Amor de bicicleta.
Esperaba ansiosa los recreos de la diez en ese invierno crudo y gris del 70. El balcón del segundo piso del colegio era una heladera pero a ella, enfundada en su uniforme marrón no le importaba. Tres manzanas más allá, hacia la izquierda se levantaba el templo evangelista que él estaba pintando a las órdenes de su jefe.
Viajaban juntos en el colectivo en él que el subía cuatro paradas después de que lo hiciera ella. Algunas veces podían acercarse y charlar un poco, otras, las más, el colectivo estaba tan lleno de gente somnolienta y con frío que solo podían verse de lejos , sonreírse y hacerse una que otra seña que indicara un después. Un nos vemos.
El bajaba dos paradas antes y ella lo seguía con la mirada hasta que el colectivo doblaba por Portela hacia Tucumán.
A las diez, en el recreo, rodeada de sus amigas, ella se asomaba al balcón y lo veía a lo lejos, subido a un andamio, brocha en mano pintar el templo de gris claro. Fueron tres días, luego con la parte superior pintada, ya no podía verlo, lo tapaban las casas y los árboles de las manzanas que los separaban. Pero igual se asomaba al balcón y miraba el templo sabiendo que él estaba. No lo veía, pero estaba.
Se habían conocido en la primaria, él era un poco más grande pero estaban en el mismo grado. En la primera foto que aparecen juntos es en la de cuarto. Ella en primera fila que era donde se sentaban las chicas más petisas y él parado en la fila de atrás, donde situaban a los chicos más altos. Ninguno de los dos sonríe, él porque no le gustaban las fotos, ella porque un rayo de sol cegaba sus ojos y cuando el fotógrafo disparó estaba mirando para abajo.
En las siguientes fotos, la de quinto por ejemplo, ya estaban más cerca, ella había pegado un estirón y la situaron por atrás. Y en la de sexto, ella se las ingenió para pararse a dos lugares de él . Y en la foto salio mirándolo.
En sexto se sentaban juntos y él le dejaba en el pupitre cartitas en pequeños papelitos enrollados con corazoncitos atravesados por una flecha, o dibujos de sus nombres enlazados. A veces estaban un buen rato tomados de la mano mientras la maestra estaba ocupada tomando lecciones o corrigiendo cuadernos.
Otras veces se enojaban por tonterías y el se cambiaba de banco.
El último día de clases, terminando la primaria, él se acerco a la portera que era la madre de ella :- Me da la mano?- .- !Claro! Espera que me las seco, ya te vas?-
-No, la mano de su hija- dijo con tal desparpajo que la portera no pudo más que reírse. -!Ojito!, andate con cuidado...-
Luego el tiempo los fue alejando, ella comenzó la secundaria, él a trabajar de esto y aquello hasta que años después volvieron a encontrarse en el colectivo atestado de gente una mañana muy temprano. El le contó que era pintor, que jugaba al fútbol, que le gustaba moverse en bicicleta. Ella le contó algo de la escuela de monjas, de sus compañeras y que también le gustaba andar en bicicleta sobre todo cuando iba a gimnasia por las tardes dos días por semana, los martes y los jueves de tres a cuatro. El sonrió. Tenia una linda sonrisa.
- Me estás invitando a que te vaya a buscar?- dijo mientras se aprestaba a bajar del colectivo -!Mirá que voy, eh!-
Y fue. Estaba en la esquina del colegio con una bicicleta reluciente, roja. No era nueva ni ostentosa. Pero brillaba por todos lados. Luego ella supo que era uno de sus bienes más preciados y que el brillo era el resultado del esmero y la dedicación con que la cuidaba. Sintió un poco de vergüenza por su Aurorita naranja, pero se alegro que él estuviera allí esperándola.
Los paseos en bicicleta fueron desde entonces sagrados todos los martes y jueves luego de gimnasia. Un tiempo después comenzó también a acompañarla a la entrada. Se quedaba esperando que pasara la hora en una plaza cercana y volvía a la esquina unos minutos antes de la salida. Eran una delicia las charlas. Era una aventura descubrir distintos caminos para volver a casa.
El primer beso fue una tarde en que la Aurorita de ella estaba en llanta. No hubo más remedio que volver caminando, iban juntos cada cual con su bicicleta al costado. El en un gesto natural, le paso el brazo por la espalda y la tomó de la cintura. Ella con la misma naturalidad devolvió el abrazo y siguieron caminando hasta la esquina. Apoyaron las bicicletas en un árbol y se besaron. Ella sintió que podría quedarse allí toda la vida, pensó que no sería capaz de desprenderse más de ese abrazo y de esos labios que jugueteaban con los suyos. El tiempo se detuvo. Una eternidad de un rato. Hasta que él fue aflojando el abrazo y con voz agitada y grave dijo. - Vamos, tus viejos deben estar preocupados- Ella no contestó, lo que menos pensaba era en sus viejos, pero el tenia razón. Siguieron caminando despacio y abrazados.
Esa esquina y ese árbol se convirtieron luego en destino obligado, y no hacia falta que la Aurorita estuviera en llanta...
Otoño 2016
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