EN UNA CAJITA VERDE (todos los derechos reservados)
UNO
El tren va parando en Hinojo, una estación tan antigua como
pintoresca en la Provincia de Buenos Aires.
Ella estaba ya en el
último escalón con la valija aferrada con firmeza. Tal era el apuro por llegar que bajó unos segundos antes
de que el tren se detuviera por completo. Trastabilló un poco, pero se
recompuso con un saltito y salió con paso ligero hacia la parada del ómnibus.
Si lograba subir al próximo, llegaría con tiempo suficiente como para
arreglarse y acudir a la entrevista.
Tenía que lograrlo. Ese encuentro era fundamental para
concretar el cambio que necesitaba darle a su vida.
Dejar atrás el
pasado.
Comenzar de nuevo.
Otro aire. Un respiro en medio de tanto caos.
La habitación del
hotelito del pueblo es cálida, el sol se cuela entre los pliegues de la
cortina e ilumina la cama de una plaza bajo la ventana.
Eligió esconder la
cajita verde en un rinconcito oscuro en el botiquín del baño.
Acomodó la ropa como al descuido, un poco en las tres
perchas que encontró en el ropero y el resto en los cajones de la cómoda. Se prometió que si todo iba bien, pondría más
empeño en esa tarea. Pero ahora estaba
apurada. Y un poquito nerviosa, tuvo que reconocerlo al notar un poco acelerada
su respiración.
El recuerdo de la última semana la asaltó de pronto mientras
daba una mirada sutil al espejo antes de salir.
Su expresión había cambiado, los ojos estaban algo bajos al
igual que la comisura de los labios. Ensayó una sonrisa y con paso decidido
caminó las tres cuadras que la separaban del Colegio donde había conseguido la
entrevista de trabajo.
El puesto de bibliotecaria había quedado vacante hacia casi
dos meses, cuando se retiró la encargada por razones de salud. Ella se enteró
de inmediato porque la sra era tía de una de sus mejores amigas. Sin embargo,
no fue hasta hace dos días que decidió llamar y preguntar si estaba a tiempo
para postularse.
Hace dos días, cuando pudo salir del estupor. Cuando logró
apenas recobrar el aliento como para
marcar el número y pronunciar unas palabras.
Y allí estaba por fin, dando unos tenues golpes en la puerta
de la dirección del colegio.
Una voz masculina la invita a pasar y sentarse frente a un
escritorio.
Al hacerlo, notó en el dobladillo de su falda una diminuta
manchita blanca…
DOS
El camino de vuelta al hotel lo hizo con una semi sonrisa
prendida en su rosto. El sr Gutierrez, director del Colegio fue muy amable en
su trato y quedó muy satisfecho, según le dijo, con la entrevista.
Era un hombre mayor de edad indefinida, el cabello totalmente
blanco prolijamente cortado al igual que el bigote y la barba candado. Unos
ojos oscuros de mirada penetrante pero tierna asomaban detrás de los anteojos
de marco metálico. Las dos veces que estrechó su mano, ella sintió confianza.
Definirían al candidato al puesto en la reunión con el
representante legal del establecimiento mañana por la mañana. Él mismo se
encargaría de avisarle el resultado de la elección entre los cuatro postulantes
mediante un llamado telefónico al hotel.
Pasó el resto del día leyendo revistas viejas en la sala de
estar del hotelito, dejando pasar el tiempo, solo eso.
Cerca de las nueve de la noche, Doña Clara, la dueña, le
preguntó si quería comer algo. Contestó que no, que muchas gracias, que estaba
muy cansada y se retiró a su cuarto.
El canto de los pájaros y un rayito de sol le dieron la
bienvenida al nuevo día. Le había costado dormirse envuelta en el silencio
profundo de la noche del pueblo tan distinto al ruido constante de la ciudad.
Eso y el recuerdo de lo pasado, tan presente. Pero por fin, su cuerpo se rindió
al cansancio y había caído en un sueño profundo.
No sabía cuántas horas habían transcurrido. Pero sintió que
hacía mucho que no dormía tanto. De pronto recordó la mancha blanca en el ruedo
de su falda y de un salto salió de la cama. -Una salpicadura de lavandina- se
dijo tratando de aplacar un incipiente ataque de llanto. ¡Había sido tan
cuidadosa! Y sin embargo…
Se vistió rápido y sin mirarla, hizo un bollo con la
pollera, la metió en una bolsa y la tiró en el tacho de basura que estaba
frente a su cuarto, justo en el momento que Doña Clara se acercaba a decirle
que el desayuno estaba listo. Ella con voz apenas audible le dio las gracias y
se dirigió al comedor donde había dos mesas preparadas.
Se obligó a comer y recién entonces se dio cuenta que tenía
hambre. Hacía dos días que no probaba bocado. Doña Clara ofreció más café con
leche y ella aceptó. También repitió las tostadas tibias con manteca.
Luego del abundante desayuno y para intentar pensar en nada,
se propuso dar un paseo por el pueblo.
Su amiga le había hablado de Hinojo con el cariño que
guardaba de los veranos de la infancia en casa de la abuela Juana y de sus tías
María y Teresa. Esta última era quien se había retirado del puesto de
bibliotecaria luego de la caída de la escalera que sufrió mientras intentaba
bajar uno de los libros que se encontraba en el estante más alto. Resultado:
rotura de cadera. Y fin de su carrera como bibliotecaria.
Mientras caminaba despacio no tardó en notar el aroma del aire
puro y fresco de la mañana. Un olor tenue a eucaliptus la envolvió y provocó
por un segundo que se ilusionara. Pero se había prometido que no permitiría que
nada le gustara, nada, hasta saber si la habían aceptado para el trabajo. Y aun
después, vería si se daba permiso para volver a sentir algo. Por ahora, solo
era cuestión de sobreponerse, e intentar seguir viviendo luego del horror de
las últimas semanas en que vio como su vida se iba derrumbando.
Pensaba ir al museo, había encontrado un folleto en el hotel
y parecía interesante, sin embargo volvió al hotel a esperar el llamado del Sr
Gutierrez, por más que sabía que era muy temprano. Pero no tenía cuerpo para
otra cosa. Se quedó en silencio en un rincón poco iluminado de la sala de
estar, sentada en un cómodo sillón que pareció cobijarla.
-“!Señorita, la llaman por teléfono, Señorita!”-
La dueña del hotel tocó su hombro suavemente al notar que no
le contestaba, y ella dio un respingo de sorpresa al darse cuenta que se había
dormido.
-“Gracias”- dijo y tomó el teléfono entre nerviosa y
asustada.
-“Hola …¿Si?...!Gracias Sr. Gutierrez, no se van a
arrepentir, voy a dar todo de mí! ¿Cuándo quiere que empiece? Bien, entonces
mañana a las 8 estoy allí. No sé cómo… ¿Teresa habló por mí? Esta tarde mismo
voy a agradecerle. Nos vemos mañana y otra vez gracias Sr Gutierrez”-
Corrió a su cuarto sintiendo por primera vez después de
tantos días algo de alivio. Se esmeró en acomodar sus cosas y darle al lugar un
toque personal. Colgó sobre la cabecera de la cama el cuadrito que había
preparado por si se quedaba, con algunas fotos queridas. Puso sobre la pequeña
mesa de luz dos libros:” Papaito piernas largas” de Webster Jean, el primero
que leyó en su infancia y “Heridas Abiertas” de Gillian Flynn Gill, a medio leer.
Una vez satisfecha, se dispuso a visitar a Teresa para
agradecerle el haber hablado con el sr Gutierrez. Pasaría por la confitería de
la plaza para no llegar con las manos vacías.
Antes de salir, no pudo evitar echar un vistazo al interior
del botiquín del baño…
TRES
Tuvo que apartar la vista del espejo mientras se secaba luego del largo rato que
pasó bajo la ducha.
Sus ojos no dejaban de mirar el cardenal morado que se había
instalado hace tiempo en el centro de su pecho. Era fruto de la constante
“caricia” que él le propinaba con el dedo índice de la mano derecha cada vez
que la atacaba.
Golpeteaba con ese dedo acusador una y otra vez al tiempo que la acusaba de zorra
puta, le decía que si la veía en algo raro era boleta, que la miraba con ojos
inyectados de sangre y efecto paralizante.
Siempre golpeaba fuerte con ese dedo erecto el centro de su
pecho y entonces el cardenal amoratado se iba instalando y ella lo único que
veía era su boca escupiendo palabras podridas y su lengua sucia. Mientras oía:
vos sos mía, vos sos mía, recordalo siempre, vos sos mía…
Se envolvió en el calorcito suave de la bata y mientras se secaba el cabello vino a su
mente el recuerdo de la tarde pasada con las tías de su amiga. En la
confitería La Plaza había comprado una
torta de ricota para agradecerle a Teresa su gestión ante el Sr Gutierrez.
Habían pasado un lindo momento hablando de su amiga y luego Teresa le dio
algunas indicaciones sobre el trabajo que ella agradeció de buena gana.
Todo iba bien. Hasta que
la tía María preguntó:
-¿ Qué piensa tu marido de que te hayas venido a trabajar
tan lejos?- Y a ella se le heló la sangre.
-“Nada, balbuceó,- hace un tiempo que nos separamos y viajó
al norte por un trabajo-“mientras contestaba sentía que la tía María la
taladraba con la vista, no se atrevió a mirarla para saber si era cierto, pero
lo sentía.
Sabe algo, pensó. Apuró su té, agradeció nuevamente a
Teresa, saludó con un beso a cada una y rechazó amablemente la invitación a
cenar con el argumento del madrugón que la esperaba al otro día para no llegar
tarde al nuevo trabajo.
Caminó las cinco cuadras que la separaban del hotel a paso
rápido y nervioso. No había previsto que le nombraran a Miguel, la pregunta la
tomó por sorpresa.
Se habían casado hacía tres años, si bien habían estado
juntos seis. Todo fue muy sencillo, un
día decidieron pasar por el registro civil y consiguieron fecha para una semana
después. En tres días prepararon todos los papeles. Solo algunos amigos íntimos
y los familiares directos acudieron a la ceremonia, no más de diez personas. Era
una formalidad en la que Miguel había insistido y ella aceptó para complacerlo ya que no tenía necesidad de
reafirmar el amor. Ella lo amaba y punto.
Dos días después de celebrado el matrimonio y a raíz de no
recordaba que pavada tuvieron su primera discusión y fue la incipiente
aparición del cardenal, rojo en ese momento, que se fue instalando en el centro
de su pecho.
¿Por qué había tenido que nombrarlo la tía María?
Se acostó nerviosa, tenía que levantarse temprano y temía no
poder dormir. Quería hacer un buen papel en su primer día de trabajo. Había
dejado acomodado el taje que iba a ponerse, con la camisa abotonada y un lazo.
Bien cómodo para moverse por los estantes y a salvo de miradas indiscretas.
Se despertó sobresaltada al alba, con la respiración
agitada. Había soñado toda la noche con Miguel, con su dedo erecto y punzante y
con su boca escupiendo palabras podridas y de la que asomaba una lengua sucia…
CUATRO
Estaba a gusto entre
los pasillos de la biblioteca atiborrada de libros. Teresa era muy minuciosa y había
dejado todo perfectamente organizado. Pasó un buen rato caminado despacio entre
los estantes tocando apenas los lomos de los libros, casi acariciándolos.
Los libros siempre habían sido su refugio. Su escape.
Cuando Miguel se transformó en su verdugo cotidiano, en su
carcelero, ella solo lograba evadirse del yugo aferrada a un libro. A las
historias ajenas que hacía propias mientras soñaba con juntar coraje para
escribir su propia historia.
Las campanitas de la puerta le avisaron que alguien había
entrado.
Del otro lado del mostrador un sonriente Sr Gutierrez le
pregunta si encontró todo bien y le asegura que está a sus órdenes por
cualquier eventualidad. Junto a él, mirándola fijamente, estaba un muchacho de
barba que reconoció de inmediato como el
nuevo pasajero del hotelito de Doña Clara. Ella misma le había contado esta
mañana:
-Llegó por la madrugada y
en un principio estuve tentada a no abrirle la puerta porque mucho no me
gustó la facha, pero después pensé en mi nieto y en las veces que lo vi más o
menos parecido. Además se le notaba cara de cansado, así que allí está,
desayunando a cuatro manos en la mesa al lado de la ventana-
Y ahora la miraba en silencio mientras ella hablaba con el
Sr Gutierrez. En silencio fijamente y a los ojos la miraba.
El Sr.Gutierrez siempre cordial, pero ya sin sonreír le comunica
que el muchacho había preguntado por ella, que se tomara un ratito para
atenderlo, si era su gusto pero que recordara que estaba trabajando, que ante
cualquier inconveniente lo llamara por el intercomunicador. Y sin darle tiempo decir nada, se retiró.
-“Inspector Nicolás Améndola- dice el muchacho al tiempo que
extiende una credencial que ella apenas
vio. -Lucía Cárdenas entiendo. La hacía más grande, de más edad digo. Y más
alta.-
Su voz denotaba
cansancio y la ronquera típica del fumador empedernido. Era muy alto y
desgarbado. El pelo renegrido, largo y algo grasoso hacía rato que no se
encontraba con el champú.
Ella quedó muda mirando esos ojos negros que la traspasaban.
Sentía que el corazón le galopaba en el pecho.
Pensó en la mancha
blanca diminuta en el ruedo de la pollera y en la cajita verde guardada en el
botiquín del baño. Adivinó su propia palidez.
Hizo un esfuerzo por recobrar la calma.
-Tranquila Lucía- se ordenó. Y en un segundo sin saber de dónde salía su voz, para
su propio asombro se oyó decir.
–“Mucho gusto
inspector. En qué lo puedo ayudar?”
CINCO.
La visita del inspector Amédola la había dejado preocupada.
Le hizo muchas preguntas referidas a Miguel y a su incierto paradero.
Llamaba la atención
de la familia de su marido que ella hubiera abandonado la casa de un día para
otro dejando un buen trabajo, dejando su auto, que casi no se hubiera llevado
nada. Y sobre todo que nadie supiera nada de Miguel desde hacía más de dos semanas.
Habían hecho la denuncia aduciendo que él trabajaba con el
hermano y que jamás se ausentaba sin avisar. Que lo veían todo muy raro. Que
estaban seguros de que le había pasado algo y que ese algo tenía que ver con
Lucía.
Ella contestó todas las preguntas con fingida calma. Le
explicó al inspector que Miguel y ella se habían separado hacía casi un mes y
que él se había ido al norte, creía que a Salta, pero que no sabía más. Que
ella abrumada por el silencio y la soledad de la casa, necesitó cambiar de aire
y como todo fue tan rápido, vino casi con lo puesto.
Mientras hablaba no dejaba de apoyar la mano en el centro de
su pecho por sobre la camisa, como si quisiera alejar el cardenal amoratado de
la vista del inspector, en un gesto inconsciente que no pasó inadvertido para
él. A pesar de eso solo le dijo que se
quedara tranquila, que era una investigación de rutina frente a una averiguación
de paradero, estaría en el pueblo uno o dos días más recabando información, que
tal vez volvieran a conversar seguramente en el hotel. Luego estrechó su mano
en un apretón fuerte y la retuvo por un instante preguntándole:
-¿Le duele?-
-¿Si me duele qué quiere saber?-
- Haberse separado ¿le duele?-
Levantó los hombros
con gesto resignado a modo de respuesta. El inspector soltó su mano, la miró
otra vez fijo a los ojos como escrutando y se fue dejando en el aire un hedor rancio y viejo a sudor y tabaco.
Mientras volvía al hotel Lucía no dejaba de pensar en la
última pregunta del inspector: ¿Le duele haberse separado? Sabía claramente la
respuesta que evitó darle. ¡No! Lo que dolía profundamente era que Miguel la
convirtiera en nada. Eso dolía. Y dolían las palabras hirientes y sucias que le
vomitaba encima. Y el dedo erecto clavándose en su carne. Eso dolía! Separarse
fue en defensa propia…
Lástima que Miguel no lo aceptara y volviera a increparla al
otro día.
Lástima, porque se hubieran ahorrado la tragedia. Y ambos
seguirían adelante normalmente con sus vidas…
SEIS
Doña Clara la esperaba en el lobby del hotel con gesto
indescifrable. Lucía no decidía si era
de asombro o de enojo. Tenía las manos dentro del bolsillo doble del delantal y se notaban
fuertemente cerradas.
-Lucía ¿Qué es eso de que tu marido no aparece?- dijo y por
el tono imperante a Lucía no le quedaron
dudas, el gesto era de enojo- ¿Por qué me hace tantas preguntas un inspector de
policía? Ni siquiera me habías dicho que eras casada. ¿Qué pasa? Este es un
lugar serio ¡mirá que a mí no me gustan las cosas raras!-
-Disculpe Doña Clara, le juro que yo tampoco entiendo nada-
Mintió torpemente. -Debe tratarse de un error, la verdad es que hace muy poco
que estoy separada y no me pareció necesario aclararlo.-
-Sí pero y tu marido ¿es cierto que desapareció? ¿Vos qué
tenés que ver? ¿Por qué el inspector me pidió ver tu cuarto? No se lo permití,
claro. Pero ¿qué esperaba encontrar? Te repito ¡aquí no quiero nada raro! Este
es un hotel humilde pero decente y no me gusta tener a la policía merodeando.-
Mientras Doña Clara hablaba, Lucía no podía apartar la vista
de una bolsa blanca que estaba en un rincón apartado del mostrador. El corazón
le dio un vuelco cuando la reconoció: ¡era la bolsa en la que había envuelto la
pollera con la manchita antes de tirarla!
Estaba segura que Doña Clara seguía hablando pero ella solo
reparaba en la bolsa. ¿Por qué estaba allí y no en la basura, lejos…?
La mujer dejó de hablar cuando la notó pálida y muda. Siguió
con la vista la línea de sus ojos y descubrió que miraba la bolsa.
-Lucía ¿te sentís bien?- dijo sinceramente preocupada. -¿Qué
hay en esa bolsa? El inspector acaba de dejarla. Me pidió que se la guardara
hasta dentro de un rato, cuando pague la cuenta.-
-¿Se va?- susurró en voz tan baja que Doña Clara casi adivinó
lo que le preguntaba.
-Sí, lo llamaron de Buenos Aires a mediodía. Mientras hablaba pegó un grito que me asustó, algo así
como: ¡yo sabía! y cortó. Pero me dijo que seguramente va a volver. Y me pidió
que cuidara de vos. ¿Podés decirme por favor que pasa, Lucía?-
-No se preocupe Doña Clara, de verdad… no pasa nada-
Como una autómata caminó a su cuarto sintiendo en su espalda
como un punto laser los ojos de la mujer. Lentamente comenzó a poner la ropa en
la valija. También el cuadro con las fotos y los dos libros. Por la mañana le
diría a Doña Clara que se iba. Y le pediría que llame al sr Gutierrez y le diga que la disculpe, pero que ya no iría.
Se acostó vestida sobre la colcha. Sabía que le esperaba una
larga noche. Aferraba en sus manos la cajita verde. No fuera cosa que se la
olvidara…
SIETE
La botella de Chandon Extra Brut hace rato que está boca
abajo en el balde. Las copas vacías yacen al lado de la cama.
Miguel se asoma por la puerta del baño con el toallón
anudado como al descuido en la cintura. Está mojado y las gotas de agua se deslizan
por su torso joven y firme. Lucía lo mira embelesada y él le sonríe de ese modo
que a ella le gusta tanto.
Dos minutos después están otra vez abrazados. Hurgando en
los ojos del otro. Besándose sin censura. Él en ella y ella en él…Solo Miguel y
Lucía. Y su amor.
Él le susurra entre
suspiros el tema de Miguel Cantilo que ella ama, cambiando el nombre Catalina
por Lucía:
-“ Lucía tenía la rutina
del eterno crepúsculo en la piel.
Su comarca de sexo en
una esquina
Sus hectáreas de pecho en un vaivén
Lucía sabía el
argumento
De la sábana rota por amor
Me soplaba la letra
con su aliento
Y nos iba surgiendo esta canción
Labio sobre labio,
sobre labio
Y la península mía
Beso contra beso, contra beso
Y tu bahía…”-
Ella es un volcán que estalla varias veces hasta quedar
exhausta y feliz.
Y entonces él de dice ‘-te amo-‘.
Lucía se entrega a la ternura de sus brazos y se duerme…
Se despierta por un dolor horrible en el cuello. Miguel la
había mordido tan fuerte que le dejó los dientes marcados. La está mirando de
muy cerca, unos centímetros separan sus ojos.
-Sos mía- Dice con una voz desconocida hasta ese instante.
Voz sucia y maloliente.
-Sos mía- Repite.- Ya te marqué, sos mía para siempre-.
-¿Qué hacés? ¿Qué pasa?- El asombro y el miedo no la dejaban
pensar con claridad. El dolor en el cuello era cada vez más intenso. Saltó de
la cama y corrió a verse en el espejo del baño. ¡No podía creerlo! La marca de
la mordida era de un color rojo intenso y mostraba claramente la forma de cada
uno de los dientes.
- ¿Por qué? ¿Qué pasó?-Le gritó volviendo al cuarto.- ¿Te
volviste loco?-
- Mirá Lucía ¡Sos mía! Te marqué para que todos sepan que
sos mía. Y para que vos también lo recuerdes- El tono de voz era bajo y
espeso.- Sos mía, tenelo presente en todo momento. Mía o de nadie- El dedo
índice de la mano derecha erecto clavado en el centro del pecho de Lucía
dolía...dolía!- Sos mía, sos mía, sos mía, mía…mía…Mía…MÍA…!
Lucía despertó gritando, el vestido arrugado y empapado en
transpiración. Le costó acostumbrar la vista a la oscuridad. Por un segundo
esperó encontrar a Miguel cerca de ella mirándola y clavándole su dedo en el
pecho. Luego recordó que ya no era posible.
El silencio de la noche de pueblo hizo que su grito sonara
más fuerte. Y por eso, un ratito después Doña Clara estaba golpeando la puerta
de su cuarto.
“-¿Lucía, estás bien? Abrí que quiero verte. ¡Lucía!-“
No contestó. Estaba absorta mirando el dedo que alguna vez
estuvo vivo y erecto hundiéndose en su carne y hoy estaba descomponiéndose
dentro de la cajita verde…
OCHO
El inspector Améndola se mueve inquieto en el asiento del
micro. No encuentra una postura cómoda para intentar dormir un poco. Le sobra cuerpo
o le falta asiento. Siempre le había molestado ser tan alto, pero en estos
casos, la molestia se convertía en verdadero fastidio. Eran las dos de la
mañana y ya llevaba tres horas en el micro. La incomodidad se acentuaba con las ganas
imperiosas de fumar. Luego de un rato abandona resignado el intento de dormir, pone un
cigarrillo apagado en una comisura de sus labios y enciende el foquito del micro que espera le
permita repasar sus notas. Toma su libreta y la enfoca en el hilo de luz
mortecina.
Lo habían llamado de Buenos Aires por novedades en el caso
de la desaparición de Miguel Aguirre, el marido de Lucía.
Pensó en ella. Era una muchacha de aspecto frágil. Vestía de
modo sencillo y olía a colonia cítrica. Sus ojos eran de un color miel oscuro,
grandes, como en perpetuo asombro, enmarcados por largas pestañas negras. Muy
lindos, pero de mirada triste.
La boca pintada de rosa pálido resaltaba en el resto de su cara
lavada.
- ¿Cuánto tiempo hará que no sonríe?- dijo para sí. Debe ser
hermosa esa boca con una sonrisa.
-Es una joven muy discreta, habla poco- Le había dicho El
sr. Gutierrez esa misma mañana respondiendo a sus preguntas – Me contó de su
disposición al trabajo la Sra Teresa, la anterior bibliotecaria. Me dijo que su
sobrina es la mejor amiga-
-No, de por qué decidió venir a Hinojo no me contó nada.
Solo llamó por teléfono para preguntar si estaba a tiempo para postularse para
el puesto y dos días después tuvimos una entrevista que me dejó muy satisfecho-
- No noté nada raro. La Srta. Cárdenas estaba un poco
nerviosa, pero eso es común en una entrevista de trabajo, no?-
- Si, se presentó como Lucía Cárdenas.-
-Nunca me nombró al marido. No sabía que era casada-
-¿Por qué tantas preguntas? ¿Qué sucede con Lucía?-
-No, ya le dije que no noté nada…solo estaba nerviosa y se
acomodaba la falda. Si varias veces. Creo que azul, o verde agua. A ver, déjeme
pensar…si, era azul. Seguro si! Era azul y cuando me acerqué hasta su silla a saludarla vi que en el borde del ruedo tenía
una pequeña manchita blanca-
-Sí, claro, lo acompaño. Pero le ruego que no la distraiga
mucho, está en su primer día de trabajo y no quiero incomodarla-.
Doña Clara se había enojado mucho con las preguntas que le
había formulado. Lucía le había gustado desde el primer momento, cuando reservó
el cuarto por teléfono. Y cuando la vio, supo que no se había equivocado.
Por eso no le gustó nada que la llenara de preguntas sobre
ella. Y casi lo echa cuando le pidió revisar el cuarto.
-Vino hace tres días – contestó a regañadientes.
-Pagó una semana por
adelantado, dijo que venía por un trabajo y que si lo conseguía arreglaríamos
como seguiría pagando.-
-¡Claro, que me mostró el documento! Este es un hotel serio.
-Lucía Cárdenas- 28 años. Soltera. Acá está, cuarto 24.
-No, mucho equipaje no trajo, apenas una valija y la
cartera-
-¿Marido? ¿Qué marido si es soltera?
- ¡No me diga!- ¿Cómo que desapareció? Y
usted piensa que ella tiene algo que ver…
-¿Raro? ¿Cómo qué por ejemplo?
-Nada…una pavada, algo tiró en el tacho de basura del patio ayer por la mañana. Me llamó la atención
porque en el cuarto hay un cesto y estaba vacío cuando entró a acomodar la mucama-
-Ni idea- Debe andar por ahí, todavía no pasó el recolector-
-Pero, ¿por qué pregunta tanto? Esto no me gusta nada-
-¿Miguel qué, dice que se llama?-
El inspector Améndola cierra su libretita y apaga la luz,
necesita estirar las piernas, necesita fumar. Cierra los ojos y trata de no
pensar en camas, ni en cigarrillos. Y trata de alejar de su mente por un rato
la noticia de la aparición de Miguel Aguirre.
El cansancio por fin lo vence y se duerme media hora antes
de llegar…
NUEVE
El sol recién nacido se filtraba por los postigos de la
ventana iluminando apenas la habitación. Doña Clara sentada en el borde de la
cama abrazaba a Lucía. Ella apenas tuvo
tiempo de esconder la cajita verde bajo la almohada antes que la mujer entrara
y lloraba como una nena asustada, las
lágrimas y los mocos se habían adueñado de su cara.
Lloraba con congoja, con ruido. Temblaba en cada sollozo. Se
la veía desvalida, huérfana de alma. Cada tanto sonaba un hipo y vuelta la
catarata de llanto.
La mujer sin dejar de abrazarla le pasaba una mano por el
pelo mientras trataba de darle consuelo.
-¡Pero Lucía! Por favor tranquilizate ¿Qué puede ser tan
grave?- A ver, mirame Lucía. ¡Dejame que te ayude muchacha!-
Pero Lucía no escuchaba más que a su corazón desatado. No
escuchaba más que el ruido de su propio llanto.
Lloraba con retroactividad de años…
Se dejaba abrazar
sintiendo la caricia de Doña
Clara en su pelo y eso poco a poco la fue tranquilizando. Se quedó un rato
quieta sintiendo el calor del abrazo. Se fue aflojando con la cabeza apoyada en
el pecho de esa mujer a la que conoció hacia unos días y hoy era su único
refugio. No entendía bien qué le decía, pero sus palabras sonaban cálidas. No
quería moverse temerosa de que ese instante de calma terminara.
Fue Doña Clara quién la separó de sí suavemente y la obligó
a que la mirara en cuanto notó que
estaba más tranquila.
Los ojos rojos e hinchados de Lucía intentan posarse en la
mirada de la mujer que la observa sin poder disimular la preocupación.
-¿Estás mejor?- ¿Podés por favor explicarme qué pasa?- ¿Por
qué estás tan asustada?
-Perdóneme Doña Clara. Le juro que nunca quise…-La voz era
apenas audible, entrecortada , húmeda, como siempre pasa después del llanto
intenso. -Le prometo que me voy, ahora junto todo …no se preocupe…ya estoy más
calmada…no quiero ser un problema…disculpe…usted se portó muy bien conmigo y
yo…-
-¡Vos no te vas a ningún lado! Y menos en ese estado- Dice
la mujer al tiempo que se levanta , se dirige al baño y abre la llave de la
ducha. –Mirá, ahora te metés un buen rato bajo el agua calentita, te va a hacer
muy bien. Yo mientras tanto voy a ver si las chicas prepararon todo para el
desayuno, vuelvo con dos tazas de té y conversamos más tranquilas. Dale, no me
voy hasta que no estés bajo el agua.-
Como una niña a la que están retando Lucía obedeció y lentamente entró en el baño
que se iba inundando de vapor. Cuando Doña Clara volvió con dos tazas y una
tetera todavía estaba bajo la ducha.
La mujer dejó el té y las tazas sobre la mesita de luz, tomó
un toallón y luego de unos golpes tenues en la puerta entró sin más. Lucía
estaba de espaldas, quieta y como clavada en el piso bajo el agua que ya era apenas tibia. La cubrió
para abrigarla y cerró el grifo. La guió
hasta la cama, la ayudó a sentarse y en ese movimiento quedó al descubierto el cardenal amoratado
que había dibujado
el golpeteo del dedo erecto de Miguel durante años. Al verlo, Doña Clara
tapó su boca con una mano en el gesto típico del asombro. Frunció el entrecejo
y la miró a los ojos como preguntando.
Lucía nuevamente se deshizo en llanto…
DIEZ
Nicolás Améndola se sentó pesadamente en la dura silla del
hospital Lucio Meléndez. Estaba exhausto. El viaje desde Hinojo le resultó muy
incómodo, apenas pudo dormir unos minutos y solo tuvo tiempo de un duchazo
rápido, ropa limpia y un café cargadísimo.
Mira el bulto que yace bajo la sábana blanca. Le cuentan que
lleva una semana allí. Lo encontraron inconsciente en el baño de la estación de
Longchamps unos chicos que iban a la escuela temprano por la mañana. La policía
lo había llevado al hospital con un hálito de vida que duró apenas unas horas.
Lo habían ingresado como NN ya que no tenía ninguna identificación en la escasa
ropa que vestía.
El inspector hablaba con el médico patólogo y el agente de
policía. Por ellos se entera que el cuerpo no tenía golpes pero sí signos de
haber consumido mucho alcohol. Y además, le faltaba el dedo índice de la mano
derecha y…la mitad de la lengua.
El médico dice que la causa del deceso fue un paro cardio
respiratorio producido por un shock hipovolémico.
Respondiendo a la mirada atónita de Améndola, aclara: -
Perdió mucha sangre, fue imposible
revertir el cuadro a pesar de los esfuerzos de los médicos de guardia-.
Pretendía seguir explicando, pero el inspector lo cortó con un gesto más de
súplica que de orden, levantando las manos a la altura de su cara y agitándolas
de un lado a otro.
A pesar de eso, el médico le asegura que tanto la lengua
como el dedo le fueron cortados sin demasiada “prolijidad”, y que a su criterio
el sujeto estaba totalmente alcoholizado en el momento del ataque.
Améndola se levanta de la silla y se acerca al cuerpo. Con
no mucha decisión alza la sábana blanca
dejando a la vista la cabeza del sujeto. Aun sin vida, pálido y frío, tenía un
intenso olor a alcohol. Busca a la derecha del cuerpo y se encuentra con una
mano cuidada y prolija, de uñas bien cortadas y limpias con evidentes signos de
manicura. El dedo índice había sido cortado de raíz, dejando una gran mancha
negruzca.
-¿La familia ya lo identificó?- Pregunta al tiempo que
vuelve a tapar el cuerpo.
-Ayer por la tarde, el hermano-Dice el agente de policía.
-Gracias, no los molesto más. Voy a esperar al fiscal en el
pasillo. Necesito algo de aire fresco-
Ni bien salió de la morgue del hospital, prendió un
cigarrillo y dio una pitada larga y profunda. En unos minutos llegaría el
fiscal y decidiría si entregaba el cuerpo inerte de Miguel Aguirre a su familia
o lo retenían para nuevas pericias. Eso no le correspondía decidirlo y era un
alivio.
El tenía mucho que pensar. Y en cada uno de sus pensamientos
estaba Lucía…
ONCE
El teléfono suena insistente en el loby del hotelito de
Hinojo. Doña Clara apuró el paso desde la cocina pero igual no llega. Estaba a
dos pasos cuando se cortó. Hizo un gesto de fastidio y se apoyó en el mostrador
mirando el aparato como ordenándole que vuelva a sonar. Treinta segundos después ya estaba atendiendo
el nuevo llamado.
“-¿Hola? Ah, ¿cómo le va inspector? ¿Viajó bien?-
-Sí. Está durmiendo ahora-.
-Lo que pasa es que tuvo una noche difícil. Dígame inspector,
¿puede contarme que está pasando? La chica está desesperada, no puede dejar de
llorar. Hoy de madrugada gritó tan fuerte que despertó a todos y cuando llegué
a ver que le pasaba la encontré en un mar de lágrimas. Le dije que podía
confiar en mí, que quería ayudarla, pero…-
-¿Cómo dice? No, no me contó casi nada. Pero, por accidente
vi que tiene en el centro del pecho un moretón muy grande y feo. Cuando le
pregunté qué era eso, solo me dijo -Miguel- y volvió a llorar. Le di un té de
tilo bien cargado y me quedé con ella tomándole la mano hasta que se durmió un
buen rato después.-
- Si, bastante grande, de un morado oscuro. No. A mí no me
parece un puñetazo. He visto muchos en mi vida y este es raro.-
- Mire ¿Cómo le diré? es una mancha muy oscura en el centro,
como del tamaño de una moneda de un peso rodeada de un morado que se va
aclarando hacia afuera…, horrible. Es
que usted
tendría que verlo- protesta Doña Clara remarcando con énfasis el “usted”.
-Sí, bueno. Yo quiero ayudar, pero entiéndame Améndola. ¡Tengo
un negocio, pasajeros que atender!-
- Si es por eso quédese tranquilo, Lucía se queda acá por lo
menos hasta que usted regrese. Lo que sí, le voy a suplicar que me cuente
todo.-
- No se haga problema. Yo le digo ¿Cuándo vuelve?-“
Lucía se despierta luego de un sueño profundo. Le duele la
cabeza y tiene hambre. Sabe que debería levantarse y comer algo, pero sin
embargo se acurruca más en la cama y se tapa hasta un poquito debajo de la
nariz. Se siente a salvo en esa cama
cálida a la que llega un tenue rayito de sol por entre las cortinas que Doña
Clara cerró antes de sentarse junto a
ella y tomarla de la mano, esperando que se duerma. Ese gesto de la mujer la
había conmovido. Hacía mucho tiempo que nadie hacia algo así por ella. Eso y el
abrazo que la contuvo tanto por la madrugada, las caricias tibias. Hasta el
reto le hicieron sentirse menos sola.
Sus padres habían muerto hacía ya un tiempo en un accidente
de tránsito. Habían sido su única familia hasta que conoció a Miguel.
Igual, no eran muy propensos a los abrazos, a las
demostraciones de cariño. Ella no recordaba que su mamá le hubiera dicho –te
quiero-. Su papá a veces le decía princesita, y le acariciaba la cabeza. Pero
nunca le dio un beso. Le ponía la cara para que ella lo besara, pero nada más.
Por eso, que Doña Clara, una mujer casi desconocida la
abrazara y la contuviera tanto, la metiera de prepo en la ducha, se preocupara
por ella, le sirviera un té y se quedara tomándole la mano hasta que se
durmiera, como si ella fuera una niña asustada le mostró una ternura nueva.
Qué pena tan grande no haberla conocido antes del desastre.
DOCE
El inspector Améndola caminaba lentamente por el interior del departamento que fuera de Lucía y Miguel. Una decena de integrantes de la policía
científica buscaban cualquier elemento que pudiera llegar a aportar algún dato
sobre el incidente que derivó en la muerte del marido de Lucía.
Desde un costado, apoyado apenas en el respaldo de un sillón,
el fiscal de la causa lo sigue con la mirada.
Améndola lo ve y se dirige hacia él.
-¿Qué tal doctor, alguna novedad de importancia?-
El fiscal contesta frunciendo la nariz y haciendo un gesto
como señalando el aire.
-¿A qué cree que huele? ¿Qué le parece?-
Améndola en un principio no dijo nada, él mismo olía
fuertemente a tabaco y tuvo que agudizar el olfato tratando de descubrir otro
olor.
-¡A cloro!- dijo de pronto. Y se dio vuelta a mirar el
sitio. Todo estaba ordenado y limpio. A simple vista allí no había pasado nada.
Estaban en un living comedor en donde convivían una mesa con cuatro sillas, más
al fondo y un juego de dos sillones antiguos de madera oscura y brillante y un
sofá de dos cuerpos estilo Luis XV tapizado en cuero. -Demasiados muebles para
tan poco espacio- dijo para sí, tal vez pensando en su propio tamaño y en la
dificultad que tenía para sentirse cómodo en lugares estrechos.
Detrás del sofá una repisa con algunas fotos lo llama a
acercarse. Estaban prolijamente acomodadas en portarretratos de metal, con un
cierto orden. O por mejor decir, demasiado orden. Ligeramente inclinadas a la
derecha en línea recta y a la misma distancia una de otras. Los portarretratos
del mismo tamaño y forma estaban perfectamente centrados.
En una de las fotos la muchacha que sonreía feliz mirando la
cámara atrapa su atención. Los ojos miel oscuro de Lucía eran inconfundibles,
pero esa no era la joven que había conocido. Esa estaba llena de vida, la
mirada fresca, la sonrisa pícara.
La Lucía que él conocía era bellamente triste…
En otra de las fotos está Miguel. También sonríe a la cámara
guiñando un ojo. Es muy “buen mozo” como diría su mamá, siempre comparándolo
con otros hombres que andan por la vida más prolijos.
En la foto del medio están los dos mostrando la libreta de
matrimonio, rodeados de un puñado de personas, todos sonriendo. Todos, menos
Miguel al que se lo ve bastante serio.
Los dos últimos portarretratos están vacios. Perfectamente
acomodados, pero vacios.
Con instrucciones de no tocar nada, el inspector sigue
observando mientras camina sigiloso y al
acercarse al dormitorio le fue imposible no sentir el intenso olor a cloro.
Una agente de la policía científica vestida toda de blanco
está revisando palmo a palmo la cama, va doblando el acolchado y las sábanas y
poniéndolos en bolsas de plástico. Luego observa detenidamente el colchón, lo
huele y dice:
-De aquí es el olor más fuerte- el fiscal se acerca. Asiente
y da la orden para que se lo lleven a
analizar.
-Dígame Améndola, ¿qué espera para traer a la mujer?
Necesito interrogarla. Mañana mismo la quiero acá.
El inspector lo mira en silencio un instante, luego mueve la
cabeza como diciendo sí. Y al irse, sin saber por qué vuelve a mirar la foto
sonriente de Lucía que siendo la misma, luce tan diferente a la mujer que va a
buscar …
TRECE
-No me diga Doña Clara! ¿A usted también la llenó de
preguntas?-
-Imagínese ¡hasta quería ver el cuarto cuando Lucía no
estaba!-
-Qué raro es todo esto, ¿no? La chica viene, se presenta
como Lucía Cárdenas, me muestra la cédula. Es amiga de la sobrina de Teresa. Me
da muy buena impresión y su analítico de
Bibliotecaria es impecable. Se la contrata. En el colegio estamos encantados y
el mismo día que empieza…- Dice el señor
Gutierrez visiblemente consternado.
- Pero dígame- prosiguió- ese tal Améndola ¿le contó el por
qué nos interrogó tanto?-
-Solo me dijo que estaba averiguando el paradero del marido
de Lucía por una denuncia de su familia, y que lo más lógico era hablar con
ella. Que llamó la atención de todos que la muchacha cambiara trabajo, dejara
sus cosas y su auto y se mudara a tantos kilómetros de su casa-
-Y si, parece que fuera huyendo.- Al sr. Gutierrez le cuesta
pensar en que Lucía pudiera estar implicada de algún modo en la desaparición de
alguien, pero no deja de reconocer que toda la evidencia va en ese sentido.
Había mentido, tanto en el hotel como a él diciendo que era soltera y
justamente el desaparecido era su marido.
Doña Clara lo había
llamado temprano en la mañana para avisarle que Lucía no iría a su trabajo. La
charla telefónica fue derivando en los motivos. El Sr Gutierrez quedo
preocupado cuando se enteró del viaje del inspector Améndola a Buenos Aires pidiéndole a la mujer
cuidara a Lucía hasta su vuelta y la madrugada terrible de llanto de la
muchacha. Por eso pasó a verla luego del horario de trabajo.
Pero Lucía no se había movido de su cuarto. El hombre no
quiso molestarla, así que se despidió de Doña Clara dejándole saludos.
-Dígale por favor que sea lo que sea lo que esté sucediendo,
yo confío en ella y en su mirada-
Comenzó a caminar hacia la puerta del lobby acompañado de
Doña Clara cuando ve entrar a Lucía.
La hinchazón de los párpados, los ojos semi cerrados y la
nariz roja les indicó que seguían sus ataques de llanto.
Los dos se le acercaron. Llegaron justo para evitar que se
desplomara en el suelo, la ayudaron a sentarse, Doña Clara fue en busca de un
vaso de agua mientras el Sr Gutierrez ofrece su pañuelo y como ella no
contesta, lentamente limpia con él las lágrimas.
Lucía parece un espectro, la tez pálida, ojerosa. El pelo
desordenado. Está en camisón y descalza. En la mano derecha, bien apretada, la
cajita verde…
Cuando vuelve Doña Clara con el agua, levanta los ojos del
piso y la mira suplicante al tiempo que
extiende hacia ella la mano ya abierta.
-Por favor- dice con un hilo de voz. – No puedo más…-
Doña Clara toma la cajita y la abre lentamente. Siente de
inmediato el olor fétido de la carne podrida y no puede evitar fruncir el ceño
y apartarla a un costado. Un segundo después mira el interior. – ¿Pero qué…?- logra decir
antes de quedar muda por el asombro y el asco.
El Sr Gutierrez se tiró en una silla incrédulo. Miraba a
Lucía, miraba a Doña Clara, volvía a
mirar a Lucía.
De pronto escuchó a su propia voz decir: – ¿Qué es esto?-
-¡Un dedo! ¡Para ser más preciso, el dedo índice de la mano
derecha de Miguel Aguirre!- Gritó desde la puerta el inspector Nicolás Améndola
que había llegado justo en el momento en
que Doña Clara abría la caja.
-Miguel Aguirre, el marido de Lucía Cárdenas, que por
cierto, ya apareció-
Los tres clavaron su mirada en Lucía. Ella se tomó la cara,
un instante después, respiró hondo y dijo: -Mejor, mucho mejor…- y se desmayó.
CATORCE
El Sr. Gutierrez sostiene abierta la puerta del cuarto de
Lucía para que Améndola pueda entrar. El inspector la lleva en sus brazos luego de rescatarla de
la silla donde se había desmayado. Atrás, con una botella de alcohol y una
toalla blanca en las manos va una Doña
Clara visiblemente preocupada.
Entre los tres acomodan a la muchacha en la cama y mientras
Gutierrez intenta procurarle algo de aire apantallándola con una vieja revista, la mujer moja la toalla
con alcohol y se lo acerca a la nariz. Améndola toca el costado del cuello de
Lucía con dos dedos y encuentra el pulso. Débil, pero pulso al fin.
Doña Clara, sin alejar la toalla de la nariz de la muchacha
le hace una seña con la mirada al
inspector invitándolo a mirar el cardenal amoratado en el pecho de la joven. El
con suma delicadeza le baja apenas el escote del camisón hasta llegar a la
mancha.
-Hijo de puta cobarde- dijo por lo bajo mientras levantaba
sus ojos hacia la cara de Lucía. Le sorprendió que ella lo estuviera mirando.
Había tristeza, súplica,
desesperación y angustia combinadas en esa mirada. Así por lo menos lo entendió
él. Y habría apostado que no se equivocaba.
-Hola- le dijo- tranquila, estás a salvo-
De los ojos miel oscuro volvieron a caer lágrimas. Tenues.
Silentes. Lágrimas que no impidieron que sostuviera la mirada.
-¿El te hizo esto? ¿Por eso le cortaste el dedo?- Hablaba
con voz pausada y cautelosa. No quería
asustarla.
Ella asintió moviendo apenas la cabeza.
-Necesito que me cuentes que pasó, encontraron a Miguel.
Muerto, sin un dedo y con la mitad de la lengua cortada. ¿La lengua también se
la cortaste vos?-
La voz de Améndola
era grave.
Realmente quería ayudarla. Se le venían tiempos difíciles y
esperaba que ella pudiera confiar en él. Sincerarse. Sabía que no era fácil.
Había vivido una situación similar hace muchos años con su propia madre.
Cada tanto venían por las noches los recuerdos de la
infancia. Sobre todo cuando estaba muy cansado y le costaba dormir. Si bien
literalmente nadie había matado a nadie, su mamá parecía un fantasma. Se movía
sigilosa tratando de no hacerse ver. Vivía en silencio perpetuo, tal era el
miedo que sentía por las reacciones violentas de su padre que la dejaban
siempre obscenamente marcada. Una sola
vez ella osó defenderse. Estaba cocinando cuando él se le acercó por atrás
vomitando insultos y la tomó fuertemente
del pelo. El pequeño Nicolás vio horrorizado como ella se daba vuelta con la
cuchilla en la mano gritando (¿Gimiendo? ¿Aullando?):
-¡Basta!-
El niño no sabía que
había visto el hombre en la inédita reacción de su madre. Solo supo que su
padre salió corriendo. Y que esa fue la última vez que lo vieron.
-Lucía- Repitió Améndola- ¿La lengua también se la cortaste
vos?-
-Sí-
-¿Dónde está? ¿La guardaste con el dedo?
Lucía lo miró fijamente a los ojos. Con voz apenas audible
dijo:
-No, la escupí en el inodoro…
QUINCE.
El silencio era abrumador. Doña Clara y el Sr Gutierrez se
miraban nerviosos sin saber qué hacer.
La tarde iba cayendo lentamente y el sol había dejado frágiles destellos que se
asomaban apenas por la ventana del cuarto.
Lucía seguía aferrada a la mirada del inspector, aún sin
poder creer haber dicho lo que dijo.
-La escupí en el inodoro- Así, tan simple y tan horrendo.
Améndola dirige su atención hacia la mujer y el hombre que
lo miraban interrogantes.
-Siéntense, por favor- les pide. - Esta misma noche la tengo
que llevar a Buenos Aires, pero oigamos antes todo lo que tenga para decir. ¿Te
parece bien Lucía?-
-¿Me va a llevar detenida?-
- Por ahora el fiscal necesita interrogarte, luego se verá.
A las diez sale el micro y viene con nosotros una oficial de la seccional de
Hinojo que debe estar por llegar. Me gustaría que antes nos cuentes que fue lo
que pasó-
El inspector ya tenía la piel curtida en estos casos y si
bien se conmovió con la historia de la muchacha no fue nada nuevo. Palabras
más, palabras menos, era una historia tristemente repetida. Cambiaban algunos
matices, algunos lugares, algunas circunstancias, pero la esencia era la misma.
Doña Clara era una mujer de temple que había que tenido que
luchar sola para salir adelante cuando quedó viuda muy joven, con el hotel
recién inaugurado, llena de deudas y angustia. Pero ni ella ni el Sr Gutierrez
, un hombre gentil y dedicado a la enseñanza en la escuela del pueblo, estaban
preparados para escuchar el relato de Lucía. Y mientras hablaba la miraban
incrédulos y hasta agobiados.
En un momento, Doña Clara tomó entre las suyas la mano de la
joven para que sintiera que estaba allí. Ella se lo agradeció con una leve sonrisa.
Lucía hablo desordenadamente de golpes, de insultos, de
vejaciones, de encierros, del dedo que le clavaba en la carne cada vez más
fuerte, de la lengua hedionda metiéndose en su boca a la fuerza, de su llanto
que provocaba reacciones más violentas. De duchas frías…
Habló de flores y regalos que él le hacía al otro día,
siempre a la vista de alguien, que ella debía recibir con una sonrisa.
Avergonzada, contó cómo Miguel se había adueñado de su sexo,
cómo el placer se convirtió en un martirio, cómo el alcohol atentaba contra su
virilidad y era ella la que recibía el castigo. En cuerpo y alma…
Contó como el dueño
de su amor se convirtió en su verdugo. Habló de amenazas veladas. De amenazas
escupidas entre insultos. De cómo sin darse cuenta empezó a caminar mirando al
piso. Contó que dejó de llamar a sus pocas amigas, contó cómo un día descubrió
que se había muerto en vida…
Y contó que se habían
separado una semana antes de esa última madrugada pero él no quería aceptarlo.
Que llegó muy borracho, se tiró medio vestido en la cama, la despertó, le
arrancó el camisón, le apretó la cara hasta que ella abrió la boca y le metió
la lengua asquerosa y con gusto alcohol, a ella le dieron arcadas… Y que de pronto
sintió como del centro de sus entrañas subió un deseo irrefrenable de arrancar
esa cosa que la ahogaba y entonces mordió con tanta fuerza que sintió al
instante el metálico y salado gusto de la sangre.
Miguel saltó de la cama tomándose la cara sin entender,
aullando y fue entonces cuando ella descubrió que en su boca tenía la punta de
la lengua. Llegó al baño junto con el vómito que limpió su estómago y empujó la
lengua al inodoro.
Intentó enjuagarse la
boca pero Miguel la tomó del cuello y la dio vuelta, la sangre le chorreaba por
la cara pero igual le gritaba. Y le clavaba el dedo índice de la mano derecha
en el centro del pecho con mucha fuerza.
Poco a poco empezó a soltarla y retrocedió hasta caer en la
cama desmayado. El dedo quedó apuntando hacia arriba. Como una zombie ella fue
caminando despacio a la cocina y buscó una cuchilla. Cortó el dedo con tres
movimientos rápidos. El intenso dolor
hizo que Miguel volviera en sí. Con horror
se miró la mano y saltó para
atacarla…Pero ella corrió al baño y se encerró, la espalda pegada a la puerta,
intentando escuchar mientras recobraba el aliento.
Miguel golpeó la puerta varias veces, Lucía no entendía que
gritaba. De pronto oyó un gemido que se alejaba y el ruido del golpe de la
puerta de calle al cerrarse. Unos minutos después salió, cerró la puerta de entrada
con llave y puso uno de los pesados sillones como refuerzo, por las dudas. Luego
se fijó si estaban bien cerradas las dos ventanas.
Estaba temblando, todo alrededor estaba cubierto de sangre.
También sus manos.
Contó que se sentó en un borde de la cama. Todavía estaba
asqueada por la lengua inmunda de Miguel en su boca, por el sabor de la sangre.
Le explotaba la cabeza y el corazón latía a mil. De pronto vio en el borde de
la cama el dedo inerte de su marido. Sin saber qué hacer, tomo una cajita en la
que guardaba una pulsera en la mesita de luz y allí puso el dedo. Lo miró
fijamente y entonces cayó en la cuenta de lo que había hecho. El terror se
apoderó de ella y supo que tenía que irse antes que Miguel volviera.
La salida del sol la encontró hecha un ovillo en el único
rincón de la cama donde no había sangre.
Pasó el resto del día limpiando el cuarto. Lo que más trabajo le dio fue el colchón. La
sangre se había impregnado mucho. Por más que lo lavaba y lo cepillaba quedaba
una enorme mancha rosada. Entonces recurrió a la lavandina.
Contó que tendió la cama con sábanas limpias y guardó las
ensangrentadas en una bolsa de basura, junto con el camisón roto. Se dio una
ducha sacándose toda la sangre.
Armó una valija. Poca ropa, dos fotos, dos libros. Tomo la
bolsa, cerró y se fue sin mirar atrás.
-¿Entonces nunca más lo viste?- Preguntó Améndola.
Doña Clara se secaba las lágrimas con la toalla blanca.
Gutierrez estaba inmóvil con la mirada fija en el piso.
-No- Lucía estaba agotada y se le notaba. Se le cerraban los
ojos del cansancio.
Pero Améndola necesitaba saber algo más antes que llegara la
oficial para acompañarlos a Buenos Aires.
-¿Por qué te trajiste el dedo? ¿Por qué no te deshiciste de
él?-
Lucia estaba a punto de contestar cuando golpearon la puerta del cuarto.
DIECISEIS.
Los golpes sonaban cada vez más fuertes en la puerta del
cuarto 24 en el hotel Ideal de Hinojo.
La oficial López Lorena no era un dechado de paciencia. Ni
de buenos modales. Acostumbrada a que a la primera tanda de golpes le abrieran
las puertas, no tardó ni diez segundos en realizar la segunda y luego la
tercera.
Doña Clara se levantó de un salto y en dos pasos llegó a la
puerta. Estaba conmovida por el relato de Lucía y la enojaba que esos golpes
extemporáneos cortaran el clima intimista en el que la muchacha mostró su
corazón ante ellos.
-¡Ya va!- dijo mientras abría. – ¡Me va a romper la puerta
con esos golpes!-
-Oficial López Lorena, inspector- dijo ignorando a los demás
ocupantes del cuarto.- Entiendo que tenemos que trasladar un detenido.-
-¡Entendió mal!- Améndola la fulminó con la mirada.
-La señora Cárdenas está citada por el fiscal en calidad de
testigo-
-Perdón, tenía entendido…-
-Mire oficial, usted viene con nosotros porque la Sra. no se
siente muy bien y el viaje es largo, por si necesitara cualquier atención que
yo como hombre no pudiera darle, ¿me entiende? . ¿No fue esa la orden que le
dio el subcomisario?-
- Si, disculpe sr. Inspector-
-Bien, le ruego que me espere afuera-
-Entendido, Sr Inspector, permiso-
La oficial salió del cuarto mascullando bronca. Se sintió
menoscabada por ese porteño engreído y encima tenía que viajar a Buenos Aires a
acompañar a esa mosquita muerta porque se sentía mal… Prendió un cigarrillo y
dio dos pitadas largas. Luego fue al lobby y llamó por teléfono a su casa.
-Hola Mamá- dijo con tono resignado- ¿Los chicos ya están
acostados? ¿Comieron bien?- deciles que mañana, cuando vuelva, los voy a buscar
al cole y que algo les voy a traer de Buenos Aires-.
Doña Clara ayudaba a Lucía a acicalarse. El Sr. Gutierrez y
Améndola en un rincón del cuarto hablan en voz baja.
-Inspector, yo de leyes no sé prácticamente nada, pero
quisiera ayudarla. Esta chica ha sufrido mucho. Voy a contactarme con mi
sobrino, es abogado. Tiene su estudio en Banfield. ¿Conoce?-
-Si claro. Sería muy bueno si la puede ver mañana antes de
declarar, quizás acompañarla aunque no está acusada de nada, al menos por ahora.
Pero como no tiene a nadie….-
- Ya mismo lo llamo. Tal vez antes que se vayan sabemos
algo-
-Dígale que en el juzgado la esperan a las 11 y llegaremos a
eso de las tres de la mañana a la terminal.-
Gutierrez salió apresurado al lobby para hacer ese llamado y
diez minutos después volvió con la
novedad que el sobrino atendería personalmente a la joven y que mandaría a un
empleado a buscarlos a la terminal.
Lucía estaba abrazando a Doña Clara cuando Améndola se dio
vuelta buscándola. Era tiempo de partir y ahora era ella la que abrazaba. En
ese gesto le decía gracias a esa mujer que en menos de una semana se había
convertido en su familia, había creído en ella sin conocerla, la había
contenido tanto.
Las dos lloraban. No podían deshacerse del abrazo. Améndola
se acercó. Dijo:
-Gracias por todo Doña Clara, no se preocupe que la voy a
tener al tanto.-
Por fin se despidieron y se estaban yendo cuando Améndola se
paró en seco y dijo:
-¡Esperen!- Cerró la puerta, hizo una pausa en silencio y
luego dijo:
-Amigos, les ruego que todo lo que oímos aquí esta tarde
quede entre nosotros-
El Sr Gutierrez y
Doña Clara le dejaron claro que así sería y entonces el inspector preguntó:
- ¿Dónde está el dedo?-
Doña Clara dio un respigo al recordar que lo tenía en la mano
cuando Lucía se desmayó. Movió la cabeza como diciendo no varias veces,
buscando en su memoria que había hecho con la cajita luego…hasta que pegó un
grito apagado y salió corriendo.
Detrás de la mujer fueron todos y la encontraron parada
frente a la mesa de la cocina a la que estaba sentada la oficial López
jugueteando con la cajita verde.
-¿Qué hace?- Bramó Améndola.
La oficial se cuadró,
contestó que estaba esperando y preguntó
si ya se iban.
-¿Qué tiene en la mano oficial? Preguntó con voz pretendidamente
más calmada.
-¿Esto? Una cajita que levanté del piso, cuando llegué
estaba jugando con ella el perro. Por?
-¡Lola! ¿Mi Lola?- Decía Doña Clara.
-¡Lola! ¿Dónde estás?-
La oficial López, el Sr Gutierrez, Améndola, Lucía y Doña
Clara la ven entrar por la puerta que va
al jardín. Tiene cara de “yo no fui”. De su hocico asoma un huesito que no
tiene ninguna intención de soltar…
DIECISIETE
(penúltimo capítulo)
Vencida por el cansancio y la angustia Lucía dormía
profundamente apoyada en el hombro de Améndola. En el asiento de atrás, la
oficial López cabeceaba incómoda e inquieta. Hacía dos horas que estaban en el
micro camino a Buenos Aires y ella todavía no sabía cuál era su papel en ese
viaje. El subcomisario le había ordenado acompañar al inspector en un traslado
y ella asumió que era a un detenido.
La sorprendió la reacción de Améndola. Dos veces le levantó
la voz. Cuando le dijo que era solo en calidad de testigo que llevaban a la
joven, parecía muy enojado. Y ahora
había insistido en sentarse junto a Lucía, como queriéndola proteger de algo
que ella no llegaba a comprender. Consideraba que era una actitud muy poco
profesional del inspector, pero le daba mucha pereza tener que elevar un
informe así que decidió que haría como
que no había notado nada. Ni siquiera las caras de todos mirando a la perra
jugando con un hueso en el hocico anoche en la cocina…
Améndola acomodó su
humanidad en la butaca del micro con la dificultad de siempre. Sumó esta vez y
luego de un rato de comenzado el viaje, el bajar el hombro derecho para que
Lucía pudiera estar más cómoda. La joven se había recostado sobre su brazo al
quedarse dormida.
El la miraba cada tanto de soslayo. Era naturalmente bella,
el pelo oscuro caía bamboleante al ritmo del micro sobre su joven rostro. Se la
notaba muy delgada. Améndola recordó la foto que había visto en la casa, esa
donde ella sonreía feliz y animada con gesto pícaro. Esta Lucía que reposaba en
su hombro parecía diez años mayor que aquella de la foto…
Casi sin darse cuenta apoyó su cabeza en la de ella y se
quedó dormido.
Lo llamó con voz seca la oficial López al llegar a Retiro.
Lo primero que percibió al despertar fue el perfume a colonia cítrica de Lucía.
No pudo evitar el recuerdo de su madre y el aroma a Ambré de Watteau que la
envolvía siempre.
¿Qué diría su madre de Lucía?
-¡Inspector!- Volvió a llamarlo la oficial, el tono cada vez
más seco.
Se levantó despacio rearmando su desgarbado cuerpo. Ayudó a
la muchacha como si fuera de cristal y fuera a romperse en algún movimiento
brusco.
En la terminal el empleado del Dr Anselmo Gutierrez los
estaba esperando con un cartelito que decía “Lucía Cárdenas” para llevarlos directamente al estudio en Banfield.
En el camino, el inspector Nicolás Améndola repasaba
mentalmente la charla telefónica que había mantenido con el abogado antes de
subir al micro. Tendrían que trabajar
mucho en algo que se le había ocurrido…
DIECIOCHO.
El final.
Nicolás Améndola no podía apartar su mirada de los bellos
ojos color miel oscuro de Lucía. La abrazaba, la besaba, le decía que la amaba.
Ella sonreía y se apretujaba contra ese cuerpo largo y flaco, tan distinto al
del atildado Miguel.
Lejos habían quedado los días oscuros en los que debió
afrontar larguísimas declaraciones ante el fiscal que investigaba la muerte de
su marido. El abogado Anselmo Gutierrez la instruyó a afirmar:
“Que se habían separado.
Que Miguel le dijo
que viajaba al norte por trabajo.
Que ella no soportó
la soledad y la angustia y por eso decidió irse lejos.
Que se enteró por una amiga del puesto de bibliotecaria en
Hinojo y pensó que sería una buena oportunidad para comenzar una nueva vida.
Que fue prácticamente
con lo puesto porque no sabía si la iban a aceptar. Si lo hacían ya volvería
con más calma a buscar el resto de sus cosas.
Que no fue hasta que llegó Améndola al pueblo preguntando
por ella y por Miguel que se enteró que su marido había desaparecido.
Que él también se fue de su casa con pocas cosas y por eso
ella suponía que volvería en algún momento a buscar el resto y que eso también
aceleró la decisión de su propia partida ya que no quería volver a encontrarlo.
Que la noche anterior a la separación Miguel llegó borracho,
se sirvió un whisky y se tiró en la cama, golpeando el vaso contra la mesa de
luz. Que el vaso se rompió con el vidrio se hizo un profundo corte en la yema
del dedo índice derecho y sangró mucho, manchando la ropa de cama y el colchón.
Ella lo lavó con lavandina y tiró las sábanas a la basura.”
En ningún momento Lucía debía hablar del calvario que vivió
con Miguel. Eran solo una pareja que había dejado de amarse, ya no encontraba
felicidad el uno con el otro y esa era la razón de la separación de común acuerdo,
si bien habían tenido una fuerte discusión que aceleró el final.
En las cinco horas que estuvieron en el estudio del abogado
hasta su primera declaración la joven escuchaba las instrucciones con atención.
Améndola y el Dr. Gutierrez intentaban
convencerla de la estrategia seguir.
Ella aceptó no de muy buena gana pero confiando en esos hombres que intentaban
ayudarla.
El fiscal había sido muy incisivo con sus preguntas,
indagando en la intimidad de la pareja.
Varias veces había sugerido que el relato de Lucía parecía bien
estudiado. Pero ella respondió con calma a todas las preguntas, ateniéndose a
las sugerencias del Dr Gutierrez y del inspector.
Luego de dos días de declaraciones, le agradecieron su buena
disposición y le pidieron que por un tiempo no se alejara de su casa, por si la
volvían a necesitar.
Un mes después cerraron el caso como “Muerte por propia
negligencia” teniendo en cuenta el grado de ingesta alcohólica que hizo que
Miguel perdiera el conocimiento en el baño de la estación de ferrocarril y
atribuyéndole a las alimañas la falta del dedo y la lengua, lo que provocó el
sangrado que terminó con su vida.
Y ahora estaba otra vez en Hinojo, trabajando en la
biblioteca del colegio. Junto con Doña Clara estaban al frente de una fundación
que ayudaba a víctimas de todo tipo de maltrato. Hacía rato que el cardenal amoratado que solía
tener en el centro de su pecho no se veía y que había dejado de pensar en la
cajita verde que la acompañó en esos espantosos días.
En los tres años que pasaron desde su vuelta había logrado
arraigarse a ese lugar que le resultaba tan cálido.
Vive en una sencilla y coqueta casa a dos cuadras del hotel
que la recibió por primera vez, junto a Nicolás Améndola que pidió el traslado
para no alejarse ni un día de ella. Ese hombre flaco y alto que huele a tabaco
le había devuelto su vida y no deja de
abrazarla, besarla y mirarse en sus bellos ojos color miel oscuro y decirle que
la ama mientras ella se apretuja contra él y le sonríe. En el cuarto de al lado
duerme tranquila su beba Clarita…
FIN