3-Portazo.
Nahuel movía acompasadamente la cabeza de lado a lado
mientras con los dientes superiores se mordía el labio inferior. –Otra vez
sopa- pensaba al escuchar los gritos ininteligibles que Emilia y Jorge se
dispensaban en el comedor.
La distancia entre su cuarto y los gritos hacían que no
pudiera distinguir las palabras, pero si el tono furibundo de la discusión.
Trataba de concentrarse en su serie favorita en Netflix,
incluso subió el volumen a lo más alto, pero fue para peor. El ruido estridente
de las andanzas de Naruto , Sasuke y compañía lo ponía nervioso. Apagó la compu
justo para escuchar nítidamente un: – ¡Ma si, morite loca!- . Al grito de Jorge
le siguió un portazo que hizo sacudir los vidrios de su cuarto.
Dos segundos después, Nahuel la miraba parado a los pies de
la escalera, en la entrada del comedor donde ahora solo estaba Emilia con una
expresión que lo asustó. Nunca la había visto así. Y eso que era común que se
enojara. Desde hacía un tiempo, siempre, por cualquier cosa se enojaba.
Con Mika, la perrita
que le había regalado su abuela que le mordía las patas de las sillas y le
rompía todas las bolsitas plásticas que encontraba a su altura, con Don Luis,
el vecino de al lado que tenía un kiosco y se empeñaba en no poner un cesto
para que los pibes tiraran los envoltorios de las golosinas que siempre
terminaban en su vereda. Con todos se enojaba…
Sobre todo con él,
cuando lloraba porque le metían un gol, cuando llegaba de la escuela con el
guardapolvo sucio o roto, porque tardaba mucho en levantarse y tenía que salir
casi sin tomar la leche, porque mojaba todo y dejaba la ropa tirada cuando se
bañaba, porque no se dejaba peinar, porque algunas noches se hacía pis en la
cama…Pero lo que más la enojaba era que le preguntara por qué se peleaba tanto
con el profe de la escuelita del club. Eso la enfurecía.
Estaba allí viéndola roja de ira. Con las manos cerradas a
los costados del cuerpo y sin quitar los ojos de la puerta que había cerrado de
un golpazo Jorge al salir.
-¡Morite loca!- le había gritado el profe. Nahuel no
entendía nada.
- Ma- dijo con voz temerosa. – ¿Estás bien ma…?- sin moverse
un centímetro hacia ella, temblaba, un poco porque había bajado de una corrida
descalzo y sentía el frío de la cerámica del piso treparle por las piernas y
otro poco por miedo. –Ma- Repitió un poco más fuerte.
Emilia dejó de mirar la puerta, bajó un poco la cabeza que
hasta entonces había mantenido erguida. Lo miró. –No pasa nada Nahuel- dijo por
fin – Cosas de grandes, andá a dormir- ¿Sonaba triste? Se acercó a él y lo besó
en la frente. – Acostate, andá no tomes frío. En un rato voy y te tapo bien.-
Pero no fue. Ni siquiera se acostó.
Pasó la noche sentada en el viejo sillón mecedora de caoba
que había comprado en un anticuario cuando esperaba a Nahuel. Su madre le había comentado que era lo más cómodo para
una embarazada que como ella, tenía que hacer reposo y no aguantaba estar todo
el día en cama. Además le vendría muy bien para amamantar al bebé.
Tenía razón su madre. El viejo sillón resultó el refugio
perfecto en aquellos interminables meses en que su embarazo corrió riesgo de
malograrse. Y fue también el compañero
ideal en los momentos de dar la teta al recién nacido Nahuel que se había
presentado más grande y más rápido de lo esperado. Cuatro kilos y medio de
rollitos rosados, ojos muy claros y una pelusa dorada que no dejaban lugar a
dudas sobre quien era su padre.
Fue un desastre. Su marido la dejó en cuanto Nahuel nació.
No fue necesario un ADN. No mediaron palabras entre que lo vio y su partida.
Solo una mirada fría a Emilia y el adiós…
Lo crió sola, con la poca ayuda que su madre podía
brindarle. También estaba enojada su madre. Pero aun así, y solo pensando en
que el bebé no tenía la culpa, le daba una mano.
Ahora, después de
tantos años llegaba Jorge. Desde el primer momento se gustaron. Con el tiempo
se fueron haciendo inseparables. Lástima que en cuestiones del amor…nada es tan
fácil…
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