miércoles, 18 de mayo de 2016

LA TERMICA.
1.Trompada.

Tres bocinazos largos le informaron que ya había llegado y que la paciencia no lo acompañaba. Mario lo conocía bien. Bajó la escalinata de un salto, no quería hacerlo esperar. Sabía que si estaba nervioso, las cosas no saldrían bien.
Necesitaban ganar ese partido. Los chicos estaban perdiendo la fe en el equipo, y él no podía permitirlo. Y si Jorge se ponía loco, si gritaba las tácticas en lugar de sugerirlas u ordenarlas con calma y decisión, algunos de los chicos se pondrían a llorar. Ya había pasado y eso fue motivo de airada discusión entre él y Jorge.
-Los chicos son chicos- le decía Mario elevando la voz, tienen que jugar por jugar. Divertirse.
Pero Jorge, perdía cada vez más seguido la paciencia. A veces, parecía que era el entrenador de un club de primera en una mala racha más que el profe, como lo llamaban los chicos, encargado de dirigir la escuelita de futbol de “El Fogón” social club. Cuando más se notaba era cuando jugaban de locales, en la canchita despoblada de césped y plagada de pozos.
Esos días su voz tronaba con órdenes tales como:
-¡Por el medio no, mandate por los laterales salame!
-¡ Dásela  al colo! ¡ Al colo!!
-Corré y saltá, no ves que te cortan?
-¡A la pelota pegale! ¡A la pelotaa!
 Se ponía muy nervioso Jorge cuando jugaban de locales y perdía la paciencia. Y cuando la perdía, no había tu tía.
Y no era malo Jorge. Cuando estaba tranquilo era el mejor técnico que Mario conocía. Y era un gusto ser su ayudante. Pero últimamente esos días de tranquilidad eran cada vez más espaciados y la comisión del club le había dado el ultimátum.
-Mirá flaco, esto es una escuelita. ¿Entendés? Los pibes vienen a aprender, pero también a jugar. Todos queremos ganar, yo el primero, pero no podés gritarles como un energúmeno. ¡Este es club familiar, viejo!-
 La voz del presidente y socio fundador de “El Fogón” social club sonaba paternal.  Jorge era el nieto de otro de los aventureros que hacía más de 60 años lo apoyaron en el sueño de crear el club y le tenía mucho cariño.
-No sé qué te estará pasando Jorgito, vos no eras así. Cambiaste mucho. Los padres de los pibes se quejan, los tratás mal, les gritás. Ese no es el espíritu del club.  Sabés que no es la primera vez que te lo digo. Pero es la última, tenelo por seguro. Aunque me duela, si se repite te vas. Así de simple. Mario ocupará tu lugar hasta que la comisión decida-
-¿Vos tenés algo que ver?  ¿Le fuiste con el cuento al viejo?-
-¿Qué decís? ¿Estás loco? ¿Cómo se te ocurre que yo..?-
Jorge lo miraba fijo, sabía que Mario sería incapaz de jugarle sucio. Pero estaba cegado “ le saltó la térmica” como decía su amigo y no midió las palabras.
-¿Qué? ¿me vas a decir que no fuiste vos? ¿qué pasó, te cansaste de ser mi segundón? ¿El puesto de alcanzapelotas no es lo tuyo? Te enseñé todo lo que sabés loco, y ¿me pagás así, moviéndome el piso? No sos más que un estúpido buchón y si creés que vas a reemplazarme…-
La trompada le dio justo en la nariz. Oyó un sonido hueco y seco y cayó pesadamente al suelo. La mirada de Mario era de enojo y miedo. No entendía de dónde sacó el golpe, pero sabía que no se arrepentía.  Vio la sangre en la cara de su amigo, lo ayudó a levantarse y le ofreció el pañuelo.
-La puta que te parió- Dijo Jorge, tomó el pañuelo y sin mirarlo caminó hasta el auto.
-¿Qué esperás boludo? Vamos, subí que te llevo-
-Te la buscaste hermano. Sabés que nunca le hubiera dicho nada a Don Fausto-
Jorge asintió con la cabeza. –Lo sé- dijo por lo bajo.
-Pero te dije mil veces que estás raro, que gritás mucho, que los pibes te tienen miedo, estás mal chabón. ¿No me querés contar?-
- Quiero. Pero no puedo, discúlpame. Ya va a pasar, quedate tranquilo, mañana tempranito te paso a buscar. Voy a estar mejor. Y vamos a ganar-


  2-Pitazo final.
Nahuel miraba fijamente la pelota.
El árbitro había señalado el punto del penal cuando el Petiso bajó a un rival que se venía por la izquierda solo, después de dejar en el camino al Colo. Aunque todo el equipo se le fue al humo reclamando que la falta había sido afuera del área, el árbitro no se dejo influenciar y cobró la pena máxima.
Pensaba en las recomendaciones de Jorge antes del partido - Nahuel, acordate que los penales los patea el cinco y los manda siempre a la derecha, si cobran alguno, vos mirá la pelota, no lo mires a él, solo a la pelota-
Le empezó a doler la panza. Siempre le pasaba lo mismo cuando le pateaban un penal. Sentía que estaba solo, bajo la mirada de todos los que esperaban que lo atajara y también de los que estaban esperando gritar un gol.
Miraba la pelota como le había dicho el profe mientras sentía las miradas nerviosas de los demás.
-¡Vamos Nahuel!- El grito venía de las gradas de la derecha, la “tribuna” local como llamaban a esos cuatro escalones de hierro y madera pintada de celeste que no median más de cinco metros.
 - ¡Vamos nene, vos podés. Dale!- La voz de Emilia sonó estridente en los oídos de su hijo y solo logró ponerlo más nervioso.
Había cumplido siete años y hacía tres que iba a la escuelita del club. Jorge lo había puesto de arquero porque, le dijo, era el más alto. Pero él quería jugar de nueve. Como Ronaldo. Como Palermo. Quería estar del otro lado de la pelota en un penal.
 No hubo caso, Jorge le había dicho a Emilia que lo ponía de arquero para hacerlo jugar, porque en realidad el pibe era bastante “patadura”. Claro que esto Nahuel no lo sabía.
El pitazo del árbitro anunció el tiro, el cinco tomó carrera, los ojos de Nahuel fijos en la pelota, el silencio le hacía oír los latidos rápidos de su corazón.
“Los ojos en la pelota, los ojos en la pelota, los ojos…”
En cuanto el cinco pateó  se tiró hacia la derecha y con la punta de los dedos logró toca apenas la pelota antes de que se perdiera en el fondo de la red.
-GOOOOOLLLLLL- Tronó el grito en la tribuna visitante. Los compañeros corrieron a abrazar al cinco convertido en goleador mientras Nahuel, sentado en el pasto, con los brazos rodeando las rodillas los miraba con ojos húmedos.
-Dale Nahuel, vamos loco. Casi la sacás, por un pelito…- El Petiso tiraba del brazo del arquerito para obligarlo a levantarse. –Dale, vamos que todavía falta-
El Petiso era el más grande del equipo, tenía ocho cumplidos. Por eso y porque era pícaro y escurridizo Jorge lo había nombrado capitán. Y cumplía muy bien con el puesto. Ordenaba a sus compañeros en la cancha y los alentaba. Era buen pibe el Petiso.
Nahuel se levantó, acomodó sus guantes y volvió al arco. De pasada vio a Jorge discutir con su mamá al lado de las gradas. Los dos parecían muy enojados. No era la primera vez que los veía discutiendo, pero nunca en medio de un partido. Seguro era porque no  había atajado el penal…
Levantó el borde le la camiseta y se secó la cara empapada de sudor y lágrimas, ya se había  reanudado el juego y los suyos atacaban tratando de empatar.
-¡Corré Petiso! ¡Andá por la izquierda!!-
Jorge estaba ahora en el borde de la cancha, daba indicaciones con gritos que podían escucharse a una cuadra.
-¡No te la dejes robar! ¿Qué sos? ¿Una nenita?! Por acá! ¡Venite por acá salame! Bajá, bajá te digo! No le pierdas pisada-
La cara roja, los músculos tensos, las manos crispadas.
-¡Bajá a defender, seguilo al siete! ¡Correlo que se te va!  ¡Correlo!!!-
-¡Pero la puta madre! Gritó cuando escuchó el pitazo final.
 El griterío de los visitantes festejando contrastaba con el silencio espeso de los dueños de casa.
Poco a poco sus dirigidos abandonaban la cancha, algunos con sus padres u otros familiares.
Él se quedó un rato inmóvil sobre la línea lateral, mirando el pasto.
-Jorgito- La voz de Don Fausto lo volvió a la realidad. Se dio vuelta.
Mario se acercó despacio. –La cagaste hermano, la cagaste- y lo abrazó.
Detrás de Don Fausto estaba la comisión en pleno del club, unos cuantos padres y al lado de las gradas, Emilia que lo taladraba con la mirada…




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