miércoles, 18 de mayo de 2016

La Térmica. 3ra entrega

3-Portazo.
Nahuel movía acompasadamente la cabeza de lado a lado mientras con los dientes superiores se mordía el labio inferior. –Otra vez sopa- pensaba al escuchar los gritos ininteligibles que Emilia y Jorge se dispensaban en el comedor.
La distancia entre su cuarto y los gritos hacían que no pudiera distinguir las palabras, pero si el tono furibundo de la discusión.
Trataba de concentrarse en su serie favorita en Netflix, incluso subió el volumen a lo más alto, pero fue para peor. El ruido estridente de las andanzas de Naruto , Sasuke y compañía lo ponía nervioso. Apagó la compu justo para escuchar nítidamente un: – ¡Ma si, morite loca!- . Al grito de Jorge le siguió un portazo que hizo sacudir los vidrios de su cuarto.
Dos segundos después, Nahuel la miraba parado a los pies de la escalera, en la entrada del comedor donde ahora solo estaba Emilia con una expresión que lo asustó. Nunca la había visto así. Y eso que era común que se enojara. Desde hacía un tiempo, siempre, por cualquier cosa se enojaba.
 Con Mika, la perrita que le había regalado su abuela que le mordía las patas de las sillas y le rompía todas las bolsitas plásticas que encontraba a su altura, con Don Luis, el vecino de al lado que tenía un kiosco y se empeñaba en no poner un cesto para que los pibes tiraran los envoltorios de las golosinas que siempre terminaban en su vereda. Con todos se enojaba…
 Sobre todo con él, cuando lloraba porque le metían un gol, cuando llegaba de la escuela con el guardapolvo sucio o roto, porque tardaba mucho en levantarse y tenía que salir casi sin tomar la leche, porque mojaba todo y dejaba la ropa tirada cuando se bañaba, porque no se dejaba peinar, porque algunas noches se hacía pis en la cama…Pero lo que más la enojaba era que le preguntara por qué se peleaba tanto con el profe de la escuelita del club. Eso la enfurecía.
Estaba allí viéndola roja de ira. Con las manos cerradas a los costados del cuerpo y sin quitar los ojos de la puerta que había cerrado de un golpazo Jorge al salir.
-¡Morite loca!- le había gritado el profe. Nahuel no entendía nada.
- Ma- dijo con voz temerosa. – ¿Estás bien ma…?- sin moverse un centímetro hacia ella, temblaba, un poco porque había bajado de una corrida descalzo y sentía el frío de la cerámica del piso treparle por las piernas y otro poco por miedo. –Ma- Repitió un poco más fuerte.
Emilia dejó de mirar la puerta, bajó un poco la cabeza que hasta entonces había mantenido erguida. Lo miró. –No pasa nada Nahuel- dijo por fin – Cosas de grandes, andá a dormir- ¿Sonaba triste? Se acercó a él y lo besó en la frente. – Acostate, andá no tomes frío. En un rato voy y te tapo bien.-
Pero no fue. Ni siquiera se acostó.
Pasó la noche sentada en el viejo sillón mecedora de caoba que había comprado en un anticuario cuando esperaba a Nahuel. Su madre le  había comentado que era lo más cómodo para una embarazada que como ella, tenía que hacer reposo y no aguantaba estar todo el día en cama. Además le vendría muy bien para amamantar al bebé.
Tenía razón su madre. El viejo sillón resultó el refugio perfecto en aquellos interminables meses en que su embarazo corrió riesgo de malograrse.  Y fue también el compañero ideal en los momentos de dar la teta al recién nacido Nahuel que se había presentado más grande y más rápido de lo esperado. Cuatro kilos y medio de rollitos rosados, ojos muy claros y una pelusa dorada que no dejaban lugar a dudas sobre quien era su padre.
Fue un desastre. Su marido la dejó en cuanto Nahuel nació. No fue necesario un ADN. No mediaron palabras entre que lo vio y su partida. Solo una mirada fría a Emilia y el adiós…
Lo crió sola, con la poca ayuda que su madre podía brindarle. También estaba enojada su madre. Pero aun así, y solo pensando en que el bebé no tenía la culpa, le daba una mano.
 Ahora, después de tantos años llegaba Jorge. Desde el primer momento se gustaron. Con el tiempo se fueron haciendo inseparables. Lástima que en cuestiones del amor…nada es tan fácil…



LA TERMICA.
1.Trompada.

Tres bocinazos largos le informaron que ya había llegado y que la paciencia no lo acompañaba. Mario lo conocía bien. Bajó la escalinata de un salto, no quería hacerlo esperar. Sabía que si estaba nervioso, las cosas no saldrían bien.
Necesitaban ganar ese partido. Los chicos estaban perdiendo la fe en el equipo, y él no podía permitirlo. Y si Jorge se ponía loco, si gritaba las tácticas en lugar de sugerirlas u ordenarlas con calma y decisión, algunos de los chicos se pondrían a llorar. Ya había pasado y eso fue motivo de airada discusión entre él y Jorge.
-Los chicos son chicos- le decía Mario elevando la voz, tienen que jugar por jugar. Divertirse.
Pero Jorge, perdía cada vez más seguido la paciencia. A veces, parecía que era el entrenador de un club de primera en una mala racha más que el profe, como lo llamaban los chicos, encargado de dirigir la escuelita de futbol de “El Fogón” social club. Cuando más se notaba era cuando jugaban de locales, en la canchita despoblada de césped y plagada de pozos.
Esos días su voz tronaba con órdenes tales como:
-¡Por el medio no, mandate por los laterales salame!
-¡ Dásela  al colo! ¡ Al colo!!
-Corré y saltá, no ves que te cortan?
-¡A la pelota pegale! ¡A la pelotaa!
 Se ponía muy nervioso Jorge cuando jugaban de locales y perdía la paciencia. Y cuando la perdía, no había tu tía.
Y no era malo Jorge. Cuando estaba tranquilo era el mejor técnico que Mario conocía. Y era un gusto ser su ayudante. Pero últimamente esos días de tranquilidad eran cada vez más espaciados y la comisión del club le había dado el ultimátum.
-Mirá flaco, esto es una escuelita. ¿Entendés? Los pibes vienen a aprender, pero también a jugar. Todos queremos ganar, yo el primero, pero no podés gritarles como un energúmeno. ¡Este es club familiar, viejo!-
 La voz del presidente y socio fundador de “El Fogón” social club sonaba paternal.  Jorge era el nieto de otro de los aventureros que hacía más de 60 años lo apoyaron en el sueño de crear el club y le tenía mucho cariño.
-No sé qué te estará pasando Jorgito, vos no eras así. Cambiaste mucho. Los padres de los pibes se quejan, los tratás mal, les gritás. Ese no es el espíritu del club.  Sabés que no es la primera vez que te lo digo. Pero es la última, tenelo por seguro. Aunque me duela, si se repite te vas. Así de simple. Mario ocupará tu lugar hasta que la comisión decida-
-¿Vos tenés algo que ver?  ¿Le fuiste con el cuento al viejo?-
-¿Qué decís? ¿Estás loco? ¿Cómo se te ocurre que yo..?-
Jorge lo miraba fijo, sabía que Mario sería incapaz de jugarle sucio. Pero estaba cegado “ le saltó la térmica” como decía su amigo y no midió las palabras.
-¿Qué? ¿me vas a decir que no fuiste vos? ¿qué pasó, te cansaste de ser mi segundón? ¿El puesto de alcanzapelotas no es lo tuyo? Te enseñé todo lo que sabés loco, y ¿me pagás así, moviéndome el piso? No sos más que un estúpido buchón y si creés que vas a reemplazarme…-
La trompada le dio justo en la nariz. Oyó un sonido hueco y seco y cayó pesadamente al suelo. La mirada de Mario era de enojo y miedo. No entendía de dónde sacó el golpe, pero sabía que no se arrepentía.  Vio la sangre en la cara de su amigo, lo ayudó a levantarse y le ofreció el pañuelo.
-La puta que te parió- Dijo Jorge, tomó el pañuelo y sin mirarlo caminó hasta el auto.
-¿Qué esperás boludo? Vamos, subí que te llevo-
-Te la buscaste hermano. Sabés que nunca le hubiera dicho nada a Don Fausto-
Jorge asintió con la cabeza. –Lo sé- dijo por lo bajo.
-Pero te dije mil veces que estás raro, que gritás mucho, que los pibes te tienen miedo, estás mal chabón. ¿No me querés contar?-
- Quiero. Pero no puedo, discúlpame. Ya va a pasar, quedate tranquilo, mañana tempranito te paso a buscar. Voy a estar mejor. Y vamos a ganar-


  2-Pitazo final.
Nahuel miraba fijamente la pelota.
El árbitro había señalado el punto del penal cuando el Petiso bajó a un rival que se venía por la izquierda solo, después de dejar en el camino al Colo. Aunque todo el equipo se le fue al humo reclamando que la falta había sido afuera del área, el árbitro no se dejo influenciar y cobró la pena máxima.
Pensaba en las recomendaciones de Jorge antes del partido - Nahuel, acordate que los penales los patea el cinco y los manda siempre a la derecha, si cobran alguno, vos mirá la pelota, no lo mires a él, solo a la pelota-
Le empezó a doler la panza. Siempre le pasaba lo mismo cuando le pateaban un penal. Sentía que estaba solo, bajo la mirada de todos los que esperaban que lo atajara y también de los que estaban esperando gritar un gol.
Miraba la pelota como le había dicho el profe mientras sentía las miradas nerviosas de los demás.
-¡Vamos Nahuel!- El grito venía de las gradas de la derecha, la “tribuna” local como llamaban a esos cuatro escalones de hierro y madera pintada de celeste que no median más de cinco metros.
 - ¡Vamos nene, vos podés. Dale!- La voz de Emilia sonó estridente en los oídos de su hijo y solo logró ponerlo más nervioso.
Había cumplido siete años y hacía tres que iba a la escuelita del club. Jorge lo había puesto de arquero porque, le dijo, era el más alto. Pero él quería jugar de nueve. Como Ronaldo. Como Palermo. Quería estar del otro lado de la pelota en un penal.
 No hubo caso, Jorge le había dicho a Emilia que lo ponía de arquero para hacerlo jugar, porque en realidad el pibe era bastante “patadura”. Claro que esto Nahuel no lo sabía.
El pitazo del árbitro anunció el tiro, el cinco tomó carrera, los ojos de Nahuel fijos en la pelota, el silencio le hacía oír los latidos rápidos de su corazón.
“Los ojos en la pelota, los ojos en la pelota, los ojos…”
En cuanto el cinco pateó  se tiró hacia la derecha y con la punta de los dedos logró toca apenas la pelota antes de que se perdiera en el fondo de la red.
-GOOOOOLLLLLL- Tronó el grito en la tribuna visitante. Los compañeros corrieron a abrazar al cinco convertido en goleador mientras Nahuel, sentado en el pasto, con los brazos rodeando las rodillas los miraba con ojos húmedos.
-Dale Nahuel, vamos loco. Casi la sacás, por un pelito…- El Petiso tiraba del brazo del arquerito para obligarlo a levantarse. –Dale, vamos que todavía falta-
El Petiso era el más grande del equipo, tenía ocho cumplidos. Por eso y porque era pícaro y escurridizo Jorge lo había nombrado capitán. Y cumplía muy bien con el puesto. Ordenaba a sus compañeros en la cancha y los alentaba. Era buen pibe el Petiso.
Nahuel se levantó, acomodó sus guantes y volvió al arco. De pasada vio a Jorge discutir con su mamá al lado de las gradas. Los dos parecían muy enojados. No era la primera vez que los veía discutiendo, pero nunca en medio de un partido. Seguro era porque no  había atajado el penal…
Levantó el borde le la camiseta y se secó la cara empapada de sudor y lágrimas, ya se había  reanudado el juego y los suyos atacaban tratando de empatar.
-¡Corré Petiso! ¡Andá por la izquierda!!-
Jorge estaba ahora en el borde de la cancha, daba indicaciones con gritos que podían escucharse a una cuadra.
-¡No te la dejes robar! ¿Qué sos? ¿Una nenita?! Por acá! ¡Venite por acá salame! Bajá, bajá te digo! No le pierdas pisada-
La cara roja, los músculos tensos, las manos crispadas.
-¡Bajá a defender, seguilo al siete! ¡Correlo que se te va!  ¡Correlo!!!-
-¡Pero la puta madre! Gritó cuando escuchó el pitazo final.
 El griterío de los visitantes festejando contrastaba con el silencio espeso de los dueños de casa.
Poco a poco sus dirigidos abandonaban la cancha, algunos con sus padres u otros familiares.
Él se quedó un rato inmóvil sobre la línea lateral, mirando el pasto.
-Jorgito- La voz de Don Fausto lo volvió a la realidad. Se dio vuelta.
Mario se acercó despacio. –La cagaste hermano, la cagaste- y lo abrazó.
Detrás de Don Fausto estaba la comisión en pleno del club, unos cuantos padres y al lado de las gradas, Emilia que lo taladraba con la mirada…




jueves, 12 de mayo de 2016

Amor de bicicleta.

Esperaba ansiosa los recreos de la diez en ese invierno crudo y gris del 70. El balcón  del segundo piso del colegio era una heladera pero  a ella, enfundada en su uniforme marrón no le importaba. Tres manzanas más allá, hacia la izquierda se levantaba el templo evangelista que él estaba pintando a las órdenes de su jefe.
 Viajaban juntos en el colectivo en él que el subía cuatro paradas después de que lo hiciera ella. Algunas veces podían acercarse y charlar un poco, otras, las más, el colectivo estaba tan lleno de gente somnolienta y con frío que solo podían verse de lejos , sonreírse y hacerse una que otra seña que indicara un después. Un nos vemos.
El bajaba dos paradas antes y ella lo seguía con la mirada hasta que el colectivo doblaba por Portela hacia Tucumán.
A las diez, en el recreo, rodeada de sus amigas, ella se asomaba al balcón y lo veía a lo lejos, subido a un andamio, brocha en mano pintar el templo de gris claro. Fueron tres días, luego con la parte superior pintada, ya no podía verlo, lo tapaban las casas y los árboles de las manzanas que los separaban. Pero igual se asomaba al balcón y miraba el templo sabiendo que él estaba. No lo veía, pero estaba.
Se habían conocido en la primaria, él era un poco más grande pero estaban en el mismo grado. En la primera foto que aparecen juntos es en la de cuarto. Ella en primera fila que era donde se sentaban las chicas más petisas y él parado en la fila de atrás, donde situaban a los chicos más altos. Ninguno de los dos sonríe, él porque no le gustaban las fotos, ella porque un rayo de sol cegaba sus ojos y cuando el fotógrafo disparó estaba mirando para abajo.
En las siguientes fotos, la de quinto por ejemplo, ya estaban más cerca, ella había pegado un estirón y la situaron por atrás. Y en la de sexto, ella se las ingenió para pararse a dos lugares de él . Y en la foto salio mirándolo.
En sexto se sentaban juntos y él le dejaba en el pupitre cartitas en pequeños papelitos enrollados con corazoncitos atravesados por una flecha, o dibujos de sus nombres enlazados. A veces estaban un buen rato tomados de la mano mientras la maestra estaba ocupada tomando lecciones o corrigiendo cuadernos.
Otras veces se enojaban por tonterías y el se cambiaba de banco.
El último día de clases, terminando la primaria, él se acerco a la portera que era la madre de ella :- Me da la mano?-  .- !Claro! Espera que me las seco, ya te vas?-
 -No, la mano de su hija-  dijo con tal desparpajo que la portera no pudo más que reírse. -!Ojito!, andate con cuidado...-
Luego el tiempo los fue alejando, ella comenzó la secundaria, él a trabajar de esto y aquello hasta que años después volvieron a encontrarse en el colectivo atestado de gente una mañana muy temprano. El le contó que era pintor, que jugaba al fútbol, que le gustaba moverse en bicicleta. Ella le contó algo de la escuela de monjas, de sus compañeras y que también le gustaba andar en bicicleta sobre todo cuando iba a gimnasia por las tardes dos días por semana, los martes y los jueves de tres a cuatro. El sonrió. Tenia una linda sonrisa.
 - Me estás invitando a que te vaya a buscar?-  dijo mientras se aprestaba a bajar del colectivo -!Mirá que voy, eh!-
Y fue. Estaba en la esquina del colegio con una bicicleta reluciente, roja. No era nueva ni ostentosa. Pero brillaba por todos lados. Luego ella supo que era uno de sus bienes más preciados y que el brillo era el resultado del esmero y la dedicación con que la cuidaba. Sintió un poco de vergüenza por su Aurorita naranja, pero se alegro que él estuviera allí esperándola.
Los paseos en bicicleta fueron desde entonces sagrados todos los martes y jueves luego de gimnasia. Un tiempo después comenzó también a acompañarla a la entrada. Se quedaba esperando que pasara la hora en una plaza cercana y volvía a la esquina unos minutos antes de la salida. Eran una delicia las charlas. Era una aventura descubrir distintos caminos para  volver a casa.
El primer beso fue una tarde en que la Aurorita de ella estaba en llanta. No hubo más remedio que volver caminando, iban juntos cada cual con su bicicleta al costado. El en un gesto natural, le paso el  brazo por la espalda y la tomó de la cintura. Ella con la misma naturalidad devolvió el abrazo y siguieron caminando hasta la esquina. Apoyaron las bicicletas en un árbol y se besaron. Ella sintió que podría quedarse allí toda la vida, pensó que no sería capaz de  desprenderse más de ese abrazo y de esos labios que jugueteaban con los suyos. El tiempo se detuvo. Una eternidad de un rato. Hasta que él fue aflojando el abrazo y con voz agitada y grave dijo. - Vamos, tus viejos deben estar preocupados- Ella no contestó, lo que menos pensaba era en sus viejos, pero el tenia razón.  Siguieron caminando despacio y abrazados.
Esa esquina y ese árbol se convirtieron luego en destino obligado, y no hacia falta que la Aurorita estuviera en llanta...

Otoño 2016