jueves, 28 de noviembre de 2019



Nuestras manos.
Las manos se deslizan poniendo en juego su magia.
Han pasado los años mozos pero sigue adelante cumpliendo sueños.
Los chicos están grandes, hay tiempo y ganas de continuar con los viajes.
Los viajes que te llevan a otros lugares y también aquellos que permiten que sin moverte de casa navegues por distintos paisajes.
Las manos de Liliana van deslizándose por dolores varios, ya estén cerca o lejos. Traza recetas de rezos en el aire, que te ayudan, que te curan…
Las manos de Matilde van deslizándose con soltura iluminada por cosas que a los ojos de otras personas serían la nada y las transforma en belleza, en alegría que cuelga, en atrapasueños, en cestas que contienen, en artesanías que acompañan…
Las manos de Mirta y Cristina se deslizan en mezclas y piedras de colores, eligen texturas que combinaran luego con exquisito donaire creando figuras geométricas o figurativas con las teselas. Su arte enmarca amores, acuna macetas, sostiene sueños, guarda llaves…
Las manos de Cristina van deslizándose por los lienzos níveos acariciándolos, llenándolos de magia. Con trazos firmes o sutiles crea formas, rostros, cuerpos danzando, paisajes de regalo, cielos estrellados…
Mis manos se deslizan por un teclado para decirles que las quiero…


Bicicleta, cuchara, manzana…
“Elvira está preocupada. Hace unos días intentó guardar las mandarinas en el cajón de los cubiertos. La inquisidora mirada de su hijo mayor le indicó el error.
Luego, en medio de una charla notó que algunas palabras no acudían a la cita. Además, los últimos tiempos se sentía cansada, desganada, como sin fuerzas, según le comentó a su amiga Coco que la está visitando.
-Me pasan cosas que no entiendo- había dicho en respuesta a la pregunta preocupada de su amiga luego de que Elvira le ofreciera un café mientras estaban lavando los pocillos en los que recién habían tomado uno.
Ahora está sentada frente al Dr Torres, entregándole análisis que creía que demostraban que tenía anemia. Ella suponía que ese era el origen de su problema. O quería suponer. Él no podía descartar que hubiera algún problema de ese tipo, pero los síntomas que Elvira le describe le dan la pauta clara del problema que la aqueja. No es neurólogo, pero en su larga trayectoria como médico de familia ha visto demasiados casos parecidos.
Elvira tiene una edad situada entre los 60 y 70 años. Es madre de tres hijos varones a los que tuvo que criar sola ya que su marido, recientemente muerto, pasó más tiempo en la cárcel que afuera. Estafador y delincuente, lo único que aportó a la relación fueron problemas.
Es una madre sobreprotectora y férrea. Y también es delincuente. Y la cabeza pensante de la organización delictiva que creó junto a sus hijos. Pero ahora esa actitud dura de pronto se transforma en angustia al ver fotos de los niños…
El Dr Torres le devuelve los análisis.  – Ojalá yo tuviera esos valores, son de lujo- Elvira lo mira asombrada. - ¿Y entonces?
—La voy a derivar a un neurólogo, el profundizará los estudios y tendrá la palabra final-“
Está situación se da en una serie española que sigo tarde a tarde. Personajes de ficción interpretando situaciones ficticiamente reales.
Lo que siguió fue para mí conmovedor.
Elvira le ruega al Dr que le diga algo más, quiere saber porque un neurólogo. Entonces él le cuenta de su sospecha, es muy factible que tenga un problema de tipo cognitivo. Ella quiere saber más. 
El Dr Torres le pide entonces que dibuje un reloj y le dice tres palabras que le preguntará luego de ver el dibujo.
Esas palabras son bicicleta, cuchara, manzana y por demás está decir que Elvira no las recordó…
El doctor habló finalmente de un incipiente Alzheimer
Varias veces estuve en un consultorio neurológico acompañando a seres queridos con el corazón fruncido mientras intentaban dibujar relojes y recordar tres palabras. Por eso, desde el día que vi a Elvira y al Dr Torres, cada tanto, digo para mis adentros- bicicleta, cuchara, manzana …

viernes, 22 de noviembre de 2019




FELICIDAD

Una vez mi mamá, mientras tejía un saquito para mi hija recién nacida, en la cocina de casa, me miró y dijo;-“Esto debe ser la Felicidad”-. La expresión de su cara quedó grabada a fuego en mi memoria y en mi corazón. Estaba resplandeciente, nunca, pero nunca, ni antes ni después de ese episodio volví a encontrar en su rostro esa expresión. Fue un instante mágico e irrepetible que duró segundos. 
Los suficientes como para que recordara que en ese momento mi hermano menor estaba haciendo el servicio militar y vivíamos pendientes de la guerra de Malvinas. Entonces le brotaron lágrimas de desconcierto. ¿Cómo podía estar feliz y al mismo tiempo preocupada y con el alma en vilo? Y se sintió culpable. 
Cuando ella murió, se acercó a saludarme una amiga a la que hacía mucho tiempo no veía. Una de esas amigas con las que podés abrazarte y seguir hablando como si te hubieras visto ayer, que no son muchas, y sentí una gran alegría. Y allí, junto a mi madre muerta, conversé con mi amiga de su vida y de la mía. Y nos reímos por momentos! Y dos minutos después llegó alguien con quién me abracé llorando largo tiempo, sin consuelo.
Entonces mi pregunta es ¿existe La Felicidad? Así, con mayúsculas. ¿O son momentos? Pequeños oasis que nos permiten calmar nuestra sed en un desierto, árboles frondosos que nos acogen y nos dan sombra y permiten que recobremos el aliento para seguir nuestro camino.
Como yo lo veo, tal vez la felicidad sea solo eso, no LA GRAN COSA QUE DEBEMOS ENCONTRAR PARA SEGUIR VIVIENDO. Tal vez, la felicidad sea permitirnos gozar a fondo esos momentos en los que nos sentimos plenos, atrevernos a dejar en el camino todo aquello que nos aleje de lo verdadero. Sacarnos los lastres, sean estos prejuicios, mandatos ancestrales, miedos. Y reconocer que todo esto no tiene que ver con la falta de respeto.
He tomado la decisión de ser feliz, para lo cual, instalé en mi cara una sonrisa, que debo reconocer que cada tanto se desdibuja,¡ qué vivo en este mundo al fin! Pero que recobro recurriendo al recuerdo de los buenos momentos, las buenas compañías, todo lo nuevo que emprendo y sobre todo al haberme relajado. Estoy en el momento de mi vida en que hago todo por gusto, en el que no caben las mentiras, en el que elijo dónde ir y en qué compañía. 
Ojalá hubiera podido consolar a mi mamá y a mi misma en aquellas dicotomías, pero entonces no sabía …

Cristina González
26/04/15


El bebé de mi beba.
Hoy entré a Facebook casi terminando el día. Me entretuve leyendo Patria, el libro que mis hijos me regalaron por el día de la madre. Eso, una caminata agradable por la costa y algunas compras.
Pero, como es ya una costumbre aunque mucho no interactúe últimamente, antes de acostarme me doy una vuelta por aquí.  Me gusta saber en que anda la gente que quiero. Obviamente ya sé más o menos como viene la mano. Y digamos que generalmente la cosa va de saludos de cumpleaños, deseos de buenos días y alguna que otra información puntual de viajes, salud, buena onda… en fin, lo cotidiano.
Pero hoy están sus fotos. Está ella con su hermosa sonrisa, con su amor, mostrándonos orgullosa su panza. Está ella, está él y está la panza que hospeda a Hipólito.
Y entonces me quedo muda mirando, saltando de foto en foto. Y mis ojos se humedecen de alegría.  Veo a esa mujer hermosa acariciándose el vientre y no puedo evitar pensar que fue mi beba.
Me alegra tanto que hayan decidido ser mamá y papá, me alegra tanto que se hayan encontrado y compartan el proyecto de familia. Me alegra y me hace muy felíz  transitar la dulce espera de ser abuela.





Autorretrato                11/10/14
 Les presento a María Cristina, Ma para mis hijos, Cristina para casi todos, Cristy para mis viejos y mis tías, Cris para mis amigas, tía Cri para mis sobrinos, mis hermanos y mi cuñada Adriana, cuña para mi cuña Sonia y gorda, para quién fue mi marido.
Una sola para tantos nombres. Tantos nombres para una sola: YO.
Para cada uno de ellos seré distinta, o no. Vaya una a saber qué ven en mí. Yo, soy esta que aquí les presento:
Mujer generalmente sonriente, de edad madura y mente joven. Alguna vez fui rubia natural, hoy lo soy gracias a la elección de la tintura.
Ojos claros, algo cansados y gastados que debo ayudar para que vean la vida, con anteojos que me “pesan” y marcan mi nariz víctima de una temprana cirugía.
Regordeta, como llamaría mi abuela al haber perdido la cintura en atracones, en la gula.
Hace cuarenta kilos, yo era otra. A esa, no le dolían las rodillas como a mí, que me siento cómoda solo en zapatillas.
Visto generalmente ropa de nada, visto lo que puedo, no sé elegir ropa ni combinar colores. Mi cara lavada es siempre o casi siempre la misma.
Marqué mi cuerpo varias veces, tengo tantas cicatrices que no las puedo contar. Esas marcas no fueron elegidas, como tampoco lo fueron algunas de las que no se ven, pero acompañan el devenir de mis días.
Tatué OM en mi brazo derecho para verlo siempre, para recordar que soy una con el universo, con los míos, con la vida.
En mi mano izquierda, allí donde la alianza dejó un surco, tatué las iniciales CAF en homenaje a mis hijos que, de esa etapa, fue lo único verdadero, lo verdaderamente único…
María Cristina para los documentos, Ma para mis hijos, Cristina para los conocidos, gorda para quién fue mi marido, Cristy para mis viejos y mis tías, Cris para mis amigos, tía Cri para mis sobrinos, mis hermanos y para Adriana, cuña para mi cuña Sonia.
Para una misma persona, muchos nombres, para todos esos nombres soy solo yo: Cristina.

Principio del formulario




  FLORES  EN EL TEJADO.

Siempre tendremos Paris…”
(Humphrey Bogart en el papel de Rick Blaine a Ingrid Bergman como Ilsa Lund, CASABLANCA.  Director: Michael Curtiz, 1942)
Esta conocida frase es comúnmente utilizada como recurso para evadir o minimizar situaciones adversas o incómodas.
La nuestra, sin dudas, lo fue. No una tragedia, nada irresoluble. Pero decididamente adversa, incómoda, agotadora e irritante.
La naturaleza nos jugó una mala pasada. Todo estaba preparado para pasar una semana en Bariloche. Éramos ocho. Varios de nosotros vivían la ilusión de ver por primera vez la nieve, otros queríamos reencontrarnos con paisajes ya conocidos.
Todos, absolutamente felices luego de la fiesta de 15 de Lara, el principal motivo del encuentro familiar. No es fácil que coincidamos en un mismo lugar. Pero cada tanto lo logramos.
La mayor nevada en los últimos 25 años impidió que pudiéramos pasar la semana soñada en Bariloche.
Horas interminables en el Aeroparque Jorge Newbery atestado de gente con vuelos demorados en algunos casos, suspendidos en otros.
Negociaciones frenéticas intentando encontrar vuelos, 0800 que no contestan, poca información. Poco tiempo disponible para cualquier cambio, parte de la familia debe volver a casa.
36 horas después, un vuelo despega con seis de los integrantes del grupo. Uno, Patricio, ya había decidido no viajar muy a su pesar. Otro, yo en este caso, había tomado un micro minutos antes emprendiendo un viaje con el mismo destino que deparó, desde el inicio, muchas sorpresas…
Ya sobrevolando el Aeropuerto Internacional Teniente Luis Candelaria en Bariloche, el comandante del vuelo anuncia que no se puede aterrizar y decide volver a Buenos Aires. Vencidos por el cansancio, los pasajeros dormitan resignados...
-¡La tía!, ¡Cri!, ¡Cristina!- se sobresaltan al estilo “Mi pobre angelito” y aquel ¡Kevin! al recordar que voy en un micro a encontrarme con ellos.
No hay modo de comunicarse. Ellos no tienen señal, yo no tengo carga…
A las siete de la mañana del domingo 16 de julio, el micro en el que viajo convertida en un cubo de hielo, para en Macachín, La Pampa. Más concretamente en una estación de servicio. Debía ser solo una parada para cargar combustible, el servicio prometía:
·                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                     
Semicama
Butacas compartidas e individuales reclinables hasta en 130º
·         Apoya piernas
·         Atención personalizada, auxiliar a bordo
·         Música funcional y videos.
·         Toilette
Dependiendo del horario nuestros auxiliares sirven desayuno, merienda, almuerzo y cena con entrada fría y plato caliente.
Menú especial: celíaco, vegetariano, hipertenso, infantil, diabético.

Bueno, ahora que releo, no decía nada de calefacción. Será por eso que llegamos a Macachín congelados. Será por eso que el chofer nos dijo que aprovecháramos para tomar algo caliente e ir a los sanitarios…
¿Será menester que diga que el menú de la cena consistió en una ¿¡ terrina !? de arroz helada, dos sanguchitos de miga de 5 cm de lado y un minibizcochuelito de 4cm de diámetro y 1 de alto acompañado por un vaso de coca, también helada que nos ofreció amablemente el auxiliar a bordo-chofer en su último viaje porque se jubila? En fin…
Estando en la estación de servicio, puse a cargar un poco mi celular, pude tomar un café bien caliente e ir al baño. La temperatura a esa hora -5 grados centígrados. Estaba asomando el sol.
De vuelta al micro, mi eventual vecino de asiento y yo nos miramos resignados. Ambos estábamos emponchados de tal modo que resultaba escaso el lugar y sabíamos que el resto del viaje sería muy incómodo.  Siento la vibración del celular en el bolsillo interno de mi campera, lo saco en medio de difíciles contorsiones.
“-Cri, lamentablemente no estamos en Bariloche, la pista estaba congelada y nos trajeron de vuelta, un desastre, recién llegamos a casa-“ El mensaje de Pablo me dejó perpleja. ¿Qué? ¿Que qué?
Mientras el chofer auxiliar a bordo a punto de jubilarse intenta darme el desayuno: un alfajor y dos galletitas de coco, nada caliente, decido bajarme. No recuerdo que motivo esgrimí, lo que si tengo claro son los recuerdos a mi madre en distintos idiomas, incluido el arameo y el sanscrito de parte del resto de los pasajeros por el retraso que supuso tener que sacar mi valija del maletero, teniendo en cuanta que era una de las que estaba más al fondo.
Después vino la ayuda cariñosa y desinteresada de Lucrecia, cajera de la estación de servicio y de Ismael, un empleado que no dudó en acompañarme a encontrar el camino de vuelta a casa.
Había terminado el sueño de la semana compartida en Bariloche. Luego vendrían los reclamos a las respectivas compañías.
Pero, no todas son espinas en el camino de los que verdaderamente quieren estar juntos…
Y entonces surgió Colonia, Pablo lo propuso, Adriana conocía y le gustó la idea, Sonia y Raúl estuvieron de acuerdo, Antonella y Lara aceptaron encantadas, Sofía se sumó al grupo luego de los agotadores finales, Patricio y yo dijimos sí sin dudarlo.
Viajamos cómodamente en Buquebus, nos alojamos en el coqueto hotel Posada del Gobernador.
Y recorrimos Colonia en familia. Caminamos, sacamos fotos. Entramos a todos los museos que pudimos. Sacamos fotos. Los más atrevidos subieron al faro, los más cobardes los saludamos desde abajo. Volvimos a sacar fotos.
Nos llenamos de belleza, de risas, de anécdotas. Comimos rico, tomamos chocolate. Dormimos como troncos en grupos de tres, las chicas, las mujeres y los hombres.
Admiramos los distintos tipos de arquitectura, mezcla de portuguesa y española. Respiramos historia. Recorrimos calles empedradas, reconocimos con ayuda de una simpática guía de qué siglo era cada una.
Nos fotografiamos unos a otros desde todos los ángulos posibles en la pintoresca Calle de los Suspiros
Fuimos nueve chicos asombrados escuchando el origen de las tejas hechas por los esclavos sobre sus muslos con la mezcla que amasaba el amo. Viendo el sol brillando por sobre esos techos en donde crecían flores de colores.
Fuimos felices, olvidamos todo.
Volvimos a casa con el alma llena de recuerdos gratos. Con los ojos llenos de imágenes dulces y cálidas de nuestro paso en manada por Colonia. Con el corazón pleno.  
“ ¿Que será de nosotros?”- Pregunta Ingrid Bergman a Humphrey Bogart en CASABLANCA.
 -Siempre tendremos Paris…”- contesta él mirándola fijamente.

Nosotros sabemos que, no tuvimos Bariloche, pero “Siempre tendremos Colonia”, la hermosura de las calles empedradas , la historia, su gente y la maravilla de las flores en el tejado…


Cristina González
Julio 2017














Lujuria ( variación menos recatada del ejercicio del taller)
La prenda íntima se deslizó
al contacto de sus manos ávidas.
Como un cazador oculto y silencioso

pareció burlarse de la angustia 
de la que mostraba ser una presa lánguida.
Pero no era burla!
Y ella,que ni presa, que ni lánguida,
Se dejó querer y respondió a sus ganas.
Él se propuso no incinerar con labios de fuego
La piel que acariciaba.
Pero ella reclamó,
Y Dios nos guarde de no complacer
A la mujer que clama ser quemada.
Con mímica de encuentros clandestinos
entre caricias que tienen nombre propio
Y el paladar exquisito del amante prodigioso
vivieron el amor sin suspicacias.
Libres, audaces como dos seres elegidos.
Y al entregarse a esa pasión,
luego de haberse comido y bebido mutuamente, 
sellaron un pacto de entrega a la lujuria
aunque ninguno de los dos lo cuente.
Cristina Gonzalez.


A Cristina

Tendrías que ver la sonrisa de mi amiga...
Cauta y tierna, pero llena de esperanza y alegría.
Tendrías que escuchar su carcajada, llena de picardía.
Una chispita muy viva se asoma por los ojos de mi amiga…
 Que está cansada dice, mientras ceba un mate
y me cuenta como va planificando de ahora en más su vida.
Tendrías que ver la sonrisa de mi amiga…
Me pone tan feliz verla como la he visto hoy
mientras tomábamos mate en su cocina…

Cristina González
10-7-2017


PARADOJA
¿Y quién eres tú…? Pregunta el anciano.
La carita de tristeza con que la nieta lo mira marca el final de la película.
En el último tiempo habían desarrollado un vínculo tan estrecho que ella dejó su carrera de Notaria que había creído su vocación. O el sueño de su padre.
-¿Y qué voy a hacer yo sin mi hija Notaria?- Pregunta al aire cuando la joven le cuenta que en esos días, en la residencia de verano para ancianos, mientras acompañaba a su abuelo había descubierto que necesitaba estar allí con él, con los demás. Quería ayudar.
Dejaba su carrera e intentaría convertirse en ayudante terapéutica para la tercera edad. Un cambio radical para una joven de veintipocos años.
Su abuelo había sido diagnosticado con Alzheimer. Era un viejito simpático de 80 años al que le toca en suerte como compañero de habitación un loco lindo, farolero como diría mi papá, que anda contando por ahí que en su cuarto tiene una colección de condones de todas partes del mundo ¡hasta uno japonés con música!
El resto de la población de la residencia son un puñado de personajes variopintos, reconocibles por cualquiera que haya acompañado a un ser querido en esas circunstancias.
Tristes, alegres, risueños, huraños, llorosos, enojados, solos, acompañados…
Pesqué la película en un zapping aburrido y me quedé en ella porque el protagonista era Manuel Alexandre, el mismo de Elsa y Fred, aquella historia en que junto a China Zorrilla recreaban la escena más famosa de La Dolce Vita de Fellini, en la Fontana Di Trevi.
Y me atapó.
Justo, abuelo y nieta entraban por primera vez a la residencia. Hasta ese momento mantenían una relación afectuosa pero distante. Ella cada tanto lo iba a ver, pero estaba demasiado ocupada en sus cuestiones. El resto de la familia está de vacaciones en San Sebastián.
Si bien la pesqué tarde, me gustó mucho. Tiene encantadoras escenas risueñamente emotivas, otras fuertes que traen a mi memoria algunas situaciones con mis padres y tías. Y otras francamente divertidas.
Hasta el mencionado final.
-¿Y tú quién eres …?- Pregunta el abuelo mientras mira la cara triste de su nieta.
Ese es precisamente el título de la película española de 2007, que recomiendo fervorosamente. Es una obra del director Antonio Mercero en honor de un gran amigo suyo que padecía Alzheimer en grado avanzado.
Para hacerla contrató los servicios de una neuróloga que lo guiaría en las diversas historias, test, estudios, comportamientos, etc…
Promediando la película, esta profesional notó que el propio Mercero presentaba algunos síntomas de Alzheimer.
He aquí la paradoja. Antonio Mercero realizó una deliciosa película en honor a su amigo que termino siendo también su propio homenaje.
Por eso, como diría Tato: ¡Good Show! Vermut con papas fritas y… ¡A Vivir ,Qué Son Dos Días!



BAJO LA MISMA LUNA, BAJO EL MISMO SOL
Bajo distinto cielo…
Miramos la vida desde donde estamos,
aquí donde nos depositó el camino.
El sol brilla a merced del giro de la tierra.
Cuando tu sientes calor, yo sufro frío.
Cuando te despiertas tal vez yo, ni me he dormido.
La nieve tapa tu portal
cuando el calor intenso derrite el mío.
Miramos la vida desde donde residimos
bajo esa misma luz que nos alumbra
en horarios tan distintos.
Cuando me cubre el sol del mediodía
a ti te acuna el brillo de la luna.
Los paisajes sí que son distintos
también el cielo, las estrellas, los idiomas,
las personas…
El sol y la luna son los mismos.
Cuando te asomes y los veas no te olvides
que yo también los veré en algún momento.
Que son a pesar de ellos mismos nuestro nexo.
Que a pesar de que estés bajo otro cielo
el sol y la luna nos unen para siempre
Y son los encargados de decirte que te quiero.

Cristina González.
20 de julio 2019.
Mar del Plata