viernes, 22 de noviembre de 2019



  FLORES  EN EL TEJADO.

Siempre tendremos Paris…”
(Humphrey Bogart en el papel de Rick Blaine a Ingrid Bergman como Ilsa Lund, CASABLANCA.  Director: Michael Curtiz, 1942)
Esta conocida frase es comúnmente utilizada como recurso para evadir o minimizar situaciones adversas o incómodas.
La nuestra, sin dudas, lo fue. No una tragedia, nada irresoluble. Pero decididamente adversa, incómoda, agotadora e irritante.
La naturaleza nos jugó una mala pasada. Todo estaba preparado para pasar una semana en Bariloche. Éramos ocho. Varios de nosotros vivían la ilusión de ver por primera vez la nieve, otros queríamos reencontrarnos con paisajes ya conocidos.
Todos, absolutamente felices luego de la fiesta de 15 de Lara, el principal motivo del encuentro familiar. No es fácil que coincidamos en un mismo lugar. Pero cada tanto lo logramos.
La mayor nevada en los últimos 25 años impidió que pudiéramos pasar la semana soñada en Bariloche.
Horas interminables en el Aeroparque Jorge Newbery atestado de gente con vuelos demorados en algunos casos, suspendidos en otros.
Negociaciones frenéticas intentando encontrar vuelos, 0800 que no contestan, poca información. Poco tiempo disponible para cualquier cambio, parte de la familia debe volver a casa.
36 horas después, un vuelo despega con seis de los integrantes del grupo. Uno, Patricio, ya había decidido no viajar muy a su pesar. Otro, yo en este caso, había tomado un micro minutos antes emprendiendo un viaje con el mismo destino que deparó, desde el inicio, muchas sorpresas…
Ya sobrevolando el Aeropuerto Internacional Teniente Luis Candelaria en Bariloche, el comandante del vuelo anuncia que no se puede aterrizar y decide volver a Buenos Aires. Vencidos por el cansancio, los pasajeros dormitan resignados...
-¡La tía!, ¡Cri!, ¡Cristina!- se sobresaltan al estilo “Mi pobre angelito” y aquel ¡Kevin! al recordar que voy en un micro a encontrarme con ellos.
No hay modo de comunicarse. Ellos no tienen señal, yo no tengo carga…
A las siete de la mañana del domingo 16 de julio, el micro en el que viajo convertida en un cubo de hielo, para en Macachín, La Pampa. Más concretamente en una estación de servicio. Debía ser solo una parada para cargar combustible, el servicio prometía:
·                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                     
Semicama
Butacas compartidas e individuales reclinables hasta en 130º
·         Apoya piernas
·         Atención personalizada, auxiliar a bordo
·         Música funcional y videos.
·         Toilette
Dependiendo del horario nuestros auxiliares sirven desayuno, merienda, almuerzo y cena con entrada fría y plato caliente.
Menú especial: celíaco, vegetariano, hipertenso, infantil, diabético.

Bueno, ahora que releo, no decía nada de calefacción. Será por eso que llegamos a Macachín congelados. Será por eso que el chofer nos dijo que aprovecháramos para tomar algo caliente e ir a los sanitarios…
¿Será menester que diga que el menú de la cena consistió en una ¿¡ terrina !? de arroz helada, dos sanguchitos de miga de 5 cm de lado y un minibizcochuelito de 4cm de diámetro y 1 de alto acompañado por un vaso de coca, también helada que nos ofreció amablemente el auxiliar a bordo-chofer en su último viaje porque se jubila? En fin…
Estando en la estación de servicio, puse a cargar un poco mi celular, pude tomar un café bien caliente e ir al baño. La temperatura a esa hora -5 grados centígrados. Estaba asomando el sol.
De vuelta al micro, mi eventual vecino de asiento y yo nos miramos resignados. Ambos estábamos emponchados de tal modo que resultaba escaso el lugar y sabíamos que el resto del viaje sería muy incómodo.  Siento la vibración del celular en el bolsillo interno de mi campera, lo saco en medio de difíciles contorsiones.
“-Cri, lamentablemente no estamos en Bariloche, la pista estaba congelada y nos trajeron de vuelta, un desastre, recién llegamos a casa-“ El mensaje de Pablo me dejó perpleja. ¿Qué? ¿Que qué?
Mientras el chofer auxiliar a bordo a punto de jubilarse intenta darme el desayuno: un alfajor y dos galletitas de coco, nada caliente, decido bajarme. No recuerdo que motivo esgrimí, lo que si tengo claro son los recuerdos a mi madre en distintos idiomas, incluido el arameo y el sanscrito de parte del resto de los pasajeros por el retraso que supuso tener que sacar mi valija del maletero, teniendo en cuanta que era una de las que estaba más al fondo.
Después vino la ayuda cariñosa y desinteresada de Lucrecia, cajera de la estación de servicio y de Ismael, un empleado que no dudó en acompañarme a encontrar el camino de vuelta a casa.
Había terminado el sueño de la semana compartida en Bariloche. Luego vendrían los reclamos a las respectivas compañías.
Pero, no todas son espinas en el camino de los que verdaderamente quieren estar juntos…
Y entonces surgió Colonia, Pablo lo propuso, Adriana conocía y le gustó la idea, Sonia y Raúl estuvieron de acuerdo, Antonella y Lara aceptaron encantadas, Sofía se sumó al grupo luego de los agotadores finales, Patricio y yo dijimos sí sin dudarlo.
Viajamos cómodamente en Buquebus, nos alojamos en el coqueto hotel Posada del Gobernador.
Y recorrimos Colonia en familia. Caminamos, sacamos fotos. Entramos a todos los museos que pudimos. Sacamos fotos. Los más atrevidos subieron al faro, los más cobardes los saludamos desde abajo. Volvimos a sacar fotos.
Nos llenamos de belleza, de risas, de anécdotas. Comimos rico, tomamos chocolate. Dormimos como troncos en grupos de tres, las chicas, las mujeres y los hombres.
Admiramos los distintos tipos de arquitectura, mezcla de portuguesa y española. Respiramos historia. Recorrimos calles empedradas, reconocimos con ayuda de una simpática guía de qué siglo era cada una.
Nos fotografiamos unos a otros desde todos los ángulos posibles en la pintoresca Calle de los Suspiros
Fuimos nueve chicos asombrados escuchando el origen de las tejas hechas por los esclavos sobre sus muslos con la mezcla que amasaba el amo. Viendo el sol brillando por sobre esos techos en donde crecían flores de colores.
Fuimos felices, olvidamos todo.
Volvimos a casa con el alma llena de recuerdos gratos. Con los ojos llenos de imágenes dulces y cálidas de nuestro paso en manada por Colonia. Con el corazón pleno.  
“ ¿Que será de nosotros?”- Pregunta Ingrid Bergman a Humphrey Bogart en CASABLANCA.
 -Siempre tendremos Paris…”- contesta él mirándola fijamente.

Nosotros sabemos que, no tuvimos Bariloche, pero “Siempre tendremos Colonia”, la hermosura de las calles empedradas , la historia, su gente y la maravilla de las flores en el tejado…


Cristina González
Julio 2017













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