
Era justo el tema que comenzaba y él lo sintió como un presagio. El Maestro lo había ayudado ya otras veces en que necesitó templanza. Y coraje. Ojalá que lo ayudara en esta.
Se sentaron codo a codo en el fondo del amplio salón. La era mesa chica y permitía cierta intimidad entre el gentío y el ruido.
Romualdo la había invitado a un bar, para hablar más tranquilos, pero Irma se sentía más cómoda, más protegida cerca de otra gente, con las miradas lejanas pero atentas de sus amigas.
-Me llamaste Charo- Le dijo con una voz que él no le conocía. Mirándolo a los ojos. Desarmándolo.
¿La había perdido?
Él quedó en silencio. Solo la miraba, la maquinola en la cabeza trabajaba a mil para encontrar las palabras.
-¿Quién es Charo Romualdo? En estos días de mierda estuve pensando que en realidad no sabía nada de vos.

“Cuántas veces en la vida nos sentimos amargados,
sin más fuerzas que el aliento que te ayuda a no morir”

-Charo es el pasado- Dijo al fin con un hilo de voz.
-Un pasado presente, ¡vos me llamaste Charo! Sentí que habíamos pasado una noche mágica, sentí que eras distinto, sentí…¡No sé que sentí! Una idiota me sentí, una mierda-
 Las últimas palabras salieron con sabor a llanto. Las lágrimas le habían corrido el rímel y abrieron una brecha en la dureza con que se había propuesto hablarle. Él entendió su dolor. Era casi igual al suyo.
Tal vez, no estuviera todo perdido…
-Irma, te aseguro que Charo es el pasado- La mirada suplicante no dejaba de reconocer que estaba hermosa, aun así con la cara marcada por dos líneas que terminaban en gotitas negras en el mentón.
-No voy a negarte que la amé. Y que sufrí mucho por ella-

“Descorazonado...
Vi rodar el mundo deshecho a mis pies…”

Y entonces decidió contarle todo sobre Charo.
De cómo que quedó embelesado con la sonrisa que esa primera noche le dedicó.
De su vida en común, en la que él creía en formar una familia.
De lo mucho que la quería, el modo que lo traicionó y de la forma fortuita en que se él se había enterado.
De cómo la puso de patitas en la calle cuando supo que ella había abortado a su hijo, sin siquiera decirle que estaba embarazada.
De su vida solitaria. Del dolor que le causó el engaño. De su falta de esperanza.
De cómo la extrañó.
De cómo buscó olvidarla inútilmente en las milongas, en otras mujeres…


“Y en esa angustia de desesperado,
¿quién piensa en la dicha de otro querer?
Descorazonado...
Rodé por las calles pensando morir…”

Irma lo miraba. Él estaba con la cabeza gacha, como si le pesaran las palabras que pronunciaba.  Un surco vertical le atravesaba el ceño fruncido. Parecía vencido.
-Entonces no pudiste olvidarla. ¿Yo fui una más de esas mujeres?-
-¡No!- Romualdo se irguió en la silla- ¡Vos no!-
-Pero me llamaste por su nombre-
-Irma, no sé como pedirte disculpas- La voz más firme, más segura.
-Esa noche cuando cerraste la puerta supe que te amaba con todas mis fuerzas y al mismo tiempo pensé que te había perdido. No tuve fuerzas para buscarte. No sabía que decirte-
-¿Y ahora sabés? Porque yo entiendo tu sufrimiento y te juro que lo lamento mucho.
Pero ¿vos entendés el mío?
Todos sufrimos por amor. ¿O pensás que sos el único?
A mí también me engañaron alguna vez. Y seguramente habré decepcionado a alguien.
-¿Cómo hago para creerte? ¿Y si ella vuelve?-

-No va a volver. Para que me creas solo se me ocurre decirte que te amo. Más que a nada. Hiciste que mi cielo se aclarara…-

“Cuando ya, ni de la gente ni del mundo me confiaba,
cuando todo era tan triste, tan oscuro para mí.
Cuando este dolor tan mío como garra se clavaba,
otro amor llegó a mi vida, hoy he vuelto a sonreír…”

-Ella es mi pasado, vos sos mi presente y espero que mi futuro. Dejame demostrarte que soy sincero. Confiá en mi amor Irma, confiá en mí. Yo nunca regalé un te quiero-

Otra vez las lágrimas surcan la cara de Irma, pero esta vez enmarcan una sonrisa.
-¡Pugliese, Pugliese!- Pensó más calmo Romualdo…



















DECIMOSEXTA TANDA

SE TE NOTA EN LOS OJOS
Tango (1955)

Letra de Felix Villa
Musica de Felix Villa

Por esta cruz, yo te lo juro corazón
que mi cariño es puro y cierto como Dios,
que tu silencio es un castigo para mí,
que siempre te ofrecí un cielo de ternura.
Pero no puedo soportar esta amargura
que me tortura y me mata sin piedad
Por eso, vida, yo te pido por favor
me digas de una vez, ¿me quieres sí o no?

Se te nota en los ojos, corazón,
que me estás mintiendo.
Se te nota en los ojos, corazón,
que me estás queriendo.
Espero de tus labios un "te quiero",
¿No ves que tu silencio me hace mal?
Se te nota en los ojos, corazón,
que no puedes mas.

¿Qué debo hacer para que me hables de una vez?
¿No ves que mi amor se está muriendo sin razón?
Porque si tú me dices algo, nada más,
florece el corazón y canta de alegría.

Se te nota en los ojos...


Estaba hermosa. Aun con los ojos rojos de llanto. Aun con el ceño un poco fruncido por la duda y los labios despintados de mordérselos nerviosamente. Estaba hermosa.
Como un rito pagano movía el cabello con sus manos, se lo recogía en una cola que dejaba caer sobre un hombro, lo soltaba sobre su espalda, lo volvía a recoger sin dejar de mirar a Romualdo ni un instante.
Quería creerle, pero la duda atenazaba su corazón.
Varios hombres pasaron por su vida. Pero ninguno como él logró abrir la coraza de recelo que instaló hace mucho tiempo en su capacidad de entrega. En su deseo de sentirse amada.
Siendo muy jovencita se enamoró perdidamente de Ernesto, quien era apenas unos años mayor.
Tardó mucho tiempo en darse cuenta que Ernesto más que quererla la exhibía como un trofeo ante la gente, ante sus amigos…Es que Irma era tan linda, tan joven, tan deseada por todos…
Caminaba con ella por la calle ufano de ser su dueño.
-¿Te comés este bombón? ¡Grande loco!- Le decían los amigos codeándolo sin reparar en el pudor de Irma.
Ernesto nunca la presentó a sus amigos como su novia, muchos de ellos no sabían cómo se llamaba y se referían a ella como “El bombón que se come el loco Ernesto”
Irma comenzó a no sentirse cómoda y lo habló con él. Le pidió que hicieran otras cosas, además de salir con sus amigos a bailar o a un bar, siempre el mismo, donde los muchachos llegaban con otros bombones a los que no llamaban por el nombre.
Pero Ernesto le dijo: - Yo soy así y estos son mis amigos, si no te gusta…-
El tiro de gracia a la relación fue dado cuando al caminar hacia el bar se encontraron con un conocido. El tipo repitió la pregunta sobre el bombón que se comía el loco Ernesto y como respuesta él se rió, se pasó la lengua por los labios y luego hizo el gesto típico de limpiarse la boca con la mano.
-La verdad, sos un boludo Ernesto- dijo Irma roja de ira.
Esa fue la última vez que lo vio.
Luego vinieron otros hombres, otras sensaciones, otras ilusiones que vivió con más o menos intensidad, pero sin lograr una entrega real. A algunos los conoció en las milongas a las que comenzó a ir acompañando a una amiga y poco después ya eran parte vital de su vida.
Hasta que llegó Romualdo.
La primera vez que lo vio, él bailaba “Quiero verte una vez más” con Elba, aquella mujer mayor que luego fuera su amiga.
Era imposible apartar la mirada de ese hombre alto, de cabello entrecano y traje negro que parecía deslizarse por la pista como si hubiera nacido sobre ella.
Inmediatamente supo que quería bailar con él.
Le tocó tener paciencia, porque no lograba que se cruzaran sus miradas. Pasaban las tandas y otras eran las cabeceadas. Ella esperaba hasta que él invitara a alguien y luego aceptaba el cabeceo de otro hombre.
Hasta que casi en la última tanda él la vio.
Sonaba Di Sarli con su “Bahía Blanca”.
Ella casi no esperó el cabeceo y le sonrió.
Él extendió su mano y tomo la de ella. Y se dejó envolver en su perfume…
Luego pasó lo que pasó.

Y ahora estaban allí, frente a frente.
Ella quería creerle, pero la duda le atenazaba el corazón.

Por esta cruz, yo te lo juro corazón
que mi cariño es puro y cierto como Dios,
que tu silencio es un castigo para mí…”
      
Romualdo buscaba palabras que no sonaran huecas, quería que ella entendiera, que le creyera, que confiara en él.
La miraba fijamente a los ojos, hubiera deseado que ella pudiera meterse dentro de él, llegara a su corazón y se viera reflejada…


Se te nota en los ojos, corazón,
que me estás mintiendo.
Se te nota en los ojos, corazón,
que me estás queriendo…”

Ella no hablaba. Quería creerle, lo escuchaba con atención, pero no hablaba. Poco a poco fue dejando de lado su gesto adusto. De las lágrimas solo quedaban las marcas del rímel surcando sus mejillas.
El pelo ya no era removido de un lado a otro y caía pesadamente sobre su espalda.
Los ojos bien abiertos clavados en los de Romualdo. Quería creerle…


“Espero de tus labios un "te quiero",
¿No ves que tu silencio me hace mal?
Se te nota en los ojos, corazón,
que no puedes más…”

-Por favor Irma, se me terminan las palabras. Solo puedo decirte que te quiero-

Qué debo hacer para que me hables de una vez?
¿No ves que mi amor se está muriendo sin razón?
Porque si tú me dices algo, nada más,
florece el corazón y canta de alegría…”

Irma no pudo evitar una sonrisa cuando dijo:
-Yo también te quiero…-



PENULTIMA TANDA

CANTEMOS CORAZON
Tango (1949)
Música: Enrique Alessio
Letra: Reinaldo Yiso

Siento en el pecho que estás contento 
porque ya vuelve, nuevamente, corazón. 
Con su perfume, con sus caricias, 
para embriagarnos con su pasión. 
Un beso tierno, ansiosamente, 
ardientemente en esa boca dejaré. 
Cantemos, corazón. Muy pronto volverá 
a nuestro lado, como ayer. 

Cantemos, 
porque esta noche, nuevamente, 
he de tenerla frente a frente, 
porque otra vez ha de ser mía. 
Cantemos, 
por esa gloria del regreso, 
por sus caricias, por sus besos, 
porque la quiero ¡corazón! 
Nunca más 
se apartará de nuestra vida 
Ya lo verás 
¡Nunca, nunca más! 

Se fue una noche plena de luna. 
Quedaste solo, abandonado, corazón. 
Vuelve esta noche clara y hermosa, 
noche de besos, noche de amor. 
Su boca roja, como una llama, 
ha de prenderse, nuevamente, como ayer. 
Cantemos, corazón, ya no se alejará 
de nuestro lado, ¡nunca más!


La voz estridente en el micrófono anunciaba la tanda de las chicas. En la pista sonaba la orquesta del maestro Di Sarli con el canto melodioso del sanjuanino Jorge Durán. El tango “Whisky” le trajo a Romualdo el recuerdo de la noche en que supo que amaba a esta mujer que lo miraba fijamente tras el rímel corrido. La misma noche en la que pensó que la había perdido. Se sintió inquieto. ¿La había convencido de la verdad de su amor?
-Yo también te quiero- Le dijo con una sonrisa Irma como contestando a medias a esa pregunta. Ahora se paraba y extendía  la mano hacia Romualdo invitándolo a bailar.
Él aceptó aunque lo que en realidad quería era seguir conversando, quería escuchar de sus labios que sentía lo mismo.
-Yo también te quiero- Había dicho. Pero de eso él no tenía dudas, lo veía en sus ojos algo rojos todavía por el llanto. Lo que quería era que le dijera que le creía, que confiaba en sus palabras.
Bailaron algo tensos unos minutos, hasta que encontraron el ritmo de sus cuerpos.
Él necesitaba saber si estaba dispuesta a olvidar, o por lo menos a darle la oportunidad de demostrarle que en su corazón solo había lugar para ella.
La pista estaba llena esa noche. Las parejas se deslizaban armoniosamente seducidas por la cadencia de Di Sarli y su “Milonguero Viejo”.
-Hablemos- dijo él al terminar el tema.
Pero inmediatamente sonó” Bailemos” e Irma volvió envolverlo con su brazo sobre los hombros.
-Por ahora solo bailemos- dijo.
Romualdo no pudo menos que abrazarla y dejarse llevar sintiendo como de a poco volvían a mezclarse los perfumes. Apretó un poco el abrazo temeroso e inquieto. Ese tango era de despedida:
“Bailemos el tango del adiós, que después ya sin tus ojos… me espera la eterna soledad…”

¡No podía ser, no quería que fuera así!
-Te amo Irma- susurró en su oído.- Hablemos por favor-.
-Vamos- dijo ella al terminar el suplicio de Romualdo en dos por cuatro.
-Pero no a tu casa, hoy no podría-
Saludó con la mano en un gesto que decía  “tranquilas”  y una tenue sonrisa a sus amigas que desde lejos no dejaban de mirarlos y salieron juntos.
Los recibió el frío de la noche.
Sin decir palabra, Irma cruzó la calle y entró seguida de  Romualdo en un bar casi desierto.
Se sentaron frente a frente a una mesa cerca de la barra.
-Te amo Irma, te amo- Repitió él ya sin susurros- Dejame demostrártelo-
-Tengo miedo ¿sabés?- Los ojos fijos en las manos varoniles, temerosa tal vez de sucumbir a su mirada profunda y suplicante.- No puedo evitar sentir miedo-
-Lo sé, yo también tengo miedo-
- ¿Vos? ¿A qué le tenés miedo?-
- A perderte, a fallarte, a que no me ames-
- ¡Pero yo te amo! Por eso tengo miedo…- La voz intensa al principio se fue apagando hasta terminar casi inaudible. Ya estaba dicho, no podía arrepentirse.
- ¿No vas a poder perdonarme?- Acercó suavemente la mano a su cara y lo obligó a mirarlo.
- Irma ¿no vas a intentar perdonarme?- Jamás habían salido de su boca palabras que sonaran tan dulces. ¡La amaba tanto!- ¿Vamos a dejar morir este amor Irma? ¿Por miedo?-
Las lágrimas otra vez asomaban en los ojos color miel.
Él sacó su pañuelo y  le secó las mejillas. Ella le tomó la mano y la apretó fuerte.
-¡No!- dijo- no vamos a dejar morir este amor…

“Siento en el pecho que estás contento 
porque ya vuelve, nuevamente, corazón. 
Con su perfume, con sus caricias, 
para embriagarnos con su pasión…”
 
Romualdo saltó de la silla. La abrazó, la alzó casi en el aire y la besó con ansias contenidas.
Ella respondió  al beso ávida de ese impulso vital.

“Un beso tierno, ansiosamente, 
ardientemente en esa boca dejaré. 
Cantemos, corazón. Muy pronto volverá 
a nuestro lado, como ayer…” 

Los escasos parroquianos que habitaban el bar los miraban, unos indiferentes, otros envidiosos.

Cantemos, 
porque esta noche, nuevamente, 
he de tenerla frente a frente, 
porque otra vez ha de ser mía…” 

-Vamos a mi casa- dijo con voz de fuego Romualdo.
-¡No! A tu casa no. Vamos a la mía…


 “Vuelve esta noche clara y hermosa, 
noche de besos, noche de amor. 
Su boca roja, como una llama, 
ha de prenderse, nuevamente, como ayer. 
Cantemos, corazón, ya no se alejará 
de nuestro lado, ¡nunca más!”






















ULTIMA TANDA

ENAMORADO ESTOY
Tango
Música: José Márquez
Letra: Oscar Fresedo.

Sé que la flor vuelve a estar.
Ven, quiero amar y soñar.
Fuiste en mi camino un espejismo
tuve miedo de besarte... y despertar.

Sé, que la flor perfumó.
Hoy, el jardín del amor.
Con ese perfume de nostalgias
que nos abre una esperanza... al corazón.

El cielo me entregó
su noche más azul.
La luna me prestó su luz.
Y vimos renacer
la flor que se ocultó,
cuando no estabas tú.

Tú me diste fe
fuiste la razón
donde perdí mi corazón,
y no ha sido en vano
hoy, enamorado.
Enamorado estoy.

Fue tu mirar quien me dio.
Fe de luchar por tu amor.
Y sobre tus labios he dejado
en rosario de ternura... mi corazón.

Sol que encendió la verdad.
Hoy que las sombras se van.
Yo te necesito a cada paso
quiero estar entre tus brazos... sin despertar.


San Juan y Boedo parecía ser el lugar ideal para el departamento que necesitaban.
Habían buscado mucho, pero ambos se sintieron a gusto ni bien entraron.
Abriendo la ventana, sobre San Juan, en un cuarto piso se abría a sus ojos un cielo límpido que sintieron como una señal. Encontraron por fin el lugar al que llamarían “su casa”.
Atrás quedaron San Telmo y sus fantasmas.
Y también el pequeño departamento de La Boca que Irma alquilaba.
Ese al que fueron la noche del reencuentro.
-No vamos a dejar morir este amor- Había dicho Irma ante la pregunta de Romualdo.
Y aunque se moría de miedo, decidió confiar en él y sucumbir ante sus palabras elocuentes y ante sus ruegos.
Lo decidió ella, o lo decidió la fogosidad de ese beso que la asaltó por sorpresa.
En ese beso había urgencia, ternura, deseo, suplica, entrega. Primero de él y luego también de ella.
-Vamos a mi casa- había dicho él con voz de fuego.
Ella no quiso volver a ese lugar, quería que fuera todo distinto.
Y no importó que cuando entraron a su departamento no encontraran sillones de cuero, ni fonolas antiguas, ni colección de discos de pasta, ni luz tenue…
Eran ellos dos, ávidos de reencontrarse.
Hicieron el amor con la luz prendida, en una cama revuelta, sin música más allá de sus propios sonidos al hablarse, al moverse, al reconocerse, al sentirse, al besarse. Al reírse.
Mirándose a los ojos, nombrándose…
Nunca había sonado tan lindo “Irma” como cuando él se lo decía en cada beso.
-Te amo Irma- repetía como para reafirmarle lo que le estaba demostrando con todo el cuerpo.

“Sé que la flor vuelve a estar.
Ven, quiero amar y soñar.
Fuiste en mi camino un espejismo
tuve miedo de besarte... y despertar
…”

Irma sintió en todo momento la entrega en cuerpo y alma de Romualdo. Feliz se acurrucó en  abrazo reparador que fue el preludio de un  encuentro nuevo.

“Sé, que la flor perfumó.
Hoy, el jardín del amor.
Con ese perfume de nostalgias
que nos abre una esperanza... al corazón.”

Yacían exhaustos uno frente al otro sin dejar de mirarse. Romualdo acomodaba suavemente el cabello azabache de Irma.
Ella le acariciaba el pecho lampiño y le provocaba cosquillas.
-Te amo Irma-
- Y yo a vos-
Se durmieron cuando el reloj marcaba casi el mediodía, así como estaban, con la cama revuelta y la luz encendida.

“El cielo me entregó
su noche más azul.
La luna me prestó su luz.
Y vimos renacer
la flor que se ocultó,
cuando no estabas tú…”

Anochecía en La Boca cuando Irma despertó. El brazo derecho de Romualdo la envolvía. Él parecía dormir  profundamente y ella se entretuvo escuchando sus ronquidos.
En un momento roncó tan fuerte que ella no pudo contener la risa.
Romualdo la abrazó fuerte.
-Era una broma- dijo.- Hace rato que estoy despierto, pero no podía dejar de mirarte. Estás tan linda con el cabello revuelto-

“Tú me diste fe
fuiste la razón
donde perdí mi corazón,
y no ha sido en vano
hoy, enamorado.
Enamorado estoy…”

Ella se acomodó al abrazo y no dijo nada.

-Hola mi amor… Hola Irma- Le besó suavemente los labios.- Nunca dudes que te amo-

 

“Fue tu mirar quien me dio.
Fe de luchar por tu amor.
Y sobre tus labios he dejado
en rosario de ternura... mi corazón…”

 

-Ya no lo dudo, ¡yo también te amo!- y se abrazó a él dispuesta a no soltarlo.

 

“Sol que encendió la verdad.
Hoy que las sombras se van.
Yo te necesito a cada paso
quiero estar entre tus brazos... sin despertar…”

 

 

-Quiero que me escuches bien- La voz de Romualdo sonó emocionadamente formal- Tengo que decirte algo-

Irma lo miró entre sorprendida y asustada.

-No te asustes- dijo divertido él viendo su cara- Quiero decirte solo siete palabras-

-No me asusto, decilas- y se preparó a escucharlas.

-TE AMO IRMA. TRANSITEMOS JUNTOS LA VIDA-

-Claro que si- dijo emocionada.

Y otra vez no hicieron caso de lo revuelta que estaba la cama…

 

 

FIN.

 

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