jueves, 28 de abril de 2016

En una cajita verde...(completo)

EN UNA CAJITA VERDE      (todos los derechos reservados)

        
UNO 
El tren va parando en Hinojo, una estación tan antigua como pintoresca en la Provincia de Buenos Aires.
 Ella estaba ya en el último escalón con la valija aferrada con firmeza. Tal era el  apuro por llegar que bajó unos segundos antes de que el tren se detuviera por completo. Trastabilló un poco, pero se recompuso con un saltito y salió con paso ligero hacia la parada del ómnibus. Si lograba subir al próximo, llegaría con tiempo suficiente como para arreglarse y acudir a la entrevista.
Tenía que lograrlo. Ese encuentro era fundamental para concretar el cambio que necesitaba darle a su vida.
 Dejar atrás el pasado.
 Comenzar de nuevo.
Otro aire. Un respiro en medio de tanto caos.
La habitación del  hotelito del pueblo es cálida, el sol se cuela entre los pliegues de la cortina e ilumina la cama de una plaza bajo la ventana.
 Eligió esconder la cajita verde en un rinconcito oscuro en el botiquín del baño.
Acomodó la ropa como al descuido, un poco en las tres perchas que encontró en el ropero y el resto en los cajones de la cómoda.  Se prometió que si todo iba bien, pondría más empeño  en esa tarea. Pero ahora estaba apurada. Y un poquito nerviosa, tuvo que reconocerlo al notar un poco acelerada su respiración.
El recuerdo de la última semana la asaltó de pronto mientras daba una mirada sutil al espejo antes de salir. 
Su expresión había cambiado, los ojos estaban algo bajos al igual que la comisura de los labios. Ensayó una sonrisa y con paso decidido caminó las tres cuadras que la separaban del Colegio donde había conseguido la entrevista de trabajo.
El puesto de bibliotecaria había quedado vacante hacia casi dos meses, cuando se retiró la encargada por razones de salud. Ella se enteró de inmediato porque la sra era tía de una de sus mejores amigas. Sin embargo, no fue hasta hace dos días que decidió llamar y preguntar si estaba a tiempo para postularse.
Hace dos días, cuando pudo salir del estupor. Cuando logró apenas recobrar  el aliento como para marcar el número y pronunciar unas palabras.
Y allí estaba por fin, dando unos tenues golpes en la puerta de la dirección del colegio.
Una voz masculina la invita a pasar y sentarse frente a un escritorio.
Al hacerlo, notó en el dobladillo de su falda una diminuta manchita blanca…










DOS

El camino de vuelta al hotel lo hizo con una semi sonrisa prendida en su rosto. El sr Gutierrez, director del Colegio fue muy amable en su trato y quedó muy satisfecho, según le dijo, con la entrevista.
Era un hombre mayor de edad indefinida, el cabello totalmente blanco prolijamente cortado al igual que el bigote y la barba candado. Unos ojos oscuros de mirada penetrante pero tierna asomaban detrás de los anteojos de marco metálico. Las dos veces que estrechó su mano, ella sintió confianza.
Definirían al candidato al puesto en la reunión con el representante legal del establecimiento mañana por la mañana. Él mismo se encargaría de avisarle el resultado de la elección entre los cuatro postulantes mediante un llamado telefónico al hotel.
Pasó el resto del día leyendo revistas viejas en la sala de estar del hotelito, dejando pasar el tiempo, solo eso.
Cerca de las nueve de la noche, Doña Clara, la dueña, le preguntó si quería comer algo. Contestó que no, que muchas gracias, que estaba muy cansada y se retiró a su cuarto.
El canto de los pájaros y un rayito de sol le dieron la bienvenida al nuevo día. Le había costado dormirse envuelta en el silencio profundo de la noche del pueblo tan distinto al ruido constante de la ciudad. Eso y el recuerdo de lo pasado, tan presente. Pero por fin, su cuerpo se rindió al cansancio y había caído en un sueño profundo.
No sabía cuántas horas habían transcurrido. Pero sintió que hacía mucho que no dormía tanto. De pronto recordó la mancha blanca en el ruedo de su falda y de un salto salió de la cama. -Una salpicadura de lavandina- se dijo tratando de aplacar un incipiente ataque de llanto. ¡Había sido tan cuidadosa! Y sin embargo…
Se vistió rápido y sin mirarla, hizo un bollo con la pollera, la metió en una bolsa y la tiró en el tacho de basura que estaba frente a su cuarto, justo en el momento que Doña Clara se acercaba a decirle que el desayuno estaba listo. Ella con voz apenas audible le dio las gracias y se dirigió al comedor donde había dos mesas preparadas.
Se obligó a comer y recién entonces se dio cuenta que tenía hambre. Hacía dos días que no probaba bocado. Doña Clara ofreció más café con leche y ella aceptó. También repitió las tostadas tibias con manteca.
Luego del abundante desayuno y para intentar pensar en nada, se propuso dar un paseo por el pueblo.
Su amiga le había hablado de Hinojo con el cariño que guardaba de los veranos de la infancia en casa de la abuela Juana y de sus tías María y Teresa. Esta última era quien se había retirado del puesto de bibliotecaria luego de la caída de la escalera que sufrió mientras intentaba bajar uno de los libros que se encontraba en el estante más alto. Resultado: rotura de cadera. Y fin de su carrera como bibliotecaria.
Mientras caminaba despacio no tardó en notar el aroma del aire puro y fresco de la mañana. Un olor tenue a eucaliptus la envolvió y provocó por un segundo que se ilusionara. Pero se había prometido que no permitiría que nada le gustara, nada, hasta saber si la habían aceptado para el trabajo. Y aun después, vería si se daba permiso para volver a sentir algo. Por ahora, solo era cuestión de sobreponerse, e intentar seguir viviendo luego del horror de las últimas semanas en que vio como su vida se iba derrumbando.
Pensaba ir al museo, había encontrado un folleto en el hotel y parecía interesante, sin embargo volvió al hotel a esperar el llamado del Sr Gutierrez, por más que sabía que era muy temprano. Pero no tenía cuerpo para otra cosa. Se quedó en silencio en un rincón poco iluminado de la sala de estar, sentada en un cómodo sillón que pareció cobijarla.
-“!Señorita, la llaman por teléfono, Señorita!”-
La dueña del hotel tocó su hombro suavemente al notar que no le contestaba, y ella dio un respingo de sorpresa al darse cuenta que se había dormido.
-“Gracias”- dijo y tomó el teléfono entre nerviosa y asustada.
-“Hola …¿Si?...!Gracias Sr. Gutierrez, no se van a arrepentir, voy a dar todo de mí! ¿Cuándo quiere que empiece? Bien, entonces mañana a las 8 estoy allí. No sé cómo… ¿Teresa habló por mí? Esta tarde mismo voy a agradecerle. Nos vemos mañana y otra vez gracias Sr Gutierrez”-
Corrió a su cuarto sintiendo por primera vez después de tantos días algo de alivio. Se esmeró en acomodar sus cosas y darle al lugar un toque personal. Colgó sobre la cabecera de la cama el cuadrito que había preparado por si se quedaba, con algunas fotos queridas. Puso sobre la pequeña mesa de luz dos libros:” Papaito piernas largas” de Webster Jean, el primero que leyó en su infancia y “Heridas Abiertas” de Gillian Flynn Gill, a medio leer.
Una vez satisfecha, se dispuso a visitar a Teresa para agradecerle el haber hablado con el sr Gutierrez. Pasaría por la confitería de la plaza para no llegar con las manos vacías.
Antes de salir, no pudo evitar echar un vistazo al interior del botiquín del baño…







TRES

Tuvo que apartar la vista del espejo  mientras se secaba luego del largo rato que pasó bajo la ducha.
Sus ojos no dejaban de mirar el cardenal morado que se había instalado hace tiempo en el centro de su pecho. Era fruto de la constante “caricia” que él le propinaba con el dedo índice de la mano derecha cada vez que la atacaba.
Golpeteaba con ese dedo acusador una  y otra vez al tiempo que la acusaba de zorra puta, le decía que si la veía en algo raro era boleta, que la miraba con ojos inyectados de sangre y efecto paralizante.
Siempre golpeaba fuerte con ese dedo erecto el centro de su pecho y entonces el cardenal amoratado se iba instalando y ella lo único que veía era su boca escupiendo palabras podridas y su lengua sucia. Mientras oía: vos sos mía, vos sos mía, recordalo siempre, vos sos mía…
Se envolvió en el calorcito suave de la bata  y mientras se secaba el cabello vino a su mente el recuerdo de la tarde pasada con las tías de su amiga. En la confitería  La Plaza había comprado una torta de ricota para agradecerle a Teresa su gestión ante el Sr Gutierrez. Habían pasado un lindo momento hablando de su amiga y luego Teresa le dio algunas indicaciones sobre el trabajo que ella agradeció de buena gana.
Todo iba bien. Hasta que  la tía María preguntó:
-¿ Qué piensa tu marido de que te hayas venido a trabajar tan lejos?- Y a ella se le heló la sangre.
-“Nada, balbuceó,- hace un tiempo que nos separamos y viajó al norte por un trabajo-“mientras contestaba sentía que la tía María la taladraba con la vista, no se atrevió a mirarla para saber si era cierto, pero lo sentía.
Sabe algo, pensó. Apuró su té, agradeció nuevamente a Teresa, saludó con un beso a cada una y rechazó amablemente la invitación a cenar con el argumento del madrugón que la esperaba al otro día para no llegar tarde al nuevo trabajo.
Caminó las cinco cuadras que la separaban del hotel a paso rápido y nervioso. No había previsto que le nombraran a Miguel, la pregunta la tomó por sorpresa.
Se habían casado hacía tres años, si bien habían estado juntos seis.  Todo fue muy sencillo, un día decidieron pasar por el registro civil y consiguieron fecha para una semana después. En tres días prepararon todos los papeles. Solo algunos amigos íntimos y los familiares directos acudieron a la ceremonia, no más de diez personas. Era una formalidad en la que Miguel había insistido y ella aceptó  para complacerlo ya que no tenía necesidad de reafirmar el amor. Ella lo amaba y punto.
Dos días después de celebrado el matrimonio y a raíz de no recordaba que pavada tuvieron su primera discusión y fue la incipiente aparición del cardenal, rojo en ese momento, que se fue instalando en el centro de su pecho.
¿Por qué había tenido que nombrarlo la tía María?
Se acostó nerviosa, tenía que levantarse temprano y temía no poder dormir. Quería hacer un buen papel en su primer día de trabajo. Había dejado acomodado el taje que iba a ponerse, con la camisa abotonada y un lazo. Bien cómodo para moverse por los estantes y a salvo de miradas indiscretas.
Se despertó sobresaltada al alba, con la respiración agitada. Había soñado toda la noche con Miguel, con su dedo erecto y punzante y con su boca escupiendo palabras podridas y de la que asomaba una  lengua sucia…




CUATRO
Estaba  a gusto entre los pasillos de la biblioteca atiborrada de libros. Teresa era muy minuciosa y había dejado todo perfectamente organizado. Pasó un buen rato caminado despacio entre los estantes tocando apenas los lomos de los libros, casi acariciándolos.
Los libros siempre habían sido su refugio. Su escape.
Cuando Miguel se transformó en su verdugo cotidiano, en su carcelero, ella solo lograba evadirse del yugo aferrada a un libro. A las historias ajenas que hacía propias mientras soñaba con juntar coraje para escribir su propia historia.
Las campanitas de la puerta le avisaron que alguien había entrado.
Del otro lado del mostrador un sonriente Sr Gutierrez le pregunta si encontró todo bien y le asegura que está a sus órdenes por cualquier eventualidad. Junto a él, mirándola fijamente, estaba un muchacho de barba que  reconoció de inmediato como el nuevo pasajero del hotelito de Doña Clara. Ella misma le había contado esta mañana:
-Llegó por la madrugada y  en un principio estuve tentada a no abrirle la puerta porque mucho no me gustó la facha, pero después pensé en mi nieto y en las veces que lo vi más o menos parecido. Además se le notaba cara de cansado, así que allí está, desayunando a cuatro manos en la mesa al lado de la ventana-
Y ahora la miraba en silencio mientras ella hablaba con el Sr Gutierrez. En silencio fijamente y a los ojos la miraba.
El Sr.Gutierrez  siempre cordial, pero ya sin sonreír le comunica que el muchacho había preguntado por ella, que se tomara un ratito para atenderlo, si era su gusto pero que recordara que estaba trabajando, que ante cualquier inconveniente lo llamara por el intercomunicador.  Y sin darle tiempo decir nada, se retiró.
-“Inspector Nicolás Améndola- dice el muchacho al tiempo que extiende  una credencial que ella apenas vio. -Lucía Cárdenas entiendo. La hacía más grande, de más edad digo. Y más alta.-
 Su voz denotaba cansancio y la ronquera típica del fumador empedernido. Era muy alto y desgarbado. El pelo renegrido, largo y algo grasoso hacía rato que no se encontraba con el champú.
Ella quedó muda mirando esos ojos negros que la traspasaban. Sentía que el corazón le galopaba en el pecho.
 Pensó en la mancha blanca diminuta en el ruedo de la pollera y en la cajita verde guardada en el botiquín del baño. Adivinó su propia palidez.
  Hizo un esfuerzo por recobrar la calma. -Tranquila Lucía- se ordenó. Y en un segundo sin saber de dónde salía su voz, para su propio asombro se oyó decir.
 –“Mucho gusto inspector. En qué lo puedo ayudar?”






CINCO.
La visita del inspector Amédola la había dejado preocupada. Le hizo muchas preguntas referidas a Miguel y a su  incierto paradero.
 Llamaba la atención de la familia de su marido que ella hubiera abandonado la casa de un día para otro dejando un buen trabajo, dejando su auto, que casi no se hubiera llevado nada. Y sobre todo que nadie supiera  nada de Miguel desde hacía más de dos semanas.
Habían hecho la denuncia aduciendo que él trabajaba con el hermano y que jamás se ausentaba sin avisar. Que lo veían todo muy raro. Que estaban seguros de que le había pasado algo y que ese algo tenía que ver con Lucía.
Ella contestó todas las preguntas con fingida calma. Le explicó al inspector que Miguel y ella se habían separado hacía casi un mes y que él se había ido al norte, creía que a Salta, pero que no sabía más. Que ella abrumada por el silencio y la soledad de la casa, necesitó cambiar de aire y como todo fue tan rápido, vino casi con lo puesto.
Mientras hablaba no dejaba de apoyar la mano en el centro de su pecho por sobre la camisa, como si quisiera alejar el cardenal amoratado de la vista del inspector, en un gesto inconsciente que no pasó inadvertido para él. A pesar de eso  solo le dijo que se quedara tranquila, que era una investigación de rutina frente a una averiguación de paradero, estaría en el pueblo uno o dos días más recabando información, que tal vez volvieran a conversar seguramente en el hotel. Luego estrechó su mano en un apretón fuerte y la retuvo por un instante preguntándole:
-¿Le duele?-
-¿Si me duele qué quiere saber?-
- Haberse separado ¿le duele?-
 Levantó los hombros con gesto resignado a modo de respuesta. El inspector soltó su mano, la miró otra vez fijo a los ojos como escrutando y se fue dejando en el aire un hedor  rancio y viejo a sudor y tabaco.
Mientras volvía al hotel Lucía no dejaba de pensar en la última pregunta del inspector: ¿Le duele haberse separado? Sabía claramente la respuesta que evitó darle. ¡No! Lo que dolía profundamente era que Miguel la convirtiera en nada. Eso dolía. Y dolían las palabras hirientes y sucias que le vomitaba encima. Y el dedo erecto clavándose en su carne. Eso dolía! Separarse fue en defensa propia…
Lástima que Miguel no lo aceptara y volviera a increparla al otro día.
Lástima, porque se hubieran ahorrado la tragedia. Y ambos seguirían adelante normalmente con sus vidas…






SEIS
Doña Clara la esperaba en el lobby del hotel con gesto indescifrable. Lucía no decidía  si era de asombro o de enojo. Tenía las manos dentro del bolsillo doble del delantal  y se notaban  fuertemente cerradas.
-Lucía ¿Qué es eso de que tu marido no aparece?- dijo y por el tono imperante  a Lucía no le quedaron dudas, el gesto era de enojo- ¿Por qué me hace tantas preguntas un inspector de policía? Ni siquiera me habías dicho que eras casada. ¿Qué pasa? Este es un lugar serio ¡mirá que a mí no me gustan las cosas raras!-
-Disculpe Doña Clara, le juro que yo tampoco entiendo nada- Mintió torpemente. -Debe tratarse de un error, la verdad es que hace muy poco que estoy separada y no me pareció necesario aclararlo.-
-Sí pero y tu marido ¿es cierto que desapareció? ¿Vos qué tenés que ver? ¿Por qué el inspector me pidió ver tu cuarto? No se lo permití, claro. Pero ¿qué esperaba encontrar? Te repito ¡aquí no quiero nada raro! Este es un hotel humilde pero decente y no me gusta tener a la policía merodeando.-
Mientras Doña Clara hablaba, Lucía no podía apartar la vista de una bolsa blanca que estaba en un rincón apartado del mostrador. El corazón le dio un vuelco cuando la reconoció: ¡era la bolsa en la que había envuelto la pollera con la manchita antes de tirarla!
Estaba segura que Doña Clara seguía hablando pero ella solo reparaba en la bolsa. ¿Por qué estaba allí y no en la basura, lejos…?
La mujer dejó de hablar cuando la notó pálida y muda. Siguió con la vista la línea de sus ojos y descubrió que miraba la bolsa.
-Lucía ¿te sentís bien?- dijo sinceramente preocupada. -¿Qué hay en esa bolsa? El inspector acaba de dejarla. Me pidió que se la guardara hasta dentro de un rato, cuando pague la cuenta.-
-¿Se va?- susurró en voz tan baja que Doña Clara casi adivinó lo que le preguntaba.
-Sí, lo llamaron de Buenos Aires a mediodía. Mientras  hablaba pegó un grito que me asustó, algo así como: ¡yo sabía! y cortó. Pero me dijo que seguramente va a volver. Y me pidió que cuidara de vos. ¿Podés decirme por favor que pasa, Lucía?-
-No se preocupe Doña Clara, de verdad… no pasa nada-
Como una autómata caminó a su cuarto sintiendo en su espalda como un punto laser los ojos de la mujer. Lentamente comenzó a poner la ropa en la valija. También el cuadro con las fotos y los dos libros. Por la mañana le diría a Doña Clara que se iba. Y le pediría que llame al sr Gutierrez  y le diga que la disculpe, pero que ya no iría.
Se acostó vestida sobre la colcha. Sabía que le esperaba una larga noche. Aferraba en sus manos la cajita verde. No fuera cosa que se la olvidara…












SIETE
La botella de Chandon Extra Brut hace rato que está boca abajo en el balde. Las copas vacías yacen al lado de la cama.
Miguel se asoma por la puerta del baño con el toallón anudado como al descuido en la cintura. Está mojado y las gotas de agua se deslizan por su torso joven y firme. Lucía lo mira embelesada y él le sonríe de ese modo que a ella le gusta tanto.
Dos minutos después están otra vez abrazados. Hurgando en los ojos del otro. Besándose sin censura. Él en ella y ella en él…Solo Miguel y Lucía. Y su amor.
Él  le susurra entre suspiros el tema de Miguel Cantilo que ella ama, cambiando el nombre Catalina por Lucía:
-“ Lucía tenía la rutina
del eterno crepúsculo en la piel.
 Su comarca de sexo en una esquina
Sus hectáreas de pecho en un vaivén
 Lucía sabía el argumento
De la sábana rota por amor
 Me soplaba la letra con su aliento
Y nos iba surgiendo esta canción
 Labio sobre labio, sobre labio
Y la península mía
Beso contra beso, contra beso
Y tu bahía…”-
Ella es un volcán que estalla varias veces hasta quedar exhausta y feliz.
Y entonces él de dice ‘-te amo-‘.
Lucía se entrega a la ternura de sus brazos y se duerme…
Se despierta por un dolor horrible en el cuello. Miguel la había mordido tan fuerte que le dejó los dientes marcados. La está mirando de muy cerca, unos centímetros separan sus ojos.
-Sos mía- Dice con una voz desconocida hasta ese instante. Voz sucia y maloliente.
-Sos mía- Repite.- Ya te marqué, sos mía para siempre-.
-¿Qué hacés? ¿Qué pasa?- El asombro y el miedo no la dejaban pensar con claridad. El dolor en el cuello era cada vez más intenso. Saltó de la cama y corrió a verse en el espejo del baño. ¡No podía creerlo! La marca de la mordida era de un color rojo intenso y mostraba claramente la forma de cada uno de los dientes.
- ¿Por qué? ¿Qué pasó?-Le gritó volviendo al cuarto.- ¿Te volviste loco?-
- Mirá Lucía ¡Sos mía! Te marqué para que todos sepan que sos mía. Y para que vos también lo recuerdes- El tono de voz era bajo y espeso.- Sos mía, tenelo presente en todo momento. Mía o de nadie- El dedo índice de la mano derecha erecto clavado en el centro del pecho de Lucía dolía...dolía!- Sos mía, sos mía, sos mía, mía…mía…Mía…MÍA…!
Lucía despertó gritando, el vestido arrugado y empapado en transpiración. Le costó acostumbrar la vista a la oscuridad. Por un segundo esperó encontrar a Miguel cerca de ella mirándola y clavándole su dedo en el pecho. Luego recordó que ya no era posible.
El silencio de la noche de pueblo hizo que su grito sonara más fuerte. Y por eso, un ratito después Doña Clara estaba golpeando la puerta de su cuarto.
“-¿Lucía, estás bien? Abrí que quiero verte. ¡Lucía!-“
No contestó. Estaba absorta mirando el dedo que alguna vez estuvo vivo y erecto hundiéndose en su carne y hoy estaba descomponiéndose dentro de la cajita verde…






OCHO
El inspector Améndola se mueve inquieto en el asiento del micro. No encuentra una postura cómoda para intentar dormir un poco. Le sobra cuerpo o le falta asiento. Siempre le había molestado ser tan alto, pero en estos casos, la molestia se convertía en verdadero fastidio. Eran las dos de la mañana y ya llevaba tres horas en el micro.  La incomodidad se acentuaba con las ganas imperiosas de fumar. Luego de un rato abandona resignado el intento de dormir,  pone  un cigarrillo apagado en una comisura de sus labios  y enciende el foquito del micro que espera le permita  repasar  sus notas.  Toma su libreta y la enfoca en el hilo de luz mortecina.
Lo habían llamado de Buenos Aires por novedades en el caso de la desaparición de Miguel Aguirre, el marido de Lucía.
Pensó en ella. Era una muchacha de aspecto frágil. Vestía de modo sencillo y olía a colonia cítrica. Sus ojos eran de un color miel oscuro, grandes, como en perpetuo asombro, enmarcados por largas pestañas negras. Muy lindos, pero de mirada triste.
La boca pintada de  rosa pálido resaltaba en el resto de su cara lavada.
- ¿Cuánto tiempo hará que no sonríe?- dijo para sí. Debe ser hermosa esa boca con una sonrisa.
-Es una joven muy discreta, habla poco- Le había dicho El sr. Gutierrez esa misma mañana respondiendo a sus preguntas – Me contó de su disposición al trabajo la Sra Teresa, la anterior bibliotecaria. Me dijo que su sobrina es la mejor amiga-
-No, de por qué decidió venir a Hinojo no me contó nada. Solo llamó por teléfono para preguntar si estaba a tiempo para postularse para el puesto y dos días después tuvimos una entrevista que me dejó muy satisfecho-
- No noté nada raro. La Srta. Cárdenas estaba un poco nerviosa, pero eso es común en una entrevista de trabajo, no?-
- Si, se presentó como Lucía Cárdenas.- 
-Nunca me nombró al marido. No sabía que era casada-
-¿Por qué tantas preguntas? ¿Qué sucede con Lucía?-
-No, ya le dije que no noté nada…solo estaba nerviosa y se acomodaba la falda. Si varias veces. Creo que azul, o verde agua. A ver, déjeme pensar…si, era azul. Seguro si! Era azul y cuando me acerqué hasta su silla  a saludarla vi que en el borde del ruedo tenía una pequeña manchita blanca-
-Sí, claro, lo acompaño. Pero le ruego que no la distraiga mucho, está en su primer día de trabajo y no quiero incomodarla-.
Doña Clara se había enojado mucho con las preguntas que le había formulado. Lucía le había gustado desde el primer momento, cuando reservó el cuarto por teléfono. Y cuando la vio, supo que no se había equivocado.
Por eso no le gustó nada que la llenara de preguntas sobre ella. Y casi lo echa cuando le pidió revisar el cuarto.
-Vino hace tres días – contestó a regañadientes.
-Pagó una semana  por adelantado, dijo que venía por un trabajo y que si lo conseguía arreglaríamos como seguiría pagando.-
-¡Claro, que me mostró el documento! Este es un hotel serio.
-Lucía Cárdenas- 28 años. Soltera.  Acá está, cuarto 24.
-No, mucho equipaje no trajo, apenas una valija y la cartera-
-¿Marido? ¿Qué marido si es soltera?
- ¡No me diga!- ¿Cómo que  desapareció? Y  usted piensa que ella tiene algo que ver…
-¿Raro? ¿Cómo qué por ejemplo?
-Nada…una pavada, algo tiró en el tacho de basura del patio  ayer por la mañana. Me llamó la atención porque en el cuarto hay un cesto y estaba vacío cuando entró a acomodar  la mucama-
-Ni idea- Debe andar por ahí, todavía no pasó el recolector-
-Pero, ¿por qué pregunta tanto? Esto no me gusta nada-
-¿Miguel qué, dice que se llama?-
El inspector Améndola cierra su libretita y apaga la luz, necesita estirar las piernas, necesita fumar. Cierra los ojos y trata de no pensar en camas, ni en cigarrillos. Y trata de alejar de su mente por un rato la noticia de la aparición de Miguel Aguirre.
El cansancio por fin lo vence y se duerme media hora antes de llegar…










 NUEVE
El sol recién nacido se filtraba por los postigos de la ventana iluminando apenas la habitación. Doña Clara sentada en el borde de la cama abrazaba a  Lucía. Ella apenas tuvo tiempo de esconder la cajita verde bajo la almohada antes que la mujer entrara y  lloraba como una nena asustada, las lágrimas y los mocos se habían adueñado de su cara.
Lloraba con congoja, con ruido. Temblaba en cada sollozo. Se la veía desvalida, huérfana de alma. Cada tanto sonaba un hipo y vuelta la catarata de llanto.
La mujer sin dejar de abrazarla le pasaba una mano por el pelo mientras trataba de darle consuelo.
-¡Pero Lucía! Por favor tranquilizate ¿Qué puede ser tan grave?- A ver, mirame Lucía. ¡Dejame que te ayude muchacha!-
Pero Lucía no escuchaba más que a su corazón desatado. No escuchaba más que el ruido de su propio llanto.
Lloraba con retroactividad de años…
Se dejaba abrazar  sintiendo  la caricia de Doña Clara en su pelo y eso poco a poco la fue tranquilizando. Se quedó un rato quieta sintiendo el calor del abrazo. Se fue aflojando con la cabeza apoyada en el pecho de esa mujer a la que conoció hacia unos días y hoy era su único refugio. No entendía bien qué le decía, pero sus palabras sonaban cálidas. No quería moverse temerosa de que ese instante de calma terminara.
Fue Doña Clara quién la separó de sí suavemente y la obligó a que la mirara en cuanto  notó que estaba más tranquila.
Los ojos rojos e hinchados de Lucía intentan posarse en la mirada de la mujer que la observa sin poder disimular la preocupación.
-¿Estás mejor?- ¿Podés por favor explicarme qué pasa?- ¿Por qué estás tan asustada?
-Perdóneme Doña Clara. Le juro que nunca quise…-La voz era apenas audible, entrecortada , húmeda, como siempre pasa después del llanto intenso. -Le prometo que me voy, ahora junto todo …no se preocupe…ya estoy más calmada…no quiero ser un problema…disculpe…usted se portó muy bien conmigo y yo…-
-¡Vos no te vas a ningún lado! Y menos en ese estado- Dice la mujer al tiempo que se levanta , se dirige al baño y abre la llave de la ducha. –Mirá, ahora te metés un buen rato bajo el agua calentita, te va a hacer muy bien. Yo mientras tanto voy a ver si las chicas prepararon todo para el desayuno, vuelvo con dos tazas de té y conversamos más tranquilas. Dale, no me voy hasta que no estés bajo el agua.-
Como una niña a la que están retando  Lucía obedeció y lentamente entró en el baño que se iba inundando de vapor. Cuando Doña Clara volvió con dos tazas y una tetera todavía estaba bajo la ducha.
La mujer dejó el té y las tazas sobre la mesita de luz, tomó un toallón y luego de unos golpes tenues en la puerta entró sin más. Lucía estaba de espaldas, quieta y como clavada en el piso  bajo el agua que ya era apenas tibia. La cubrió para abrigarla  y cerró el grifo. La guió hasta la cama, la ayudó a sentarse y en ese movimiento  quedó al descubierto el cardenal amoratado que  había  dibujado  el golpeteo del dedo erecto de Miguel durante años. Al verlo, Doña Clara tapó su boca con una mano en el gesto típico del asombro. Frunció el entrecejo y la miró a los ojos como preguntando.
Lucía nuevamente se deshizo en llanto…

     


DIEZ
Nicolás Améndola se sentó pesadamente en la dura silla del hospital Lucio Meléndez. Estaba exhausto. El viaje desde Hinojo le resultó muy incómodo, apenas pudo dormir unos minutos y solo tuvo tiempo de un duchazo rápido, ropa limpia y un café cargadísimo.
Mira el bulto que yace bajo la sábana blanca. Le cuentan que lleva una semana allí. Lo encontraron inconsciente en el baño de la estación de Longchamps unos chicos que iban a la escuela temprano por la mañana. La policía lo había llevado al hospital con un hálito de vida que duró apenas unas horas. Lo habían ingresado como NN ya que no tenía ninguna identificación en la escasa ropa que vestía.
El inspector hablaba con el médico patólogo y el agente de policía. Por ellos se entera que el cuerpo no tenía golpes pero sí signos de haber consumido mucho alcohol. Y además, le faltaba el dedo índice de la mano derecha y…la mitad de la lengua.
El médico dice que la causa del deceso fue un paro cardio respiratorio producido por un shock  hipovolémico.  Respondiendo a  la mirada atónita de Améndola, aclara: - Perdió mucha sangre,  fue imposible revertir el cuadro a pesar de los esfuerzos de los médicos de guardia-. Pretendía seguir explicando, pero el inspector lo cortó con un gesto más de súplica que de orden, levantando las manos a la altura de su cara y agitándolas de un lado a otro.
A pesar de eso, el médico le asegura que tanto la lengua como el dedo le fueron cortados sin demasiada “prolijidad”, y que a su criterio el sujeto estaba totalmente alcoholizado en el momento del ataque.
Améndola se levanta de la silla y se acerca al cuerpo. Con no mucha decisión alza  la sábana blanca dejando a la vista la cabeza del sujeto. Aun sin vida, pálido y frío, tenía un intenso olor a alcohol. Busca a la derecha del cuerpo y se encuentra con una mano cuidada y prolija, de uñas bien cortadas y limpias con evidentes signos de manicura. El dedo índice había sido cortado de raíz, dejando una gran mancha negruzca.
-¿La familia ya lo identificó?- Pregunta al tiempo que vuelve a tapar el cuerpo.
-Ayer por la tarde, el hermano-Dice el agente de policía.
-Gracias, no los molesto más. Voy a esperar al fiscal en el pasillo. Necesito algo de aire fresco-
Ni bien salió de la morgue del hospital, prendió un cigarrillo y dio una pitada larga y profunda. En unos minutos llegaría el fiscal y decidiría si entregaba el cuerpo inerte de Miguel Aguirre a su familia o lo retenían para nuevas pericias. Eso no le correspondía decidirlo y era un alivio.
El tenía mucho que pensar. Y en cada uno de sus pensamientos estaba Lucía…











ONCE
El teléfono suena insistente en el loby del hotelito de Hinojo. Doña Clara apuró el paso desde la cocina pero igual no llega. Estaba a dos pasos cuando se cortó. Hizo un gesto de fastidio y se apoyó en el mostrador mirando el aparato como ordenándole que vuelva a sonar.  Treinta segundos después ya estaba atendiendo el nuevo llamado.
“-¿Hola? Ah, ¿cómo le va inspector? ¿Viajó bien?-
-Sí. Está durmiendo ahora-.
-Lo que pasa es que tuvo una noche difícil. Dígame inspector, ¿puede contarme que está pasando? La chica está desesperada, no puede dejar de llorar. Hoy de madrugada gritó tan fuerte que despertó a todos y cuando llegué a ver que le pasaba la encontré en un mar de lágrimas. Le dije que podía confiar en mí, que quería ayudarla, pero…-
-¿Cómo dice? No, no me contó casi nada. Pero, por accidente vi que tiene en el centro del pecho un moretón muy grande y feo. Cuando le pregunté qué era eso, solo me dijo -Miguel- y volvió a llorar. Le di un té de tilo bien cargado y me quedé con ella tomándole la mano hasta que se durmió un buen rato después.-
- Si, bastante grande, de un morado oscuro. No. A mí no me parece un puñetazo. He visto muchos en mi vida y este es raro.-
- Mire ¿Cómo le diré? es una mancha muy oscura en el centro, como del tamaño de una moneda de un peso rodeada de un morado que se va aclarando hacia afuera…, horrible.  Es que usted tendría que verlo- protesta Doña Clara remarcando con énfasis el “usted”.
-Sí, bueno. Yo quiero ayudar, pero entiéndame Améndola. ¡Tengo un negocio, pasajeros  que atender!-
- Si es por eso quédese tranquilo, Lucía se queda acá por lo menos hasta que usted regrese. Lo que sí, le voy a suplicar que me cuente todo.-
- No se haga problema. Yo le digo ¿Cuándo vuelve?-“

Lucía se despierta luego de un sueño profundo. Le duele la cabeza y tiene hambre. Sabe que debería levantarse y comer algo, pero sin embargo se acurruca más en la cama y se tapa hasta un poquito debajo de la nariz.  Se siente a salvo en esa cama cálida a la que llega un tenue rayito de sol por entre las cortinas que Doña Clara  cerró antes de sentarse junto a ella y tomarla de la mano, esperando que se duerma. Ese gesto de la mujer la había conmovido. Hacía mucho tiempo que nadie hacia algo así por ella. Eso y el abrazo que la contuvo tanto por la madrugada, las caricias tibias. Hasta el reto le hicieron sentirse menos sola.
Sus padres habían muerto hacía ya un tiempo en un accidente de tránsito. Habían sido su única familia hasta que conoció a Miguel.
Igual, no eran muy propensos a los abrazos, a las demostraciones de cariño. Ella no recordaba que su mamá le hubiera dicho –te quiero-. Su papá a veces le decía princesita, y le acariciaba la cabeza. Pero nunca le dio un beso. Le ponía la cara para que ella lo besara, pero nada más.
Por eso, que Doña Clara, una mujer casi desconocida la abrazara y la contuviera tanto, la metiera de prepo en la ducha, se preocupara por ella, le sirviera un té y se quedara tomándole la mano hasta que se durmiera, como si ella fuera una niña asustada le mostró una ternura nueva.
Qué pena tan grande no haberla conocido antes del desastre.



  DOCE
El inspector Améndola caminaba lentamente por  el interior del departamento  que fuera de Lucía y Miguel.  Una decena de integrantes de la policía científica buscaban cualquier elemento que pudiera llegar a aportar algún dato sobre el incidente que derivó en la muerte del marido de Lucía.
Desde un costado, apoyado apenas en el respaldo de un sillón, el fiscal de la causa lo sigue con la mirada.  Améndola lo ve y se dirige hacia él.
-¿Qué tal doctor, alguna novedad de importancia?-
El fiscal contesta frunciendo la nariz y haciendo un gesto como señalando el aire.
-¿A qué cree que huele? ¿Qué le parece?-
Améndola en un principio no dijo nada, él mismo olía fuertemente a tabaco y tuvo que agudizar el olfato tratando de descubrir otro olor.
-¡A cloro!- dijo de pronto. Y se dio vuelta a mirar el sitio. Todo estaba ordenado y limpio. A simple vista allí no había pasado nada. Estaban en un living comedor en donde convivían una mesa con cuatro sillas, más al fondo y un juego de dos sillones antiguos de madera oscura y brillante y un sofá de dos cuerpos estilo Luis XV tapizado en cuero. -Demasiados muebles para tan poco espacio- dijo para sí, tal vez pensando en su propio tamaño y en la dificultad que tenía para sentirse cómodo en lugares estrechos.
Detrás del sofá una repisa con algunas fotos lo llama a acercarse. Estaban prolijamente acomodadas en portarretratos de metal, con un cierto orden. O por mejor decir, demasiado orden. Ligeramente inclinadas a la derecha en línea recta y a la misma distancia una de otras. Los portarretratos del mismo tamaño y forma estaban perfectamente centrados.
En una de las fotos la muchacha que sonreía feliz mirando la cámara atrapa su atención. Los ojos miel oscuro de Lucía eran inconfundibles, pero esa no era la joven que había conocido. Esa estaba llena de vida, la mirada fresca, la sonrisa pícara.
La Lucía que él conocía era bellamente triste…
En otra de las fotos está Miguel. También sonríe a la cámara guiñando un ojo. Es muy “buen mozo” como diría su mamá, siempre comparándolo con otros hombres que andan por la vida más prolijos.
En la foto del medio están los dos mostrando la libreta de matrimonio, rodeados de un puñado de personas, todos sonriendo. Todos, menos Miguel al que se lo ve bastante serio.
Los dos últimos portarretratos están vacios. Perfectamente acomodados, pero vacios.
Con instrucciones de no tocar nada, el inspector sigue observando mientras camina sigiloso  y al acercarse al dormitorio le fue imposible no sentir el intenso olor a cloro.
Una agente de la policía científica vestida toda de blanco está revisando palmo a palmo la cama, va doblando el acolchado y las sábanas y poniéndolos en bolsas de plástico. Luego observa detenidamente el colchón, lo huele  y dice:
-De aquí es el olor más fuerte- el fiscal se acerca. Asiente  y da la orden para que se lo lleven a analizar.
-Dígame Améndola, ¿qué espera para traer a la mujer? Necesito interrogarla. Mañana mismo la quiero acá.
El inspector lo mira en silencio un instante, luego mueve la cabeza como diciendo sí. Y al irse, sin saber por qué vuelve a mirar la foto sonriente de Lucía que siendo la misma, luce tan diferente a la mujer que va a buscar …         


TRECE
-No me diga Doña Clara! ¿A usted también la llenó de preguntas?-
-Imagínese ¡hasta quería ver el cuarto cuando Lucía no estaba!-
-Qué raro es todo esto, ¿no? La chica viene, se presenta como Lucía Cárdenas, me muestra la cédula. Es amiga de la sobrina de Teresa. Me da muy buena impresión y  su analítico de Bibliotecaria es impecable. Se la contrata. En el colegio estamos encantados y el mismo día que empieza…-  Dice el señor Gutierrez visiblemente consternado.
- Pero dígame- prosiguió- ese tal Améndola ¿le contó el por qué nos interrogó tanto?-
-Solo me dijo que estaba averiguando el paradero del marido de Lucía por una denuncia de su familia, y que lo más lógico era hablar con ella. Que llamó la atención de todos que la muchacha cambiara trabajo, dejara sus cosas y su auto y se mudara a tantos kilómetros de su casa-
-Y si, parece que fuera huyendo.- Al sr. Gutierrez le cuesta pensar en que Lucía pudiera estar implicada de algún modo en la desaparición de alguien, pero no deja de reconocer que toda la evidencia va en ese sentido. Había mentido, tanto en el hotel como a él diciendo que era soltera y justamente el desaparecido era su marido.
Doña Clara  lo había llamado temprano en la mañana para avisarle que Lucía no iría a su trabajo. La charla telefónica fue derivando en los motivos. El Sr Gutierrez quedo preocupado cuando se enteró del viaje del inspector  Améndola a Buenos Aires pidiéndole a la mujer cuidara a Lucía hasta su vuelta y la madrugada terrible de llanto de la muchacha. Por eso pasó a verla luego del horario de trabajo.
Pero Lucía no se había movido de su cuarto. El hombre no quiso molestarla, así que se despidió de Doña Clara dejándole saludos.
-Dígale por favor que sea lo que sea lo que esté sucediendo, yo confío en ella y en su mirada-
Comenzó a caminar hacia la puerta del lobby acompañado de Doña Clara cuando ve entrar a Lucía.
La hinchazón de los párpados, los ojos semi cerrados y la nariz roja les indicó que seguían sus ataques de llanto.
Los dos se le acercaron. Llegaron justo para evitar que se desplomara en el suelo, la ayudaron a sentarse, Doña Clara fue en busca de un vaso de agua mientras el Sr Gutierrez ofrece su pañuelo y como ella no contesta, lentamente limpia con él las lágrimas.
Lucía parece un espectro, la tez pálida, ojerosa. El pelo desordenado. Está en camisón y descalza. En la mano derecha, bien apretada, la cajita verde…
Cuando vuelve Doña Clara con el agua, levanta los ojos del piso y la mira suplicante al tiempo que  extiende hacia ella la mano ya abierta.
-Por favor- dice con un hilo de voz. – No puedo más…-
Doña Clara toma la cajita y la abre lentamente. Siente de inmediato el olor fétido de la carne podrida y no puede evitar fruncir el ceño y apartarla a un costado. Un segundo después  mira el interior. – ¿Pero qué…?- logra decir antes de quedar muda por el asombro y el asco.
El Sr Gutierrez se tiró en una silla incrédulo. Miraba a Lucía, miraba a  Doña Clara, volvía a mirar a Lucía.
De pronto escuchó a su propia voz decir: – ¿Qué es esto?-
-¡Un dedo! ¡Para ser más preciso, el dedo índice de la mano derecha de Miguel Aguirre!- Gritó desde la puerta el inspector Nicolás Améndola que  había llegado justo en el momento en que Doña Clara abría la caja.
-Miguel Aguirre, el marido de Lucía Cárdenas, que por cierto, ya apareció-
Los tres clavaron su mirada en Lucía. Ella se tomó la cara, un instante después, respiró hondo y dijo: -Mejor, mucho mejor…- y se desmayó.







CATORCE

El Sr. Gutierrez sostiene abierta la puerta del cuarto de Lucía para que Améndola pueda entrar. El inspector  la lleva en sus brazos luego de rescatarla de la silla donde se había desmayado. Atrás, con una botella de alcohol y una toalla blanca en las manos va una  Doña Clara visiblemente preocupada.
Entre los tres acomodan a la muchacha en la cama y mientras Gutierrez intenta procurarle algo de aire apantallándola con  una vieja revista, la mujer moja la toalla con alcohol y se lo acerca a la nariz. Améndola toca el costado del cuello de Lucía con dos dedos y encuentra el pulso. Débil, pero pulso al fin.
Doña Clara, sin alejar la toalla de la nariz de la muchacha le hace una seña  con la mirada al inspector invitándolo a mirar el cardenal amoratado en el pecho de la joven. El con suma delicadeza le baja apenas el escote del camisón hasta llegar a la mancha.
-Hijo de puta cobarde- dijo por lo bajo mientras levantaba sus ojos hacia la cara de Lucía. Le sorprendió que ella lo estuviera mirando.
Había  tristeza, súplica, desesperación y angustia combinadas en esa mirada. Así por lo menos lo entendió él. Y habría apostado que no se equivocaba.
-Hola- le dijo- tranquila, estás a salvo-
De los ojos miel oscuro volvieron a caer lágrimas. Tenues. Silentes. Lágrimas que no impidieron que sostuviera la mirada.
-¿El te hizo esto? ¿Por eso le cortaste el dedo?- Hablaba con voz  pausada y cautelosa. No quería asustarla.
Ella asintió moviendo apenas la cabeza.
-Necesito que me cuentes que pasó, encontraron a Miguel. Muerto, sin un dedo y con la mitad de la lengua cortada. ¿La lengua también se la cortaste vos?-
 La voz de Améndola era grave.
Realmente quería ayudarla. Se le venían tiempos difíciles y esperaba que ella pudiera confiar en él. Sincerarse. Sabía que no era fácil. Había vivido una situación similar hace muchos años con su propia madre.
Cada tanto venían por las noches los recuerdos de la infancia. Sobre todo cuando estaba muy cansado y le costaba dormir. Si bien literalmente nadie había matado a nadie, su mamá parecía un fantasma. Se movía sigilosa tratando de no hacerse ver. Vivía en silencio perpetuo, tal era el miedo que sentía por las reacciones violentas de su padre que la dejaban siempre obscenamente marcada.  Una sola vez ella osó defenderse. Estaba cocinando cuando él se le acercó por atrás vomitando insultos  y la tomó fuertemente del pelo. El pequeño Nicolás vio horrorizado como ella se daba vuelta con la cuchilla en la mano gritando (¿Gimiendo? ¿Aullando?):
-¡Basta!-
 El niño no sabía que había visto el hombre en la inédita reacción de su madre. Solo supo que su padre salió corriendo. Y que esa fue la última vez que lo vieron.

-Lucía- Repitió Améndola- ¿La lengua también se la cortaste vos?-
-Sí-
-¿Dónde está? ¿La guardaste con el dedo?
Lucía lo miró fijamente a los ojos. Con voz apenas audible dijo:
-No, la escupí en el inodoro…



QUINCE.
El silencio era abrumador. Doña Clara y el Sr Gutierrez se miraban nerviosos sin saber qué hacer.
La tarde iba cayendo lentamente y el sol  había dejado frágiles destellos que se asomaban apenas por la ventana del cuarto.
Lucía seguía aferrada a la mirada del inspector, aún sin poder creer haber dicho lo que  dijo.
-La escupí en el inodoro- Así, tan simple y tan horrendo.
Améndola dirige su atención hacia la mujer y el hombre que lo miraban interrogantes.
-Siéntense, por favor- les pide. - Esta misma noche la tengo que llevar a Buenos Aires, pero oigamos antes todo lo que tenga para decir. ¿Te parece bien Lucía?-
-¿Me va a llevar detenida?-
- Por ahora el fiscal necesita interrogarte, luego se verá. A las diez sale el micro y viene con nosotros una oficial de la seccional de Hinojo que debe estar por llegar. Me gustaría que antes nos cuentes que fue lo que pasó-
El inspector ya tenía la piel curtida en estos casos y si bien se conmovió con la historia de la muchacha no fue nada nuevo. Palabras más, palabras menos, era una historia tristemente repetida. Cambiaban algunos matices, algunos lugares, algunas circunstancias, pero la esencia era la misma.
Doña Clara era una mujer de temple que había que tenido que luchar sola para salir adelante cuando quedó viuda muy joven, con el hotel recién inaugurado, llena de deudas y angustia. Pero ni ella ni el Sr Gutierrez , un hombre gentil y dedicado a la enseñanza en la escuela del pueblo, estaban preparados para escuchar el relato de Lucía. Y mientras hablaba la miraban incrédulos y hasta agobiados.
En un momento, Doña Clara tomó entre las suyas la mano de la joven para que sintiera que estaba allí. Ella se lo agradeció con una leve sonrisa.
Lucía hablo desordenadamente de golpes, de insultos, de vejaciones, de encierros, del dedo que le clavaba en la carne cada vez más fuerte, de la lengua hedionda metiéndose en su boca a la fuerza, de su llanto que provocaba reacciones más violentas. De duchas frías…
Habló de flores y regalos que él le hacía al otro día, siempre a la vista de alguien, que ella debía recibir con una sonrisa.
Avergonzada, contó cómo Miguel se había adueñado de su sexo, cómo el placer se convirtió en un martirio, cómo el alcohol atentaba contra su virilidad y era ella la que recibía el castigo. En cuerpo y alma…
 Contó como el dueño de su amor se convirtió en su verdugo. Habló de amenazas veladas. De amenazas escupidas entre insultos. De cómo sin darse cuenta empezó a caminar mirando al piso. Contó que dejó de llamar a sus pocas amigas, contó cómo un día descubrió que se había muerto en vida…
Y contó que  se habían separado una semana antes de esa última madrugada pero él no quería aceptarlo. Que llegó muy borracho, se tiró medio vestido en la cama, la despertó, le arrancó el camisón, le apretó la cara hasta que ella abrió la boca y le metió la lengua asquerosa y con gusto alcohol,  a ella le dieron arcadas… Y que de pronto sintió como del centro de sus entrañas subió un deseo irrefrenable de arrancar esa cosa que la ahogaba y entonces mordió con tanta fuerza que sintió al instante el metálico y salado gusto de la sangre.
Miguel saltó de la cama tomándose la cara sin entender, aullando y fue entonces cuando ella descubrió que en su boca tenía la punta de la lengua. Llegó al baño junto con el vómito que limpió su estómago y empujó la lengua al inodoro.
 Intentó enjuagarse la boca pero Miguel la tomó del cuello y la dio vuelta, la sangre le chorreaba por la cara pero igual le gritaba. Y le clavaba el dedo índice de la mano derecha en el centro del pecho con mucha fuerza.
Poco a poco empezó a soltarla y retrocedió hasta caer en la cama desmayado. El dedo quedó apuntando hacia arriba. Como una zombie ella fue caminando despacio a la cocina y buscó una cuchilla. Cortó el dedo con tres movimientos rápidos.  El intenso dolor hizo que Miguel volviera en sí. Con horror  se miró la mano y saltó  para atacarla…Pero ella corrió al baño y se encerró, la espalda pegada a la puerta, intentando escuchar mientras recobraba el aliento.
Miguel golpeó la puerta varias veces, Lucía no entendía que gritaba. De pronto oyó un gemido que se alejaba y el ruido del golpe de la puerta de calle al cerrarse. Unos minutos después salió, cerró la puerta de entrada con llave y puso uno de los pesados sillones como refuerzo, por las dudas. Luego se fijó si estaban bien cerradas las dos ventanas.
Estaba temblando, todo alrededor estaba cubierto de sangre. También sus manos.
Contó que se sentó en un borde de la cama. Todavía estaba asqueada por la lengua inmunda de Miguel en su boca, por el sabor de la sangre. Le explotaba la cabeza y el corazón latía a mil. De pronto vio en el borde de la cama el dedo inerte de su marido. Sin saber qué hacer, tomo una cajita en la que guardaba una pulsera en la mesita de luz y allí puso el dedo. Lo miró fijamente y entonces cayó en la cuenta de lo que había hecho. El terror se apoderó de ella y supo que tenía que irse antes que Miguel volviera.
La salida del sol la encontró hecha un ovillo en el único rincón de la cama donde no había sangre.
Pasó el resto del día limpiando el cuarto.  Lo que más trabajo le dio fue el colchón. La sangre se había impregnado mucho. Por más que lo lavaba y lo cepillaba quedaba una enorme mancha rosada. Entonces recurrió a la lavandina.  
Contó que tendió la cama con sábanas limpias y guardó las ensangrentadas en una bolsa de basura, junto con el camisón roto. Se dio una ducha sacándose toda la sangre.
Armó una valija. Poca ropa, dos fotos, dos libros. Tomo la bolsa, cerró y se fue sin mirar atrás.
-¿Entonces nunca más lo viste?- Preguntó Améndola.
Doña Clara se secaba las lágrimas con la toalla blanca. Gutierrez estaba inmóvil con la mirada fija en el piso.
-No- Lucía estaba agotada y se le notaba. Se le cerraban los ojos del cansancio.
Pero Améndola necesitaba saber algo más antes que llegara la oficial para acompañarlos a Buenos Aires.
-¿Por qué te trajiste el dedo? ¿Por qué no te deshiciste de él?-
Lucia estaba a punto de contestar cuando golpearon  la puerta del cuarto.









DIECISEIS.
Los golpes sonaban cada vez más fuertes en la puerta del cuarto 24 en el hotel Ideal de Hinojo.
La oficial López Lorena no era un dechado de paciencia. Ni de buenos modales. Acostumbrada a que a la primera tanda de golpes le abrieran las puertas, no tardó ni diez segundos en realizar la segunda y luego la tercera.
Doña Clara se levantó de un salto y en dos pasos llegó a la puerta. Estaba conmovida por el relato de Lucía y la enojaba que esos golpes extemporáneos cortaran el clima intimista en el que la muchacha mostró su corazón ante ellos.
-¡Ya va!- dijo mientras abría. – ¡Me va a romper la puerta con esos golpes!-
-Oficial López Lorena, inspector- dijo ignorando a los demás ocupantes del cuarto.- Entiendo que tenemos que trasladar un detenido.-
-¡Entendió mal!- Améndola la fulminó con la mirada.
-La señora Cárdenas está citada por el fiscal en calidad de testigo-
-Perdón, tenía entendido…-
-Mire oficial, usted viene con nosotros porque la Sra. no se siente muy bien y el viaje es largo, por si necesitara cualquier atención que yo como hombre no pudiera darle, ¿me entiende? . ¿No fue esa la orden que le dio el subcomisario?-
- Si, disculpe sr. Inspector-
-Bien, le ruego que me espere afuera-
-Entendido, Sr Inspector, permiso-
La oficial salió del cuarto mascullando bronca. Se sintió menoscabada por ese porteño engreído y encima tenía que viajar a Buenos Aires a acompañar a esa mosquita muerta porque se sentía mal… Prendió un cigarrillo y dio dos pitadas largas. Luego fue al lobby y llamó por teléfono a su casa.
-Hola Mamá- dijo con tono resignado- ¿Los chicos ya están acostados? ¿Comieron bien?- deciles que mañana, cuando vuelva, los voy a buscar al cole y que algo les voy a traer de Buenos Aires-.
Doña Clara ayudaba a Lucía a acicalarse. El Sr. Gutierrez y Améndola en un rincón del cuarto hablan en voz baja.
-Inspector, yo de leyes no sé prácticamente nada, pero quisiera ayudarla. Esta chica ha sufrido mucho. Voy a contactarme con mi sobrino, es abogado. Tiene su estudio en Banfield. ¿Conoce?-
-Si claro. Sería muy bueno si la puede ver mañana antes de declarar, quizás acompañarla aunque no está acusada de nada, al menos por ahora. Pero como no tiene a nadie….-
- Ya mismo lo llamo. Tal vez antes que se vayan sabemos algo-
-Dígale que en el juzgado la esperan a las 11 y llegaremos a eso de las tres de la mañana a la terminal.-
Gutierrez salió apresurado al lobby para hacer ese llamado y diez minutos después  volvió con la novedad que el sobrino atendería personalmente a la joven y que mandaría a un empleado a buscarlos a la terminal.
Lucía estaba abrazando a Doña Clara cuando Améndola se dio vuelta buscándola. Era tiempo de partir y ahora era ella la que abrazaba. En ese gesto le decía gracias a esa mujer que en menos de una semana se había convertido en su familia, había creído en ella sin conocerla, la había contenido tanto.
Las dos lloraban. No podían deshacerse del abrazo. Améndola se acercó. Dijo:
-Gracias por todo Doña Clara, no se preocupe que la voy a tener al tanto.-
Por fin se despidieron y se estaban yendo cuando Améndola se paró en seco y dijo:
-¡Esperen!- Cerró la puerta, hizo una pausa en silencio y luego dijo:
-Amigos, les ruego que todo lo que oímos aquí esta tarde quede entre nosotros-
El Sr Gutierrez  y Doña Clara le dejaron claro que así sería y entonces el inspector preguntó:
- ¿Dónde está el dedo?-
Doña Clara dio un respigo al recordar que lo tenía en la mano cuando Lucía se desmayó. Movió la cabeza como diciendo no varias veces, buscando en su memoria que había hecho con la cajita luego…hasta que pegó un grito apagado y salió corriendo.
Detrás de la mujer fueron todos y la encontraron parada frente a la mesa de la cocina a la que estaba sentada la oficial López jugueteando con la cajita verde.
-¿Qué hace?- Bramó Améndola.
 La oficial se cuadró, contestó que estaba esperando  y preguntó si ya se iban.
-¿Qué tiene en la mano oficial? Preguntó con voz pretendidamente más calmada.
-¿Esto? Una cajita que levanté del piso, cuando llegué estaba  jugando con ella el perro. Por?
-¡Lola! ¿Mi Lola?- Decía Doña Clara.
-¡Lola! ¿Dónde estás?-
La oficial López, el Sr Gutierrez, Améndola, Lucía y Doña Clara la ven entrar por la  puerta que va al jardín. Tiene cara de “yo no fui”. De su hocico asoma un huesito que no tiene ninguna intención de soltar…



DIECISIETE
(penúltimo capítulo)
Vencida por el cansancio y la angustia Lucía dormía profundamente apoyada en el hombro de Améndola. En el asiento de atrás, la oficial López cabeceaba incómoda e inquieta. Hacía dos horas que estaban en el micro camino a Buenos Aires y ella todavía no sabía cuál era su papel en ese viaje. El subcomisario le había ordenado acompañar al inspector en un traslado y ella asumió que era a un detenido.
La sorprendió la reacción de Améndola. Dos veces le levantó la voz. Cuando le dijo que era solo en calidad de testigo que llevaban a la joven, parecía  muy enojado. Y ahora había insistido en sentarse junto a Lucía, como queriéndola proteger de algo que ella no llegaba a comprender. Consideraba que era una actitud muy poco profesional del inspector, pero le daba mucha pereza tener que elevar un informe  así que decidió que haría como que no había notado nada. Ni siquiera las caras de todos mirando a la perra jugando con un hueso en el hocico anoche en la cocina…
Améndola  acomodó su humanidad en la butaca del micro con la dificultad de siempre. Sumó esta vez y luego de un rato de comenzado el viaje, el bajar el hombro derecho para que Lucía pudiera estar más cómoda. La joven se había recostado sobre su brazo al quedarse dormida.
El la miraba cada tanto de soslayo. Era naturalmente bella, el pelo oscuro caía bamboleante al ritmo del micro sobre su joven rostro. Se la notaba muy delgada. Améndola recordó la foto que había visto en la casa, esa donde ella sonreía feliz y animada con gesto pícaro. Esta Lucía que reposaba en su hombro parecía diez años mayor que  aquella de la foto…
Casi sin darse cuenta apoyó su cabeza en la de ella y se quedó dormido.
Lo llamó con voz seca la oficial López al llegar a Retiro. Lo primero que percibió al despertar fue el perfume a colonia cítrica de Lucía. No pudo evitar el recuerdo de su madre y el aroma a Ambré de Watteau que la envolvía siempre.
¿Qué diría su madre de Lucía?
-¡Inspector!- Volvió a llamarlo la oficial, el tono cada vez más seco.
Se levantó despacio rearmando su desgarbado cuerpo. Ayudó a la muchacha como si fuera de cristal y fuera a romperse en algún movimiento brusco.
En la terminal el empleado del Dr Anselmo Gutierrez los estaba esperando con un cartelito que decía “Lucía Cárdenas” para  llevarlos directamente al estudio en Banfield.
En el camino, el inspector Nicolás Améndola repasaba mentalmente la charla telefónica que había mantenido con el abogado antes de subir al micro. Tendrían  que trabajar mucho en algo que se le había ocurrido…











DIECIOCHO.
 El final.
Nicolás Améndola no podía apartar su mirada de los bellos ojos color miel oscuro de Lucía. La abrazaba, la besaba, le decía que la amaba. Ella sonreía y se apretujaba contra ese cuerpo largo y flaco, tan distinto al del atildado Miguel.
Lejos habían quedado los días oscuros en los que debió afrontar larguísimas declaraciones ante el fiscal que investigaba la muerte de su marido. El abogado Anselmo Gutierrez la instruyó a afirmar:
“Que se habían separado.
 Que Miguel le dijo que viajaba al norte por trabajo.
 Que ella no soportó la soledad y la angustia y por eso decidió irse lejos.
Que se enteró por una amiga del puesto de bibliotecaria en Hinojo y pensó que sería una buena oportunidad para comenzar una nueva vida.
 Que fue prácticamente con lo puesto porque no sabía si la iban a aceptar. Si lo hacían ya volvería con más calma a buscar el resto de sus cosas.
Que no fue hasta que llegó Améndola al pueblo preguntando por ella y por Miguel que se enteró que su marido había desaparecido.
Que él también se fue de su casa con pocas cosas y por eso ella suponía que volvería en algún momento a buscar el resto y que eso también aceleró la decisión de su propia partida ya que no quería volver a encontrarlo.
Que la noche anterior a la separación Miguel llegó borracho, se sirvió un whisky y se tiró en la cama, golpeando el vaso contra la mesa de luz. Que el vaso se rompió con el vidrio se hizo un profundo corte en la yema del dedo índice derecho y sangró mucho, manchando la ropa de cama y el colchón. Ella lo lavó con lavandina y tiró las sábanas a la basura.”
En ningún momento Lucía debía hablar del calvario que vivió con Miguel. Eran solo una pareja que había dejado de amarse, ya no encontraba felicidad el uno con el otro y esa era la razón de la separación de común acuerdo, si bien habían tenido una fuerte discusión que aceleró el final.
En las cinco horas que estuvieron en el estudio del abogado hasta su primera declaración la joven escuchaba las instrucciones con atención. Améndola y el Dr. Gutierrez  intentaban convencerla de la estrategia  seguir. Ella aceptó no de muy buena gana pero confiando en esos hombres que intentaban ayudarla.
El fiscal había sido muy incisivo con sus preguntas, indagando en la intimidad de la pareja.
Varias veces había sugerido que el relato de Lucía parecía bien estudiado. Pero ella respondió con calma a todas las preguntas, ateniéndose a las sugerencias del Dr Gutierrez y del inspector.
Luego de dos días de declaraciones, le agradecieron su buena disposición y le pidieron que por un tiempo no se alejara de su casa, por si la volvían a necesitar.
Un mes después cerraron el caso como “Muerte por propia negligencia” teniendo en cuenta el grado de ingesta alcohólica que hizo que Miguel perdiera el conocimiento en el baño de la estación de ferrocarril y atribuyéndole a las alimañas la falta del dedo y la lengua, lo que provocó el sangrado que terminó con su vida.
Y ahora estaba otra vez en Hinojo, trabajando en la biblioteca del colegio. Junto con Doña Clara estaban al frente de una fundación que ayudaba a víctimas de todo tipo de maltrato.  Hacía rato que el cardenal amoratado que solía tener en el centro de su pecho no se veía y que había dejado de pensar en la cajita verde que la acompañó en esos espantosos días.
En los tres años que pasaron desde su vuelta había logrado arraigarse a ese lugar que le resultaba tan cálido.
Vive en una sencilla y coqueta casa a dos cuadras del hotel que la recibió por primera vez, junto a Nicolás Améndola que pidió el traslado para no alejarse ni un día de ella. Ese hombre flaco y alto que huele a tabaco le había devuelto su vida y  no deja de abrazarla, besarla y mirarse en sus bellos ojos color miel oscuro y decirle que la ama mientras ella se apretuja contra él y le sonríe. En el cuarto de al lado duerme tranquila su beba Clarita…



FIN


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