Deambula entre la gente
mirándola a los ojos.
Camina torpemente
apartando con cuidado los despojos
de quienes van perdiendo sueños
e ilusiones y siguen su camino
como pueden.
Les sonríe, les baila alrededor.
Levanta un trozo de corazón del suelo
y pregunta quién lo ha perdido.
Nadie contesta
aunque algunos lo miran sorprendidos
mientras se tocan el pecho como al descuido.
-Bueno, entonces desde ahora será mío-
Y sigue deambulando entre la gente
guardándose el trozo de corazón en el bolsillo…
1-PIA.
Instintivamente llevo
su mano al pecho. El loco ese que sonreía y preguntaba de quién era el trozo de
corazón que había levantado del piso la miraba a los ojos.
Siguió caminando,
primero lentamente y luego a paso rápido. Llegaba otra vez tarde a la oficina y
su jefe ya le había advertido que comenzaría a descontarle las horas perdidas.
Sentía la mirada del
loco como un punto helado en su espalda. Todavía tenía la mano en el pecho cuando
subió al colectivo.
Pasó toda la jornada
acomodando papeles en biblioratos gordos, grises y llenos de polvo.
El cansancio la vencía
por momentos. Las noches de insomnio se le hacían eternamente largas en los
últimos tiempos. Hacía casi tres meses que no lograba dormir más que de a
ratos. Y justo ahí era cuando la asaltaba el mismo sueño, recurrente, incómodo,
insolente, que la despertaba empapada en sudor y angustia.
Las heridas seguían
abiertas.
La de su pierna
quebrada y llena de clavos de titanio que fue el resultado de aquel salto en
que su partenaire no logró sujetarla y que marcó su despedida para siempre de
la danza.
Y la de su corazón,
partido en mil pedazos por haber perdido aquello para lo que se había preparado
desde niña y que entendía que era lo que le daba sentido a su vida.
Mientras se aferraba a
una taza de café en su momento de descanso, pensó en el sueño:
“Baila “El lago de los
cisnes” en uno de los más bellos escenarios, el teatro lleno de gente. La
música de Tchaicovsky la transforma de cisne a mujer merced al amor de
Sigfrido. Todo es ternura y encanto. Bailan juntos y enamorados hasta que hace
su entrada el cisne negro y le da un empellón. Ella cae, Sigfrido intenta
inútilmente levantarla, ambos ven espantados su pierna cubierta de sangre…”
Vuelve a sentir el
escalofrío que la despierta de sus escasos ratos de sueño, no puede evitar que
las lágrimas broten de sus ojos negros y cansados.
Lleva la mano a su
pecho, siente un vacío que le recuerda al loco y al trozo de corazón que él
había levantado del suelo.
Tuvo ganas de
buscarlo, de decirle que tal vez era suyo…
Sacudió la cabeza como
para borrar esa idea absurda. Terminó su café y volvió a la rutina gris de
llenar de papeles los viejos biblioratos pensando que tal vez ella era la loca.
Además, ¿cómo
encontrarlo?
2-NACHO.
Caminaba con la vista
fija en el celular, pendiente de los mensajes que por WhatsApp enviaba a
Romina.
El loco se lo llevó
por delante casi a propósito. Estaba llegando a la esquina justo cuando
arrancaba el colectivo en el que viajaba Pía.
Nacho miró incrédulo
los ojos de ese hombre que le preguntaba si ese trozo de corazón era suyo.
Sin decir palabra,
cruzó la calle velozmente sin advertir que la mano con que aferraba el celular estaba apoyada en
su pecho.
Paró un taxi y se
ubicó en el asiento trasero sin dejar de observar a ese loco que bailoteaba en
derredor de la gente.
Un instante después
nota la mirada interrogante del taxista en el espejo retrovisor.
-Cabildo y Juramento.
Lo más rápido posible- Y vuelve a enfrascarse en el celular.
No aparecen tildes en
los más de diez mensajes que envió desde que saliera de su casa.
Exactamente a las
cinco de la tarde del martes, hacia ya dos días, ella lo había echado de su
departamento enojada, rabiosa, llorando y dando un golpe tan fuerte con la
puerta que todavía resonaba en sus oídos.
-¡Dejame en paz hijo
de puta, ¿no podés entender un no?! ¡Andate ya! Y no vuelvas a molestarme o te
denuncio- Dijo mientras lo empujaba afuera y le tiraba a la cara el paquete con
los caramelos de dulce de leche que él le había llevado.
Nacho no lograba
entender como ella no quería saber nada de él.
La conoció en una
reunión de amigos en común. Él quedó deslumbrado por su hermosura y simpatía.
No podía apartar su mirada de Romina, no hizo caso del hombre que estaba a su
lado y que cada tanto la besaba y le acariciaba el cabello rubio que caía sobre
sus hombros.
No habló con nadie en
toda la noche pendiente de cada movimiento de la muchacha.
Al otro día mando un
mensaje a su amigo preguntándole por ella. Y aunque recibió por respuesta un
–estás loco, es la mujer de mi primo- no cejó en su intento por conquistarla.
Averiguó el nombre,
la dirección, la sede de la universidad donde ella cursaba economía, el
recorrido que hacía todos los días. Supo que no le gustaba que le regalaran
flores, que prefería golosinas, sobre todo caramelos de dulce de leche.
Y consiguió el número
de WhatsApp mintiéndole a una amiga.
A partir de entonces,
ya no hubo vuelta atrás.
Romina recibía mensajes
de Nacho varias veces al día. En todos le hablaba de su deseo de conocerla más
a fondo, le pedía que le diera la oportunidad de demostrarle lo bien que lo
pasarían juntos. La invitaba a cenar o a tomar algo. Le decía que lo había
deslumbrado, que no hacía más que pensar en ella, que seguiría insistiendo
hasta que aceptara porque estaba convencido que eran el uno para el otro.
Al principio ella le contestaba
amablemente que no, que estaba en pareja
y muy feliz. Con el tiempo comenzó a contestarle pidiéndole que no la molestara
más. Hasta que un día no le contestó y lo bloqueó de todo.
Y entonces él comenzó
a seguirla.
Una noche se lo
encontró a la salida de la facultad con un paquete de caramelos en la mano y
una sonrisa inquietante.
-Estoy apurada- dijo.
Y subió a un colectivo cualquiera que no la levaría a Cabildo y Juramento donde
vivía, pero la alejaría de ese tipo que ya le causaba miedo.
Al otro día Nacho la
esperó en la esquina de su casa. Quería decirle que no se asustara, que no iba
a hacerle daño, que… Pero ella apareció tomada del brazo de su novio.
Se escondió
detrás de un puesto de diarios y vio como se besaron al despedirse. Una
puntada de celos atravesó su corazón. No tuvo fuerzas para seguir mirando.
Caminó por Cabildo y se metió en un bar.
Varias horas estuvo aferrado a una botella de Pepsi Cola vacía mirando sin ver
hacia la calle. Un paquete de caramelos de dulce de leche se apiñaba en el
bolsillo de su campera.
El mozo insistió en
cobrarle. –Ya es hora pibe, o pagás y te vas o pedís otra cosa-
Pagó y al hacerlo
sintió el bulto que hacían los caramelos.
Salía del bar cuando
vio a Romina caminando por la vereda de enfrente. La siguió y logró colarse
detrás de ella cuando entraba al departamento.
Ella gritó asustada y
él le tapó la boca con la mano mientras la sostenía contra la pared.
-No te asustes, no te
asustes- le decía.-No quiero lastimarte, solo quiero que me escuches, no te
asustes-
Ella intentaba
zafarse pero Nacho la apretaba cada vez más fuerte.
-No tengas miedo
hermosa solo quiero decirte que me gustas mucho tenés que creerme tenés que
salir conmigo no sabés lo que te quiero vos todavía no te diste cuenta que
también me querés – todo así dicho de corrido. Romina lloraba.
-No llores linda mirá
te traje caramelos de dulce de leche los que te gustan- aflojó un poco el
apriete al intentar sacar el paquete del bolsillo. Ella le mordió un dedo al
tiempo que le pegaba un rodillazo en la entrepierna. La soltó y llevó las manos a los testículos gimiendo de
dolor.
Entonces ella logró
abrir la puerta y empujarlo afuera, levantó los caramelos y se los tiró en la
cara.
-¡Dejame en paz hijo
de puta, ¿no podés entender un no?! ¡Andate ya! Y no vuelvas a molestarme o te
denuncio-
Dos días después
caminaba con la vista fija en el celular, pendiente de los mensajes que por
WhatsApp enviaba a Romina pero que ella no leía, chocaba con el loco que le
preguntaba si ese trozo de corazón era suyo y tomaba un taxi hacia Cabildo y
Juramento.
Una mano apoyada en su pecho aferrando el
celular, la otra en el bolsillo de la campera acariciando la 45…
3-MARIA
A las ocho la
levotiroxina, a las nueve la fluoxetina. ¿Entera me dijo? Uh, lo voy a tener
que llamar. El atenolol 50 si, mitad a las diez y mitad luego de la cena. El
pantoparazol recién a las seis de la tarde, bien alejado de la levo. Y el
clonazepan…
-Doña ¿esto es suyo?-
El loco le mostraba
algo. Lo miró con recelo directo a los ojos. Esos ojos tenían algo que no supo
entender, pero atraían su atención casi como un imán a un clavo.
-¿Qué…?-
-Es un pedazo de un
corazón. ¿No ve? Lo encontré en el piso. Lo rescaté de los pisotones y las
pateaduras que le daba la gente. ¿No es suyo?-
María miró ese trozo rojizo
oscuro e informe con cierto asco.
-¿Qué dice que es?-
el ceño fruncido, la cara algo ladeada.
-Un pedazo de
corazón, mire bien. ¿Ve que todavía algo se mueve? Justo aquí, donde se guardan
los sueños.-
-¡Pero salga con eso!
¿Cómo se le ocurre? ¿Está loco?-
Esquivó como pudo a ese muchacho sonriente y
de mirada hipnótica y siguió caminando tratando de volver a la lista de
pastillitas de colores que tenía que tomar durante el día.
-Tenés que anotar
María, tenés que anotar- Volvió a decirse.-Tu memoria ya no es lo que era, tal
vez tendrías que pedirle al médico otra pastilla-
Caminó sin darse
cuenta que había llevado la mano derecha a su pecho.
Al llegar a la esquina vio como el muchacho
del trozo de corazón chocaba contra un joven que caminaba enfrascado en el
celular justo cuando iba a cruzar la calle, sin advertir que un colectivo se
acercaba a toda velocidad.
-Mirá vos con el
loco- pensó y entró a la mercería.
-Menos mal que llegó
María, el pedido vino incompleto otra vez- La empleada tenía una voz chillona,
aguda. – Don Samuel vuelve a decir que contemos bien, que no puede ser que
siempre falte algo en el envío- Elevaba el tono con cada palabra.
-¡Me culpa a mí
María! ¿Entiende? A mí que hace mil años que trabajo con ustedes. Como si no me
conocieran lo suficiente. ¿Para qué quiero yo diez pares de breteles rojos y seis de siliconas?
¡Ni siquiera uso corpiño!-
María se dejó caer
pesadamente en el sillón de mimbre tan antiguo como toda la mercería.
Samuel, su padre, la inauguró hacía más de 60
años junto con su hermano mayor. Y desde entonces no había cambiado nada. Solamente
una que otra mano de pintura y la caja registradora, claro. Y solo por las
exigencias del ente recaudador de impuestos.
Durante años la atendieron personalmente y en verdad
le dedicaban toda su vida. Samuel faltó solamente una semana cuando se casó con
la mamá de María. Su hermano, que vivía en un pequeño departamento contiguo,
estuvo siempre al pie del cañón hasta el día de su muerte, 20 años atrás.
Entonces fue cuando
Samuel enfrentó a su hija y la convenció de continuar con el legado de la
familia. Él solo no podía y la mercería era un negocio sólido.
Claro que María en
esos días era una joven estudiante de medicina e integrante incipiente del coro
del Templo. Si bien al principio lograba hacerse el tiempo para continuar con
sus estudios y los ensayos, poco a poco se fue atrasando. Y cuando su padre
tuvo el accidente que lo dejó postrado, tuvo que dejar todo y dedicarse al negocio.
Samuel se había caído
de la escalera al tratar de alcanzar unas bobinas de hilo de seda importadas
que estaban en el último estante. Las tenía allí porque eran muy costosas y
temía que en algún descuido alguien pudiera llevarse alguna. Con el golpe, se quebró
la cadera y varias vertebras lumbares, y si bien le realizaron una cirugía
bastante compleja, ya no pudo volver a caminar. Y los angostos pasillos de la
mercería no permitían que pudiera moverse por allí con su silla de ruedas.
Entonces, se instaló al
lado de la puerta que daba al depósito desde donde controlaba todo.
María lo veía ahora,
apoltronada como estaba en el sillón de mimbre, escuchando con atención las
quejas de la empleada. Estaba enojado. Como siempre.
-¿Te sentís bien?- Le
preguntó él de pronto, sorprendiéndola.
-Sí, ¿Por?-
-No sé, estás pálida.
Tenés la mano en el pecho. ¿Te duele algo?-
María miró su mano
adherida al pecho. Si no fuera por el comentario de su padre, no se habría dado
cuenta. Pensó en el joven de la mirada hipnótica y en el trozo de carne informe
que le había mostrado mientras aseguraba que era una parte de un corazón, la
que guarda los sueños…
-¿Es suyo doña?- le
había preguntado. Estaba loco.
Lentamente separó la
mano de su cuerpo. Le pareció sentir un vacío.
Miró el reloj. Eran
las diez, hora de tomar el atenolol, pero no tenía fuerzas para levantarse y
pasar por al lado de su padre para buscar un poco de agua. Así que lo masticó y
se lo tragó en seco. Disimuló una arcada.
La empleada seguía
quejándose, pero ya no a los gritos. Mascullaba las palabras. Y aunque las
quejas eran las mismas, María hacía como que no escuchaba.
Total, eso pasaba
siempre. Todos los días. A cada rato.
Daba lo mismo.
La vida era una mierda…
4. EL
PIBE.
Vio venir el
colectivo.
Se sobresaltó y apuró
el paso. Fue inevitable el topetazo con la mujer que entraba a la mercería. Su
mochila voló esparciendo carpeta, lápices y papeles que por un instante
quedaron inertes y algo sucios por el piso.
La mujer hizo como
que no se dio cuenta. La miró con bronca e impotencia y por un segundo se quedó
inmóvil luchando contra una lágrima que pugnaba por escapársele. Masculló una
puteada por lo bajo.
Su primer movimiento fue acercarse a la carpeta
caída y abierta con las hojas hacia abajo. La figura de Rick Grimes su héroe,
ilustraba la tapa y ahora se desdibujaba ante su mirada húmeda.
Sintió alivio cuando
vio que el mapa estaba intacto. La maestra le había dado una última oportunidad
de entregarlo luego de dos intentos fallidos. El primero fue una vez que se
olvidó de hacerlo luego de una pelea entre sus padres en la que ligó un bofetón
tratando de separarlos.
El segundo intento
fue cuando el Colo se lo había roto porque no quiso dárselo para que lo
presentara como suyo. Siempre hacía lo mismo el Colo… Como había repetido
cuarto dos veces era más grande, mucho más alto, tenía como 12 años. Le daba
miedo cuando lo miraba con los ojos entrecerrados y sonriéndole de costado.
Una vez le había
pegado un cortito al hígado que lo dejó sin aire cuando quiso sacarle la maqueta del cuerpo humano
que pidió la maestra.
Se lo contó a ella
cuando le preguntó por qué lloraba. La seño retó al Colo por el golpe, pero a
él le dijo que había que ayudarlo, que le costaba, que tenía muchos problemas. Se quedó mudo.
Sintió que le dolía la panza. Por el cortito, seguro… Decidió no volver a decirle nada.
Se lo contó a su papá y él le dijo que se la devolviera, que los hombres se
hacen a los golpes, que no sea mariquita. Que esas cosas no se le botonean a la maestra. Sus nueve años no entendieron,
pero nunca más le confió nada. Ni siquiera que le seguía doliendo la panza.
Trataba de
arreglárselas solo, total, nadie le daba
bola.
Solo su mamá cada
tanto le preguntaba cómo le iba en la escuela, pero la vez que le contó del
Colo se había puesto a llorar. Siempre estaba triste y pasaba mucho tiempo en
la cama. Entonces él aprendió a decirle – bien- seguir su camino y prender la
tele.
Pasaba horas frente a
la pantalla. Por lo menos así no escuchaba el llanto de su mamá y el silencio
de su papá…
Con mucho cuidado
levantó la carpeta, la cerró y la puso otra vez en la mochila de cierre
desdentado.
-¿Te ayudo?-
La voz estridente del
loco lo sobresaltó. Estaba agachado a su lado con un ramillete de lápices de
colores en la mano.
Asintió con un leve
movimiento de cabeza.
Guardó los lápices y
vio como el loco juntaba los papeles diseminados por el piso mientras los limpiaba un poco con la palma de
la mano.
-Tomá- La voz del
loco ya era más suave.
El pibe apenas lo miraba.
-Tomá, guardalos. ¿Me
tenés miedo?-
Movió un poco la
cabeza- ¡No, yo no le tengo miedo a nadie!- Metió los papeles en la mochila
apartando del todo la vista, no sea cosa
que se le notara la mentira.
-¿Y al Colo?-
Los ojos del pibe se
abrieron asombrados.
-¡¿Cómo sabés?!-
- Adiviné. Entonces
al Colo si le tenés miedo.-
-Sí…a él sí. Es un
hijo de puta. ¿Pero vos cómo sabés? ¿Sos mago?-
-No, te escuché
insultarlo cuando chocaste con esa señora, y parece que no me equivoqué.-
El pibe volvió al
silencio. Todavía estaba de rodillas en el piso aferrado a su mochila.
Se tomó de la mano
que le tendió el loco para ponerse de pie.
-¿Esto también es
tuyo?-
- Ajj ¿qué es eso? ¡
No! -
-¿ Seguro? Mirá bien.
Es un pedazo de corazón.-
-Salí, ¡Qué va a ser
mío! Es un asco… ¿Qué te pensás, que soy un caminante?-
Colgó la mochila de
su hombro.
-¡Para que sepas, yo
soy un sobreviviente…!-
Inconscientemente
apoyó su mano derecha en el pecho y se alejó corriendo.
(*Rick Grimes, líder de los “sobrevivientes”
que son perseguidos por los “caminantes” o zombis en la serie The Walking Dead de gran aceptación entre los chicos.)
5- CAROLINA:
Bajo del colectivo en
la esquina equivocada, una parada antes de su habitual destino.
Cuando cruzó la calle se encontró en la plaza
a la que iba a descansar en el escaso tiempo que tenía para el almuerzo entre
turno y turno. El pesado bolso colgaba de su hombro izquierdo, las manos
crispadas en los bolsillos del guardapolvo.
El cabello aún
húmedo. Enormes anteojos oscuros intentaban ocultar la mirada roja por el
llanto y cubrir su intensa pena.
Esquivó a un pibe y a
un muchacho que le alcanzaba unos papeles que levantaba del piso, sin darse
cuenta que el chico era uno de sus alumnos.
Caminó en dirección a
la escuela a paso rápido mientras se lamentaba del error que la haría llegar
tarde y ya cansada. Una tonelada pesaba el bolso lleno de cuadernos.
Una tonelada. Casi
tanto como su tristeza y desconcierto.
Era la tercera vez
que se despedía del sueño de ser madre. Volvía al trabajo luego de la licencia
por el aborto espontaneo que esta vez la había tomado por sorpresa. -Todo bien-
le dijo médico en la consulta el día anterior a perderlo.
Sabía que en la
escuela le esperaba una retahíla de palabras de consuelo de sus compañeras bien
intencionadas que a ella, en ese momento le sonarían huecas. Y claro, sus
alumnos demandando atención.
Había pasado por eso dos veces en los últimos tres años,
historia repetida. Pensó en alargar la licencia tratando de atrasar ese rito de
palabras huecas de compromiso y atención dispersa a la que sometería a los
chicos. Pero quedarse en casa no era una opción saludable por esos días.
Lloraba mucho, no tenía fuerzas para estar en esa casa que había soñado llena
de pañales y juguetes.
Su marido no entendía
por qué lloraba tanto, le decía que exageraba, que ya pasó, que dejara de
llorar como una boba, que se resignara, que entendiera de una buena vez que no
servía para tener hijos.
Por eso volvía al
trabajo antes de cumplir el tiempo de reposo que el médico le había
recomendado. Prefería pasar rápido por las palabras de consuelo, las miradas de
conmiseración y las demandas de los chicos.
Por eso y porque en
los últimos días su marido cuando la veía llorar la tomaba del brazo y la
empujaba bajo la ducha de agua fría. Y entonces ella lo único que hacía era
meterse en la cama cuando él se iba a trabajar y quedarse tapada hasta la
cabeza deshaciéndose en llanto.
Tenía que volver a la
vida. Ponerse en movimiento a pesar del vacío inmenso que sentía en el vientre
y en el pecho.
Parada frente a la
escuela no conseguía dar los pasos para entrar.
-Hola seño- La voz
del pibe la sacó del letargo.
-Hola, buen día-
- ¿Ya se curó?-
Carolina dibujó apenas
una sonrisa.
-En eso estoy-
Llevó su mano derecha
al pecho y dio el primer paso…
6. FRANCO.
Decididamente le dolía
el pecho. Ya no era solo una sensación de ahogo. El dolor se extendía por el
brazo izquierdo y le atenazaba la mano
que pretendía sostener el corazón en su lugar.
Instintivamente se
dejó caer en el banco de la plaza ni bien bajó del colectivo e intentó marcar
un número en su celular tratando de no perder la calma. Fue imposible, la vista
se le nubló de pronto, el celular se estrelló en el piso partiéndose en varios
pedazos mientras él rodaba pesadamente
sobre el banco hasta quedar extendido boca abajo.
-¡Macho, macho!
¡Despertá! Despertate vamos- La ambulancia volaba abriéndose paso entre el
intenso tránsito a puro sirenazo. – Quedate conmigo macho, vamos que ya
llegamos- Agachado sobre Franco el médico le apretaba rítmicamente el pecho en
el intento de mantenerlo con vida hasta llegar al Fernández.
El muchacho que
acababa de ayudar al pibe con su mochila los había llamado al escuchar el grito
ahogado del hombre mientras caía del banco. Cinco minutos después, ahí estaban.
El médico siguiendo el ritmo acompasado del masaje cardiaco, rogándole que
aguantara y Franco flotando en una nube blanca…
“-¡Franquito!
Levantate de la cama que la escuela no espera. Tomá la leche querés. Ponete el
saquito tejido que hace frío- -Si ma, ya
voy…-
-Dale loco, patea.
¿Le estás rezando? ¿No ves que te la roban, gil?- -¡Dejá de joder Rulo y atajá que ya te
metieron seis!-
-Oiga, ¿estudió o no?
No me haga perder el tiempo- - Justo esa
bolilla no profe, ¿puedo sacar otra?-
-¿Seguro que me
querés? ¿Y si lo hacemos y no me llamás más?-
-Seguro Tontita, ¿o que te creés que soy?-
-Mirá Franco, creo
que esto no da para más. Me quiero separar.- - Pero… son treinta años Marta,
toda una vida…-
-La vida sigue
Franco, tiene que tomar coraje, vencer el miedo, salir, ahora se terminó el
tiempo, la próxima seguimos- - Pero…-
-¡Qué bueno que nos
encontramos! Nunca tuve un amigo como vos- - Yo tampoco, parece que te
conociera de toda la vida-“
-¿Falta mucho? ¡Se
nos va! ¡Vamos macho, aguántame un poco más! Dale que llegamos, no me aflojes-
“-¿Sabés que nunca
quise a un amigo como te quiero a vos? ¿Sabés que nunca quise a nadie como te
quiero a vos? No entiendo que me pasa-
-¿Qué no entendés Franco?- - Por qué no puedo dejar de pensar en vos.
Nunca antes había sentido algo así por un hombre. Amé a mi mujer, amo a mis
hijos, pero todos mis pensamientos son tuyos- - Yo te quiero mucho Franco,
pero…-“
-¡La puta madre! Se
me va, se me va…apurate querés, encima en esta ambulancia de mierda que no anda
nada…!Vamos macho, vamos, vamos!-
“-Ya sé Mario, ya sé,
lo siento, es que es muy difícil, discúlpame…-“
-¡Llegamos macho! Con
suerte vas a estar bien…
La nube blanca de a
poco se va disipando. Franco siente como si un camión le hubiera pasado por
encima. No quiere despertar de la paz infinita que lo cobijo ese rato.
Cuando lo hace, se ve
lleno de cables y rodeado de monitores.
-Bienvenido, quédese
tranquilo, tuvo un infarto pero lo cuidamos bien.- La voz de la enfermera era
dulce y cálida. – ¿A quién quiere que llamemos para avisar?-
Franco susurró el
nombre de Marta. Pero como desde hacía ya un tiempo, solo pensó en Mario…
7-LA LLUVIA
Estaba empapado. El
diminuto paraguas agujereado no lo ayudaba, sobre todo, porque lo tenía guardado en el bolsillo.
Buscó refugio en el dintel de la puerta del
club que a esa hora y hasta bien entrada la mañana, estaba cerrado. La lluvia caía copiosa y diagonalmente sobre
él y no quedaba un solo resquicio de su cuerpo indemne al agua. Tal vez si se
hubiera refugiado bajo el techo del kiosco de diarios y revistas, en la vereda
de enfrente no se habría mojado tanto. Tal vez, quién sabe.
Poca gente en la
calle siempre muy transitada. Los pocos intrépidos se escondían detrás de
paraguas o capas y calzaban botas de goma.
Él los observaba en
silencio caminar apurados esquivando charcos.
-Hola, ¿Te corrés un
poquito y me hacés lugar?-
La miró, no la había
visto llegar. Pia también estaba empapada.
-Te estuve buscando.
Seguro no te acordás de mí-
Contestó que sí con
un leve movimiento de cabeza.
-Estabas triste y
cansada, caminabas rápido. No me contestaste cuando te pregunté si era tuyo,
solo me miraste y corriste hasta el colectivo. ¿Qué necesitás de mi?-
-No sé, creo que
estoy un poco loca, pero me quedé pensando…-
-No estás loca, solo
te estás buscando-
Sacó el diminuto
paraguas del bolsillo, lo abrió y cruzó la calle dejando a Pia absorta y muda
bajo el dintel de la puerta del club. Al irse, él dejó a la vista el cartel en
el que ofrecían el puesto de profesora de baile clásico para niñas menores de
13 años.
Llegó al kiosco de
diarios cerrando el paraguas inútil. Se dio vuelta hacia el club. Pia miraba el
cartel y sonreía… él también sonrió.
-¿Te enteraste?-
Miró al diariero sin
entender.
-¿Qué, no sabés nada
del loquito de la 45? Acá está, mirá. ¿No pasaba por aquí el coso este?-
Se inclinó sobre el
diario húmedo que el hombre le mostraba. Lo reconoció a primera vista. Aunque
estaba esposado, con la cabeza gacha y tapado apenas con su propio saco, no
tenía dudas que era el pibe que pasaba siempre enfrascado en el celular.
Levantó su mirada
interrogante hacia el hombre.
-Se mandó flor de
cagada parece-
-¿La mató?-
- No dice que haya
matado a nadie, pero vació la pistola contra una casa abandonada-
-¿Y ella?-
-¿Quién?-
-Romina-
-¿Vos conociste a
Romina? Dicen que el tipo no dejaba de nombrarla mientras disparaba. Y que hace
como diez años que ella murió y que en todo este tiempo nadie reclamó la casa
y…-
-¡No la mató!-
Sonreía.
- No, no mató a
nadie. Es un pobre pibe el coso-
- Nacho. Se llama
Nacho- Volvió a abrir el paraguas agujereado y salió caminando rápido hacia la
esquina. El diariero lo siguió con la vista mientras pensaba en lo extraño que
era ese muchacho…
La lluvia había
menguado. El sol ayudado apenas por el viento luchaba cuerpo a cuerpo con las
nubes por hacerse un lugar en el oscurecido cielo.
María se asoma por la
puerta de la mercería en el momento que el muchacho corre tras el paraguas que
se la había volado. Seguía empapado pero sonreía, parecía estar jugando, cada
vez que estaba cerca de tomarlo, una ráfaga de viento hacia que se le escapara
y eso, en lugar de enojarlo le provocaba una sonora carcajada.
-Jajaja, Buen Día-
Saludó a María que de un certero pisotón atrapó el paraguas contra el suelo
cuando le pasó cerca. –Gracias, no vale mucho pero yo lo quiero. Igual era muy
divertido perseguirlo-
-Te divertís barato
vos- La voz agria de María se suavizó un poco al mirarlo a los ojos.
-Estás empapado ¿no
tenés miedo de enfermarte?-
-No, nunca me
enfermo-
- Pero con esa
mojadura, seguro que mañana tenés fiebre-
-Jajaja, no. Además
prefiero tener fiebre y hacer lo que me gusta a estar siempre sano y no ser
feliz. Vos no?-
-¿Ser feliz? ¿Qué es
eso? ¿Agarrarte una mojadura corriendo un paraguas roto por ejemplo?-
-Por ejemplo,
jajaaja. O intentar agarrar al vuelo las hojas que caen de los arboles antes
que lleguen al suelo. O ponerte a cantar a viva voz mientras limpias la
vidriera-
-Lo que dije, te
divertís barato vos. Yo tengo que trabajar todo el día, no tengo tiempo para
esas tonterías-
-¿Pero sos feliz?
¿Hacés algo que te haga feliz?-
-Supongo que algún
día lo fui, pero hoy en día…-
-Te resignaste-
- Dejé de pensar en
tonterías-
-Pero estás hace un
rato hablando conmigo y te vi sonreír mientras corría mi paraguas, ¿eso no es
una tontería?-
-Puede ser, pero te
vi tan contento, corriendo bajo la lluvia y riéndote que…-
-¿Qué?-
-Creo que un poco te
envidié… ¿está mal?-
- Jajaja, no. ¿Qué va
a estar mal? ¡Está muy bien! Eso quiere decir que no estás del todo resignada y
que seguramente hay algo que te gustaría
hacer. ¿Me equivoco?-
-¡Volver al coro! Sí,
eso, volver al coro me gustaría, cantar era lo que más disfrutaba, me hacía
sentir…-
- ¡Bien! Si pudieras
ver tu cara, no lo dudarías y seguramente no volverías a considerarlo una
tontería-
-Pero la mercería…mi
papá…-
- Es hora de pensar
más en María, te aseguro que para eso, no hacen falta tantas pastillas-
Abrió los ojos
asombrada al escuchar las últimas palabras y en su rostro comenzó a dibujarse
una sonrisa que fue dando lugar a una intensa carcajada al ver que nuevamente
se volaba el paraguas y el muchacho
jugaba a correrlo…
-Hola, mi nombre es
Mario, hace unos días que lo estoy buscando, ¿tiene un momento para conversar?-
El hombre tenía el paraguas en la mano. Lo había atajado con destreza antes que
cayera en un charco.
- Hola Mario, lo
estaba esperando-
-¿Me esperaba?
¿Cómo…?-
-No importa, ya nos
encontramos. Sí tengo un rato. Dígame-
- Quería agradecerle
personalmente por como ayudó a mi amigo Franco. Los médicos me contaron que
gracias a usted está vivo-
-Bueno, en realidad
no es para tanto. Lo vi descompuesto y llame a la emergencia, cualquiera podía
haber hecho lo mismo-
-Sí, pero fue usted
quien sostuvo su mano hasta que llegaron y quien le dijo palabras de aliento al
oído mientras lo estaban atendiendo-
- Hice lo que sentí
que tenía que hacer, creí que su amigo se estaba muriendo y nadie debería morir solo, sin una mano que lo sostenga y
una voz que le diga que no tenga miedo-
Mario lo miró con
ojos vidriosos, por fin una lágrima surcó su rostro y él se apresuró a borrarla
pasándose la mano por la cara.
-Se lo agradezco,
sobre todo porque yo tenía que haber estado con él en ese momento-
- Lo nombró varias
veces con voz entrecortada mientras lo atendían, si eso le sirve de consuelo-
-No me sirve, le
fallé. Soy un cobarde. Me dijo que me amaba y me asusté. Sentí que me moría
cuando pensé que podría perderlo y ahora no sé qué hacer, más que agradecerle a
usted el afecto que le dio y al médico que lo salvó-
-¿No sabe qué hacer?
Yo creo que si-
La lluvia volvió a
caer, Mario levantó las solapas de su saco. El muchacho abrió nuevamente el
agujereado paraguas y lo situó sobre ellos. Por los agujeros se colaba sin
censura el agua y eso provocó la risa de ambos. Luego de un rato Mario volvió a
darle las gracias y apretó fraternalmente su mano.
-Tiene razón, sí sé
lo que tengo que hacer, no voy a perderlo-
Paró un taxi. El
muchacho vio por la ventanilla que no quedaban rastros de cobardía.
Cerró los ojos y
sonrió.
Estaba muy cansado,
pero sentía que faltaba poco.
Seguía empapado y
comenzaba a notar que el frío se iba adueñando de su cuerpo.
La lluvia, aunque más
tenue, no daba tregua. Se estiró en el banco de la plaza donde estuvo
conversando con Mario y puso el paraguas sobre su cabeza, el sueño era una
tentación, pero luchó contra ella. Faltaba poco…
-Jajajaja, mire seño,
ahí está el loco que cree que soy un caminante, duerme bajo la lluvia, jajaja
¡y el paraguas que tiene!-
La voz del pibe logró
despabilarlo. Venía de la mano de Carolina, la maestra y compartían el
paraguas. El día que ella se reincorporó al trabajo, el pibe le contó del
encontronazo con la señora de la mercería y el desparramo de carpeta, lápices y
papeles por el piso y de ese señor que creyó que era un caminante y le mostró
algo que dijo que era un pedazo de corazón. ¡Justo él, que era un
sobreviviente!
A Carolina le hizo
mucha gracia su comentario y no pudo evitar reírse con ganas. El pibe se fue
convirtiendo de a poco en uno de los motivos que tenía para concurrir al
trabajo con creciente entusiasmo. Ese chico le fue mostrando el camino a
seguir. Él tenía problemas, si bien tenía papás la soledad se le dibujaba en la
cara. Pero seguía adelante, se esforzaba. Ella no podía fallarle. Ni a él ni a
sus otros alumnos. Ni siquiera al Colo al que debía seguir poniéndole limites y
lograr sacar lo mejor de él, que no era mucho, pero algo era. El nuevo enfoque
del trabajo alimentó su autoestima y no sin mucho temor, enfrentó con firmeza
los abusos de su marido.
-Pero miren quien
llegó, el señor sobreviviente, ¿así que te causa gracia mi paraguas? Justo te
lo iba a regalar-
-¡Andá! Si no sirve
para nada-
-Jajajaja, entonces
me lo quedo, a mí sí me sirve-
-¡Qué te va a servir
si es puro agujero!-
-Uhhhhh, si te
contara…-
Carolina y el pibe
siguieron su camino a la parada del colectivo.
El loco, el muchacho
de mirada dulce y penetrante, sucumbió por fin al sueño no sin antes sacar del
bolsillo un oscuro trozo de bofe que inmediatamente fue comido por dos perros…
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